Réquiem por los árboles de la Avenida de Calvo Sotelo

Protesta para salvar la alameda de Calvo Sotelo /Torres Molina/Archivo de Ideal
Protesta para salvar la alameda de Calvo Sotelo / Torres Molina/Archivo de Ideal

En enero de 1974 la destrucción del histórico bulevar se encontró con la oposición de los vecinos del barrio

AMANDA MARTÍNEZ

Se hizo en nombre del futuro, en nombre de la modernidad que obligaba a dejar espacio a los coches para que tuvieran acceso rápido y fácil hasta el mismo corazón de la ciudad. Por eso se tachó de reaccionarios a quienes se oponían al progreso que, en la avenida de Calvo Sotelo, significó destrozar un histórico bulevar y arrancar de cuajo sus árboles.

Con lo que no contaban las autoridades de aquel momento era con un grupo de rebeldes señoras que, después de prepararles la merienda a sus niños, les cogieron de la mano y se los llevaron a manifestarse para salvar aquellos plátanos de indias a cuya sombra había crecido.

Muchos de los lectores de este artículo recordarán aquel bonito bulevar. Era un agradable paseo muy cuidado por ser uno de los principales accesos a la ciudad desde que, allá por el siglo XIX, llegara el ferrocarril a la estación de Andaluces (apeadero de las líneas de Málaga y Sevilla), o a la del Sur (de donde salían los trenes hacia Madrid y Levante por Moreda). A principios del siglo XX, por allí circulaban los landós en dirección a la flamante Gran Vía tras pasar por la legendaria Cruz Blanca y el Campo del Triunfo con su coso taurino.

De acuerdo con la época en la que fue trazada, se diseñó a modo de bulevar, con una vía central para el tráfico de vehículos, dos aceras laterales para los peatones y dos calzadas más por los que más tarde circularían los tranvías. Los árboles plantados a lo largo de todo el recorrido le daban sombra y solera a la avenida.

Primero Real de San Lázaro, más tarde de Alfonso XIII hasta que, por motivos obvios, en 1931 pasó a llamarse de la II República, volvería a cambiar de nombre en 1937 por el de avenida de Calvo Sotelo,y, a partir de 1981, la conocemos como de la Constitución.

Las madres de Calvo Sotelo

En los años setenta, fecha en la que transcurrió la efeméride que hoy recordamos, Calvo Sotelo era una calle bonita y acogedora. Las empresas, que tenían sus almacenes en la zona, se habían ido desplazando al norte de la ciudad y la avenida se quedó como residencia de familias acomodadas que vivían en elegantes edificios proyectados por arquitectos como Ángel Casas, Fernández Fígares o García de Paredes, el autor del Auditorio Manuel de Falla.

Por aquel elegante bulevar solían pasear los vecinos y los del antiguo San Lázaro antes o después de la cena: «Una de las cosas que más me gustaban de esa calle era ver los tranvías que circulaban por los laterales», explica Fernando Carlos Rodríguez López, que creció en la que conocemos hoy como 'La casa de la Galleta', «recuerdo los juegos en aquellos paseos centrales, y en las aceras solíamos patinar». En este recuerdo coincide con un vecino de su infancia, Manuel Orozco Redondo. El padre de Manuel, colaborador de este diario, fue muy crítico con aquella tala, pero lo fue más su madre, que no dudó incluso en encadenarse a aquellos árboles para evitar que los talaran: «fue una protesta abanderada por las mujeres del barrio que vieron como una traición la idea de cambiar la fisonomía de la calle a golpe de sierra», explica Manuel Orozco que recuerda como su madre, Carmen Redondo, no dudaba en llamar a las vecinas en cuanto oían que las máquinas de acercaban. «Fueron protestas pacíficas, apunta Fernando Carlos, creo que porque entonces a las mujeres se las trataba con más condescendencia, y amablemente, la policía les pedían que se marcharan», aunque no hay que olvidar que aún Franco estaba vivo, y no estaba acostumbrada la sociedad, ni sus políticos, a desafíos de ningún tipo.

A las protestas se unieron destacadas personalidades de la sociedad y cultura granadina, y el gesto épico de Eulalia Dolores de la Higuera, abrazada a un plátano de indias, se extendió por la ciudad como una leyenda. Mariluz Escribano, fue otra de las defensoras de aquella alameda.

Ante el revuelo el alcalde, en un intento de congraciarse con los medios de comunicación, reunió a sus responsables una noche en su despacho: se iban a destruir 430 árboles, sí, pero se sustituirían por otros 620, entre palmeras, magnolios, cedros y pinos más 5000 metros cuadrados de jardín donde se plantarían rosales, tulipanes, petunias, mimosas, pensamientos o alhelíes, explicó José Luis Pérez Serrabona «No sé hacer política con los árboles», dijo.

La tala sacó a la luz el grave problema que tenía Granada por la falta de zonas verdes y no fue la primera protesta en este sentido. Algo parecido había ocurrido con las obras del Camino de Ronda, con las espléndidas acacias de Plaza Nueva y con los cipreses de la huerta de los Escolapios. Aquellos días, además de por el arbolado de Calvo Sotelo, los granadinos se preguntaban qué pasaría con el Carmen de los Mártires, pues el ayuntamiento había manifestado su intención de convertirlo en un hotel de 5 estrellas.

Calvo Sotelo fue la muestra de lo que significaba el implacable desarrollismo de los años sesenta y setenta. Lo curioso es que, treinta años después, en 2006, volvieron a talarse los árboles plantados por Serrabona para construir el bulevar que hoy conocemos.