Un paseo dibujado por Rabadasif

Acera de San Ildefonso en 1981 /González Molero
Acera de San Ildefonso en 1981 / González Molero

Recorrido por el barrio de San Ildefonso a través de las plumillas de Villar Yebra

AMANDA MARTÍNEZ

Enrique Villar Yebra (Granada, 1921-2001) «hizo visible lo que la desidia de muchos hizo invisible». Así definió Manuel Ruiz el trabajo del polifacético artista, con el que colaboró en el Gabinete Pedagógico de Bellas Artes, y este era el propósito de las plumillas que publicaba en las páginas de IDEAL: denunciar lo que la especulación y la falta de interés dejaron en recuerdo y ser un testimonio de la Granada que vivió, paseó y amó.

Sentado en la placeta de Rosales, el escritor, músico y pintor, dibujaba los detalles de la fachada de la iglesia de San Ildefonso para ilustrar su artículo semanal de la sección ‘Granada: Pasado y Presente’. ¡Cuánto había cambiado el barrio que los árabes llamaron Rabadasif!, qué profunda herida había causado «el absurdo trazado de la carretera de Murcia, retorcida como una culebra alrededor de San Cristóbal». Yebra fue el pintor que más trabajó el paisaje del antiguo barrio de San Ildefonso, y es la excusa de hoy para caminar por sus calles, desde la atenta mirada de Enrique.

El arrabal del Albaicín

La feligresía de San Ildefonso era, a mediados del siglo XVI, la más populosa del Albaicín. Escalonado por cuestas, poblado de cuevas, lindaba en un extremo por la Axarea o Explanada, llamada así por la planicie que lo corona y que los cristianos conocían como Mirador de San Cristóbal, y, al otro, el Campo del Triunfo, donde estuvo extenso cementerio de Saad ben Malik.

Del Rabadasif árabe queda la trama de callejas tortuosas tras la iglesia y el convento de la Merced, varios aljibes y un lienzo de la muralla que la Plataforma de Vico ya representa mutilada bordeando, desde las casas colindantes a la Iglesia, la escarpada cuesta de San Antonio, ascendiendo por la de Caracas y el Barrichuelo, pasando por Fajalauza, hasta la cerca del Obispo Don Gonzalo, la Torre del Azeytuno y el Camino del Sacromonte.

Era muy distinta la fisonomía del barrio del siglo XVII a la que vivió Yebra, habían desaparecido rincones como el callejón de San Diego o la placeta de las Tinajas: «quedaron, así, como otras muchas cosas que uno no se explica: en recuerdos de los viejos, ante esa indiferencia tan granadina…», se quejaba Enrique en uno de sus artículos.

La iglesia de San Ildefonso

Relevó a la mezquita de Rabadasif, que ocuparía un lugar próximo al actual templo. La parroquial de San Ildefonso es un edificio de gran valor artístico pero mal conocida por los granadinos. Fue una de las 23 parroquias mudéjares erigidas en 1501 por el cardenal Pedro González de Mendoza para adoctrinar a la población morisca del barrio. Su constructor fue Cristóbal de Barreda y destaca su fábrica de ladrillo y su portada labrada en piedra por el discípulo de Siloé Juan de Alcántara, «una estampa vibrante de cálidos tonos y rica matización bajo la espléndida luz de Granada, recortada la elegante silueta de su torre de campanas contra el cielo intensamente azul», la describe Villar Yebra. Gallego Burín dijo que su retablo, de estilo barroco, es el más importante de su tiempo y en su interior se guardan magníficas piezas del arte granadino. Otra curiosidad: en ella fue bautizado Alonso Cano.

La plazoleta, que antes estuvo soldada de piedra y plantada de álamos, se remodeló a mediados de los años ochenta y es muy agradable.

El Túnel

A Villar Yebra le gustaba recordar una antigua taberna del barrio «yo he conocido aquello bajo un aspecto más de suburbio, con cara de cubil de bucaneros y el suelo materialmente tapado con cochas de almejas, caracoles». Estaba en una casa la Acera de San Ildefonso que aprovechó el postigo abierto en la muralla y sus paredes como parte de los muros maestros de la planta baja, y su bóveda de cañón como techo. «Extrañaba ver allí aquella fuerte bóveda, en vez del usual techo de vigas de madera», por eso aquella taberna se conocía como ‘El Tunel’. Era una castiza taberna de barrio donde se rindió un homenaje al caricaturista Miranda e incluso se fundó una peña en su honor. Desapareció a principio de los años ochenta «porque mal estaba, quizá, que aquella antigua bóveda de los árabes sirviera de techo a un tabernucho; pero allí estaba». Era la puerta del recinto de Rabadasif, pero «el más estulto desconocimiento» acabó con ella de un día para otro.

Paisaje humano

«Interesante en lo humano y en el paisaje», Enrique se detenía en los detalles: en las casas viejas de la placeta del Cortijuelo, en los pobres huertos del Barrichuelo, donde había un grifo de agua potable al que las mujeres acudían con las botijas, calderos y tinas a lavar la ropa, entre perros, gallinas y viejos con aire campesino que tomaban el sol a las puertas de sus casas, o jugadores de dominó que sacan unas cuantas mesas y sillas a la calle. Había un betunero, «un tipo raro y medio loco que corretea de noche por las calles en busca de tarea. Su padre fue sargento de cornetas y él lleva el retrato de su progenitor, con marco y cristal, colgado del cuello».

El antiguo Rabadasif, arrabal del Albaicín granadino se «desmorona lentamente, sobre cuyas ruinas la fealdad va sustituyendo, intrusa, lo que tenía unos recios perfiles ricos en el más genuino casticismo granadino», denunció Yebra al quien no es difícil imaginar hoy sentado en la encantadora placeta de Liñán dibujando la esencia de este barrio auténtico.

 

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