La misteriosa muerte de Ángel Ganivet

Momento en el que Fermín Garrido descubre el cadáver momificado de Ganivet /Torres Molina/Archivo de Ideal
Momento en el que Fermín Garrido descubre el cadáver momificado de Ganivet / Torres Molina/Archivo de Ideal

Se cumplen 120 años de la trágica desaparición del intelectual granadino

AMANDA MARTÍNEZ

El día 29 de noviembre de 1898 el granadino Ángel Ganivet, cónsul de España en Riga, se tiró por la borda del vapor en el que viajaba por el río Dwina. Algunos pasajeros lograron subirlo al barco pero el suicida, ya en cubierta, aprovechó un descuido y volvió a arrojarse a las gélidas aguas del río. En una carta escrita a su amigo Navarro Ledesma, Ganivet le confiesa que se siente «triste, endemoniado, aburrido, hastiado, malhumorado, abrumado, entontecido». Unos días antes del fatal desenlace, el cónsul alemán en Riga, amigo personal del granadino, advirtió a la embajada de España del empeoramiento de la salud mental de Ganivet. Lo cuenta El Imparcial en su edición del 9 de diciembre de 1898: «padecía manía persecutoria. Decía que lo asediaban 8.000 espías y su preocupación iba en aumento de día en día». El gobierno español había pedido al embajador en San Petersburgo explicaciones por la extraña desaparición de su diplomático, informes oficiales que desecharon la idea de que Ganivet hubiera sido asesinado. Murió ahogado en el río al que se arrojó. Pero el misterio de la depresión envuelve las causas de su muerte: «Una parálisis progresiva, celos ante las infidelidades de Amelia Roldán, desengaños ante su enamoramiento de Mascha Djakoffsky, su amor platónico, el hundimiento español de El Desastre…», reflexiona Gallego Morell.

El diario ruso 'Düna Zeitung' publicó una pequeña nota sobre el entierro que se celebraró el día 3 de diciembre a las once de la mañana «saliendo de la iglesia católica en la plaza del Castillo». Morell, en el artículo 'La tumba de Ganivet' publicado en este diario, reproduce unas palabras de su hijo, que entonces sólo tenía cuatro años, y que recordaría la escena muchos años después: «Una iglesia. Mi madre y yo. Ella, sentada en un banco de madera tallada, gruesa, de esos que están empotrados en la pared. Delante, en el suelo, y paralelo a ese banco, un féretro, y dentro de él, mi padre, con su barba y vestido de negro. Como yo lo imaginaba, y como lo vi cuando destaparon la caja en que vino de Riga años después».

Un popular cortejo fúnebre

En 1921, con el propósito de viajar a Rusia, recala en Riga el periodista de El Imparcial Enrique Domínguez Rodiño. A la espera de visado, decide emprender la búsqueda de la tumba de Ganivet: «No me sería posible reflejar aquí todo lo que he sentido, y sufrido también hasta dar, después de muchas y penosas investigaciones, con el humilde cementerio que encierra la tumba anónima del noble escritor granadino», escribe Rodiño en una crónica publicada en el rotativo madrileño el 14 de enero de 1921. Desde aquel periódico emprendería la misión de traer los restos a España, gestión que conseguiría en 1925.

En el vapor Tíber salieron del Báltico los restos del diplomático que llegaron a Hendaya el 28 de marzo de aquel año. Envueltos en la bandera nacional y con los acordes de la marcha fúnebre de Martínez Sierra y Usandizaga, desfilaron ante la multitud en Irún, San Sebastián y Madrid donde se celebró una sesión necrológica en la que participaron un puñado de los intelectuales más importantes de la época.

El 31 de marzo, los restos mortales de Ángel Ganivet llegaron a la estación de tren de Granada. A hombros de sus vecinos y amigos desfiló el féretro hacia el Ayuntamiento donde se instaló la capilla ardiente. Los profesores Guirao, Hernández Redondo, Gallego Burín y Marín Ocete, formaron el primer relevo.

Fermín Garrido, entonces rector de la Universidad, fue el encargado de reconocer y certificar la autenticidad del cadáver en el mismo bosque de la Alhambra, camino del cementerio. Cuenta Morell en el artículo antes citado que para ello abrieron el ataúd y «buscó y encontró en la pierna izquierda el recuerdo de aquel importante accidente de su niñez y que pudo costarle la vida, y la huella de una pedrada en la cabeza en luchas de jovenzuelos que el escritor narra en su prosa». Una multitud acompañó el féretro que se detuvo ante el monumento de Juan Cristóbal.

Se le dio sepultura en el cementerio de San José, donde se colocó la misma lápida de mármol que había sido traída desde Riga.

Personaje novelesco
Ángel Ganivet / Archivo de IDEAL

Ángel Ganivet nació en 1865 en la casa de sus abuelos en la calle San Pedro Mártir de Granada. Sus padres, Francisco y Ángeles García eran propietarios de un molino de harina. Una placa de Loyzaga recuerda su casa natal en el que hoy es Centro Provincial de Documentación.

Alumno excelente, se licenció en la Universidad de Granada en Filosofía y Letras y Derecho. Tenía una aptitud especial para los idiomas, tanto vivos como lenguas muertas, y ganó plaza en unas oposiciones a la carrera consular lo que le llevó a Ambéres, Helsinki y, por último, a Riga. Fue lejos de su país cuando comenzó a escribir: 'Granada la Bella', 'Cartas Finlandesas', 'El escultor de su alma' o 'El Idearium español' son algunos de sus títulos. El perfil más personal de este 'excéntrico del 98' como lo definió Gallego Morell, lo trazan quienes lo conocieron. Aquí, algunos curiosos ejemplos: Navarro Ledesma, fiel amigo y destinatario de su espistolario, lo describió «de elevada talla, robusto, anchas espaldas, de dulce y magnética mirada, con un ángulo facial del mayor interés e insolente prognatismo». Rodrigo Soriano, político, diplomático y periodista vasco, publicó en El Imparcial un artículo titulado 'El Misterioso Granadino' para dar a conocer su figura unos días después de su muerte. Recuerda un viaje que hizo en diligencia con él desde Granada hasta Jaén para describirlo como un «tipo extrañísimo, largo de brazos y piernas, ancho de pecho, con el rostro feucho, de ojos claros con su mirada que resbala, como si no viera nada por encima de los objetos, fría como la de un saurio, pero que al fijarse llega hasta el fondo, agujerea como un berbiquí; aquel joven de abultada y espaciosa frente, de nariz un tanto achatada, con apariencias de antropoide gigantesco: aquel joven, digo, salía de la Universidad granadina ostentando la borla de doctor, iluminaba la monotonía del viaje con el encanto de una conversación suave, chistosa, encantadora, verdadero chaparrón de sabiduría, de guasa entre andaluza y britana».

Ramón Gómez de la Serna apuntó: «lo más interesante del escritor es lo que tiene él mismo de personaje novelesco de la novela de la vida»