La Granada de Martínez Rioboó

Grupo de mujeres paseando por la calle Reyes Católicos /J. Martínez Rioboó. Fundación Rodriguez Acosta
Grupo de mujeres paseando por la calle Reyes Católicos / J. Martínez Rioboó. Fundación Rodriguez Acosta

La Fundación Rodríguez Acosta ha ampliado su fondo documental con la digitalización de la colección del fotógrafo granadino

Amanda Martínez
AMANDA MARTÍNEZ

Un grupo de chicas elegantes caminan por Reyes Católicos cuando les sorprende la cámara de José Martínez Rioboó. Su mirada capta el instante preciso en el que posan coquetas. La calle bulle en un posible día de fiesta y hay gente asomada a los balcones. Han dejado atrás la confitería Alpes y un cochero con sombrero de copa anima el trote de sus caballos por el suelo adoquinado.

Arranca el siglo XX y Granada se despertaba de un largo letargo. Los últimos años de la centuria anterior sentaron los pilares de una época de prosperidad y desarrollo. Por fin llegó el ferrocarril a toda la provincia; las explotaciones mineras del Marquesado se modernizaron con la inversión de capital extranjero y la fértil vega y el negocio del azúcar, enriqueció a una clase media que mostró, con la apertura de la Gran Vía, que esta ciudad estaba a la altura de las grandes urbes europeas. Se fundó la Cámara de Comercio (1886), la Caja General de Ahorros (1891) y se concluyó el embovedado del Darro desde Puerta Real hasta el Campillo, para horror de Ganivet, como saben.

Esta era la Granada que retrató Martínez Rioboó, de la que dan fe, como si de un notario se tratase, sus fotografías.

Nacido en 1887 en el seno de una familia acomodada, son pocos los datos biográficos que conocemos de él, «más allá del rastro vital que dejó plasmado en sus negativos», escribe Javier Píñar en el catálogo de la exposición 'Por amor al arte. José Martínez Rioboó y la fotografía amateur en Granada', organizada por la Fundación Rodríguez Acosta cuando la familia donó el legado de Rioboó.

Fue el segundo de seis hermanos, hijos de Joaquín Martínez Cardenete, un terrateniente lojeño que trabajó para la familia Moreno Agrela, y de Aurelia Rioboó Torres, aficionada a la pintura, que vería con agrado que José comenzara a dar clases con el maestro Larrocha, que había sido tutor de José María Rodríguez Acosta o López Mezquita. El joven Rioboó comenzó estudios de Farmacia tras el Bachillerato, época en la que entró en contacto con el Centro Artístico y comenzó a hacer fotografías. Son los años de juventud de Lorca, los años en los que llegó a Granada Fernando de los Ríos, «Rioboó se relaciona con los del Rinconcillo, con Hermenegildo Lanz, con Ismael González de la Serna o Manuel Ángeles Ortiz, personajes que contribuyeron a revitalizar la vida cultural de la ciudad en transformación», explica Javier Moya conservador de la Fundación Rodríguez Acosta y del Instituto Gómez Moreno. En aquel ambiente, el joven Rioboó consolidó su formación artística.

Su producción es muy completa. Por un lado, asume un papel de documentalista gráfico de la ciudad y su cámara se detiene en escenas de las fiestas populares y las tradiciones de Granada: la Semana Santa, el desfile de gigantes y cabezudos de las fiestas del Corpus, los pavos paseándose por Bibrambla en las vísperas de Navidad, la cabalgata de Reyes… Es la Granada más costumbrista que va a retratar Rioboó, que ejercerá también de periodista gráfico. Son suyas las fotos que conocemos de la coronación de la Virgen de las Angustias, las de la primera misa en el Veleta, en 1907, o las del la basílica de la patrona tras el incendio de su camarín en 1917.

Aunque era un aficionado, no es ajeno a la concepción de la fotografía como creación artística. Lo demuestran las vistas que toma de Granada, de sus monumentos, de sus calles (es curioso que la Alhambra no sea un tema fundamental de su objetivo), o en los detalles de la señora que zurce en un rincón del patio de su casa de la calle Yanguas o en la que lava la ropa ante el bellísimo decorado de relieves moriscos de la casa de la Cuesta de la Victoria. Son huellas del pasado que se contraponen a otro de sus temas preferidos, la ciudad moderna, que refleja en sus fotos de las carreras de coches, los espectáculos aeronáuticos de las fiestas del Corpus o en la anécdota del señor que arregla el pinchazo de uno de los primeros coches que debieron circular por la ciudad.

J. Martínez Rioboó. Fundación Rodríguez Acosta

La Granada autética

«A partir de 1910, intelectuales y artistas se toman muy en serio la búsqueda de las raíces, de lo español, lo que identifica a los pueblos», explica Javier Moya. Es el regeneracionismo que trata de forjar una nueva idea de España basada en la autenticidad. «Los gitanos que retrató Fortuny, con Chorrojumo a la cabeza, y su generación, buscaban una imagen poco habitual, exótica y casi orientalista sin salir de España. Pero eso queda atrás. Ahora se pesigue lo auténtico y es en esta línea donde hay que inscribir la preocupación de Rioboó por fotografiar no solo gitanos, que capta dignos y alejados del registro pintoresco, si no oficios como aguadores, limpiabotas, canasteras o alfareros de Fajalauza, tipos que intenta atrapar para que no se pierdan, porque era consciente de la fugacidad del instante que tenía ante su objetivo». Un ejemplo singular de este planteamiento es la foto del aguador en la Plaza de Santa Ana. Él es protagonista de la instantánea mientras, al fondo, desfila el Cristo de la Misericordia de José de Mora.

J. Martínez Rioboó. Fundación Rodríguez Acosta

En 1914, el ingeniero José de Santa Cruz llegó a Granada. Gracias a él, Martínez Rioboó consiguió un puesto como funcionario de obras públicas trabajo que le permitió continuar con sus inquietudes fotográficas. Llegó a tener un laboratorio en su oficina y dejó el testimonio de las obras de la carretera de la Sierra, del tranvía de Sierra Nevada o del Puerto de Motril. Tras la guerra civil, cuenta Javier Píñar, Rioboó volvió a vincularse al Centro Artístico del que fue presidente de su sección fotográfica. Murió en 1947.

En 2004 sus hijos cedieron a la Fundación Rodríguez Acosta el legado del fotógrafo. Lo formaba 3.041 piezas, de ellas 2.500 imágenes sobre vidrio (un soporte muy frágil y muy sensible a los cambios de temperatura, de humedad y luz), además de una serie de dibujos, como un apunte al óleo sobre papel de Ismael González de la Serna, documentos y correspondencia. El compromiso de la Fundación al aceptarlo, fue el de digitalizarlo y ponerlo a disposición de los investigadores. Así se hizo y una parte de la colección se mostró en la exposición 'Por Amor al Arte' en 2005. «Pero teníamos pendiente una digitalización más profesional que de una vez por todas nos dejara la mejor versión de las fotos, a la vez que un catálogo razonado del material y dotarlas de medios que asegurasen su conservación», explica Moya. Es el trabajo que ahora ha concluido la Fundación en colaboración con el Ministerio de Cultura. La empresa 'Arte y Proyecto' ha sido la encargada de digitalizar y catalogar el legado que, en breve, se podrá consultar desde la web del Ministerio y de la Fundación Rodríguez Acosta.