El auditorio del Generalife cumple 65 años

Antonio y su Ballet Español en las tablas del Generalife /Torres Molina
Antonio y su Ballet Español en las tablas del Generalife / Torres Molina

El ballet de Antonio inauguró el teatro al aire libre como escenario del Festival Internacional de Música y Danza

AMANDA MARTÍNEZ

Cuando lo vio por primera vez, a Antonio no le gustó nada. No le servía. «Es pequeño, la altura también es pequeña, y lo mismo el fondo. Yo quiero presentar mi ballet con todos los honores para que su estreno constituya un éxito en todos los sentidos», se lamentaba el bailarín poco antes del inicio del Festival en unas declaraciones al diario «Patria», recogidas por Rafael del Pino y José Luis Kastiyo en el libro «El Festival Internacional de Música y Danza de Granada 1952-2001».

Los granadinos, por el contrario, estaban muy orgullosos de aquel escenario que se había construido con prisas para la II edición del Festival de Música y Danza, el escaparate cultural de una España que vivía tiempos muy difíciles pero que estaba aprendiendo, sobre la marcha, a venderse a exterior.

Tras el éxito de la primera convocatoria, sus promotores apostaron por el futuro de la cita cultural granadina anunciando, antes de que acabara aquel 1952, la construcción de un teatro en la conocida como huerta de Fuentepeña, con capacidad, en principio, de 2.500 a 3.000 personas y rodeado de las bellezas que caracterizan esta ciudad: al este, por las aún blancas cumbres de Sierra Nevada; al sur, por el perfil de las Torres de la Cautiva, las Infantas y el convento de San Francisco; hacia el oeste, la ciudad y, al norte, por el olivar del Generalife.

La prensa no escatimaba en resaltar las virtudes del nuevo escenario: «En uno de los más sugerentes parajes del Generalife está surgiendo, como un milagro de amor y voluntad, un bello teatro al aire libre. No sé si la palabra teatro es la más adecuada para denominar el conjunto maravilloso de paseos, pérgolas, estanques con fuentes tumorosas y lo que será un amplio escenario de gráciles líneas que armonicen con el prodigioso paisaje, donde la luz, el color, el aroma de las flores y el verde intenso de los cipreses, gigantes entre la sencillez de los árboles más humildes, más a ras de tierra, nos ofrecen un milagro de serena armonía. Realmente es difícil encontrar en el mundo un paraje comparable a este para adecuarlo a unas jornadas de arte. El ingenio y el amor de los hombres encuentran en la naturaleza su mejor aliado», agasajaba IDEAL, en una opinión publicada el 10 de mayo de 1953 que, sin duda, leería orgulloso Antonio Gallego Burín, inspirador y patrocinador del auditorio como director general de Bellas Artes. También se pretendía acallar las críticas de quienes calificaban la obra de suntuosa y de suponer un despilfarro para los tiempos que corrían: «Son las gentes alicortas de imaginación. En Granada una obra de esta naturaleza no será nunca suntuaria, sino imprescindible para su rango y aún, si forzamos las cosas, como eficaz medio para allegar recursos».

Rodeado de jardines

Se aprovechó una hoya del terreno para construir el espacio escénico. Querían que la obra estuviese rodeada de vegetación de tal modo que la parte constructiva se borrara a la vista. Una hilera de cipreses serviría de antesala al teatro.

También se ampliaron los jardines. El maestro de obras de la Alhambra, Juan de Dios Alarcón, daba instrucciones para cumplir con el proyecto diseñado por el director general de Arquitectura y arquitecto conservador de la Alhambra Francisco Prieto Moreno con una acequia en cruz, fuentes, pérgolas, paseos de artístico empedrado, surtidores y fuentes.

Unos días antes de la inauguración, los obreros trabajaban sin descanso y, aunque se improvisaron algunos detalles y, en años sucesivos hubo obras complementarias, llegaron a tiempo para el estreno. El 20 de junio, el Ballet Español de Antonio pisaba, por primera vez, las tablas del flamante teatro al aire libre del Generalife. Bañado por una luna brillante de reflejos estivales, «Alegro de concierto», «Martinete», «Llanto a Manuel de Falla» o el «Zapateando» de Sarasate se sucedían en el escenario que ya no le parecía al exigente Antonio una «caja de cerillas».

Las crónicas de los periódicos del día siguiente daban fe de los sucedido aquella noche, haciendo especial hincapié en las virtudes del auditorio: «El ballet de Antonio cosechará numerosas ovaciones por los teatros del mundo, pero nunca más hallará para sus actuaciones escenario y ambiente comparable con el que anoche tuvo en la amplitud cósmica de este lugar de maravilla que es el Generalife y en el escenario inenarrable de una noche serena en Granada».

La ingravidez de Fonteyn

Cuentan las crónicas que jamás se había visto en Granada un espectáculo tan concurrido como el que ofreció el Ballet Clásico de Margot Fonteyn en el Generalife las noches del 30 de junio y 1 de julio de 1953. Dos horas antes de la anunciada para la actuación, el patio de butacas estaba casi lleno de un público expectante por ver en la ciudad a una figura de renombre internacional.

El escenario se libró de una rara embocadura que utilizó el espectáculo de Antonio y lucía sobrio. Sobre él se proyectaban certeros efectos de luz que daban el máximo protagonismo a los danzarines. Margot se movía ingrávida al ritmo de los acordes interpretados la orquesta, formada por profesores de la Nacional , dirigidos por Ataulfo Argenta. Aquella actuación acabó por bendecir el nuevo escenario.

Fue tal la expectación que había suscitado que, cuando las sesiones del Festival se celebraban en el Carlos V, el Generalife se abrió al público. Por tres pesetas, el visitante podía sentirse como uno de aquellos señores importantes o una de aquellas elegantes mujeres que ocupaban sus butacas los días de representación y podía disfrutar, de diez de la noche a una de la madrugada, del paisaje de ensueño y las fantásticas iluminaciones creadas por el ingeniero Francisco Huertas Soto para esta segunda edición. Las visitas se prolongaron hasta varios días después de finalizar el evento.

Nueve años más tarde, Gratiniano Nieto, nuevo director general de Bellas Artes, encargó a Prieto Moreno un anteproyecto para un nuevo teatro con capacidad para 5.000 personas. La crisis económica del Festival, que afloraría unos meses más adelante, aconsejó abandonar el proyecto.

En 2005 el «Sombrero de Tres Picos» del Ballet Nacional, con el telón de fondo diseñado por Salvador Dalí inauguró el nuevo auditorio del Generalife. En aquella ocasión y, como ocurrió 52 años antes, tampoco estaba totalmente terminado.

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