El antiguo mercado de la Romanilla

Una mañana en el marcado /Torres Molina
Una mañana en el marcado / Torres Molina

Antiguo centro comercial de la ciudad, sufrió varios años de abandono pero hoy la plaza de la Romanilla está de moda

AMANDA MARTÍNEZ

E n la memoria de muchos de los lectores de este artículo se guardan las imágenes, los sonidos y los olores de las mañanas en los antiguos mercados de Pescadería, Romanilla y San Agustín. Vienen a la mente en un paseo por la plaza o mientras se toman un café sentados en alguna de sus agradables terrazas. Las fotografías del archivo de este periódico, muestran imágenes del pasado de la plaza de la Romanilla. La animación de un antiguo mercado, un barullo de puestos, clientes y tenderos que se conocían por su nombre y donde la mercancía se vendía con el ingenio de frases socarronas. También muestran una Romanilla desaparecida, enterrada entre decenas de coches que aparcaban en su adoquinado sin control, y las de una agria polémica (otra más) por su reforma. Este es un pequeño paseo por la historia de la céntrica plaza que, el Centro Lorca, ha puesto de moda.

Intramuros del recinto musulmán, detrás de dónde se encontraba la puerta de Bab al Mazda o de Bibalmazán, una comunidad de monjas capuchinas construyó su convento en el siglo XVI del que queda constancia en el nombre de la calle. El convento se había construido sobre una antigua mezquita árabe y, cuando fue demolido durante la desamortización, se formó una plaza en su lugar, de forma irregular y alargada donde, a finales del siglo XIX el ayuntamiento instaló el mercado de abastos de la Romanilla. Proyectado por el arquitecto Cecilio Díaz Losada, aquel mercado seguía la imagen de los proyectados por Juan Monsterrat, en los solares entre Bib Rambla y Cárcel Baja, conocido como Pescadería.

Cierto que eran construcciones sin verdadero interés artístico y tampoco reunían las comodidades y funcionalidad que sus servicios exigían, pero era el centro neurálgico del comercio de la ciudad.

Nuevo mercado

En 1939 el Ayuntamiento comenzó las obras de reforma de aquellos mercados, de aspecto sucio y maloliente, impropios de una ciudad como Granada. Se arregló el de San Agustín (también construido sobre el solar de otro antiguo convento, el de los Agustinos Calzados) y, poco después, comenzó la gran transformación de la Romanilla del pescado y de pescadería que se inauguró en junio de 1940. Les siguieron el de verduras y despojos, que tenían acceso por la calle de San Jerónimo, hubo obras en el Juzgado de Abastos (al que quitaron «sus inmundos tenderetes que rodeaban su patio», como cuenta la crónica de IDEAL de aquel día, sustituidos por un gracioso jardín) y se instaló un matadero de aves y se pavimentó la calle Capuchinas.

El mercado de carne tenía dos naves. Se cubrieron ambas, que tenían visibles sus armaduras de cielos rasos, y se comunicaron rompiendo los muros que las separaban. Se reformaron sus ventanales, decorados con zócalos de azulejos y paredes blancas «de modo que pueda mantenerse constantemente una absoluta limpieza». Se cambiaron los puestos de venta que debían ser de mármol y se obligó a los vendedores a usar pesos y balanzas esmaltados y a vestir de blanco. El pavimento también era de mármol blanco «y una nueva instalación eléctrica prestará a aquellas salas la alegría y luminosidad de la que hoy carecen», dice la crónica de IDEAL de 1942.

La remodelación de la zona de los mercados se incluía en la reforma urbanística de uno de los puntos neurálgicos de la vida granadina y se completó con el cambio de adoquinado desde la Trinidad hasta el Pie de la Torre, para que la zona mostrase el decoro y la higiene que exigían los mercados «una de las mayores vergüenzas de la ciudad», denunciaba aquella crónica.

Ese argumento fue el que se empleó para su derribo en 1973, otro de los 'horrores urbanísticos' analizado por César Girón en las páginas de este periódico ('De la Tercena de las Capuchinas al Lorca'). Entonces se habló de que se construiría en la Romanilla un aparcamiento subterráneo y así evitar que los coches estacionaran en la plaza de las Pasiegas, lo que afeaba la zona y convertía en un laberinto el paso de los peatones.

El mercado salió fuera de la ciudad con la construcción de Mercagranada y con ello el centro perdió su actividad comercial. Solo quedó en la zona el de San Agustín que se trasladó durante unos años al solar de la Romanilla hasta que en 1998 se inauguró el edificio actual.

Una nueva plaza

Utilizada como solar de aparcamiento, la plaza estaba abandonada a pesar de que era un espacio singular bajo la monumental presencia de las campanas de la Catedral y rodeada por edificios de finales del siglo XIX y principios del XX. Cualquier intervención en el espacio sería complicada de ejecutar.

Doce largos años de espera fueron necesarios para que se atendiera a este espacio. En 1987 concluyó una controvertida remodelación ejecutada por los arquitectos Francisco Alcón, Ricardo Bajo, Luis López Silgo y Santiago Oliveras. Se discutió su disposición como plaza adoquinada, se criticó el pequeño estanque y la balaustrada y plataforma de mármoles rojos y blancos y tampoco gustó el paseo de palmeras «que recoge y acompaña el tránsito de personas (…) y crean bóvedas laterales sobre nítidos troncos», según los autores, «árboles impropios de nuestros ambientes», según alguno de sus detractores (Domingo Sánchez Mesa 'La nueva Plaza de la Romanilla: un grave despropósito).

Más tarde incluso se presentó un proyecto en el que se construiría una palacete de cristal, que tendrían como soporte las columnas del antiguo mercado de San Agustín, un proyecto que no satisfizo, como tampoco gustó el monumento del aguador instalado en 1999 que originó un divertido debate sobre qué político guardaba más parecido con el jumento.

El vandalismo también se cebó con esta plaza y, tras varios años de abandono, la Romanilla ha mudado de piel. El Centro Lorca la ha dignificado.

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