20 años de la muerte de Elena Martín Vivaldi, la poeta de Granada

Elena Martín Vivaldi en una entrevista con Ideal en 1988 /González Molero/Archivo de Ideal
Elena Martín Vivaldi en una entrevista con Ideal en 1988 / González Molero/Archivo de Ideal

Murió el 9 de marzo de 1998 a los 91 años tras una larga enfermedad a la que ella se resistió hasta los límites. @LaHemeroteca la recuerda con algunos de sus poemas

AMANDA MARTÍNEZ

Elena nació en Granada, el 8 de febrero de 1907, en el seno de una familia cuyo talante iba a marcarla profundamente. Hija de José Martín Barrales, catedrático de Ginecología, y hombre de grandes ideas progresistas, inclucó a todos sus hijos el interés por el estudio. Elena se matriculó en Magisterio, primero y se licenció en Filosofía y Letras en 1938 más tarde. Archivera por oposición -Huelva y Sevilla- es en la Biblioteca Universitaria de Granada donde desarrollará su labor.

En 1945 publicó su primera obra 'Escalera a la luna'; en 1953 'Alma desvelada' y en 1958 'Cumplida soledad, su obra más emblemática. En 1981 publicó 'Nocturno' y, en 1990, su último trabajo 'Con solo una palabra', un homenaje al que fue su amigo, Federico García Lorca.

Poeta -como ella quería que se dijera- de acentos íntimos y profundos. De otoños. De lluvia. De árboles... Mujer afable, conversadora e íntima también. Granada tuvo la oportunidad de rendirle varios homenajes en vida, recibió la Medalla de Oro de la Fundación Rodríguez Acosta y el Ayuntamiento la nombró Hija Predilecta. Los lectores de este periódico la consideraron una de las cien personas más destacadas de Granada del siglo XX, aunque quizás el homenaje que más pudo llegarle fue aquella exposición organizada en el Hospital Real. Era el año 1997: culminación de toda una carrera y de toda una vida.

Hoy @LaHemeroteca recuerda a la autora con algunos de sus poemas.

Luna de abril

Ha callado la luna de marzo.

Ya se escucha la luna de abril.

Se entiende -cercana- su llama y su fuego,

su azulada voz.

Ya crecen sus brotes

-venas de esperanza-

horadando la tierra,

la carne.

Corrientes de savia alivian los cielos,

los ojos,

las manos,

los labios,

la sed.

Yo me quiero enredar en la luna

-la luna de abril-

sedientas las manos de ríos de frescura,

mis labios gustando canciones

y aromas,

tactos amarillos de recuerdo

y luz.

Yo me quiero dormir, levantada

por su viento alegre,

por su rama en flor.

No se escucha la luna de marzo.

Repica en el aire

la luna de abril.

Tilos

Que estáis frente al cielo

azul.

Y amarillos.

Que perdisteis sombra y voz.

Luz que alegre se derrama

en amarillo

Tembloroso de esperanza

ilumináis la mañana del destino.

Va la mirada al color,

defendiendo todo el ser,

y amarillo.

¿Adónde está el verde aquel

que os puso de fiesta?

-pájaros

y alto estío.

¿Dónde se quedó el aroma,

crucificando las calles

traspasadas

en su río?

Diré vuestro nombre sólo.

Sólo vuestro nombre:

Tilos.

Y amarillos

Esta tristeza

ESTA tristeza es mía, solo mía,

a nadie dejo entrar en su espedura

hecha de soledades, en la oscura

noche no desposada con el día.

No es la tristeza aquella que tenía

reflejos de esperanza en su amargura,

no es la que fuera condición segura

para cambiar la angustia en que solía.

Esta de ahora es densa, acrisolada

por el dolor de ser, por la certeza

de que su nombre encierre la evidente,

innegable verdad. Que despiadada

hiere con mano aleve. No hay torpeza.

Se llega al corazón derechamente.

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