Antes de que el teatro Cervantes bajara el telón

Vista del Teatro Cervantes /
Vista del Teatro Cervantes

Se cumplen 50 años del derribo del antiguo Teatro del Campillo, uno de los edificios más queridos y añorados de la ciudad

AMANDA MARTÍNEZ

En el comienzo de sus andanzas, Don Quijote encontró en el dueño de una venta al señor que le armaría caballero. El ventero le siguió el juego. Él mismo, en sus años mozos, «se había dado a aquel honroso ejercicio» de la caballería, andando por diversas partes del mundo, buscando sus aventuras por los barrios con más mala fama de la época: los Percheles de Málaga, Compás de Sevilla, las Ventillas de Toledo o la Rondilla de Granada (capítulo 3). La Redonda del Darro o Rondilla fue durante los siglos XVI y XVII «lugar de reunión de bravos y pícaros, donde el ventero que describe don Miguel había ejercitado la ligereza de sus pies y la sutileza de sus manos» (Guía de Granada de Gallego Burín). En aquel barrio, que en el siglo XVII comenzó a llamarse del Campillo, se levantó, algunos años después, el Teatro Cervantes.

Tres nombres para un teatro

Mientras en 1778 la piqueta acababa con el Coliseo, o Corral de Comedias, de Puerta Real, muy afectado por los terremotos, cerca del Campillo comienza a construirse un nuevo teatro. Lo diseña el ingeniero Joaquín Pery a iniciativa del capitán general Rafael Vasco. En 1804 estaba casi terminado pero, las circunstancias de la Guerra de la Independencia, lo destinan a almacén hasta que el general Sebastiani ordena su inauguración con motivo de la visita del rey José I a Granada. El 15 de noviembre de 1810, con el nombre de Teatro Napoleón, abre sus puertas. Con la vuelta de Fernando VII pasaría a llamarse Principal y, finalmente, coincidiendo con el tercer centenario de la publicación del Quijote, se decidió que adoptara el apellido del más ilustre escritor español. Cuenta Andrés Molinari en su libro Escenas y escenarios junto al Darro, que este teatro fue parte importante de la ciudad durante siglo y medio, «en los años sesenta seguía siendo muy entrañable para los granadinos y allí se escenificaban comedias, se celebraban fiestas, se divertían los niños y se iniciaron muchos grupos de aficionados».

Teatro romántico

En su inauguración, Manuel González se encargó de los relieves de su emboque y el telón de boca lo terminó en 1821 el escenógrafo granadino Luis Muriel y Amador. «Durante los años del romanticismo los mejores pintores realizaron decorados y completaron detalles para el estreno de todo el gran repertorio que llegaba a Granada», describe Molinari. Abandonado durante un corto espacio, el teatro fue reformado en 1845, aunque perdió las columnas de mármol que, procedentes del convento de Sancti Spiritu, se aprovecharon para su construcción.

Cuando llegó el momento del derribo, el teatro seguía siendo uno de los más valiosos y escasos ejemplares de teatros románticos españoles. De amplias dimensiones, la entrada principal estaba en el lateral derecho de la plaza de Mariana Pineda y los laterales ocupaban la fachada frontal del Campillo y Ganivet, tenía una sala en forma de herradura, «como mandaron siempre los cánones de las exigencias escénicas, con sus pisos con localidades de diferentes precios y comodidades, sus viejas pinturas alegóricas, su embocadura de la época, sus dependencias de tramoya y guardarropía y, por encima de todo ello con ser tanto, su atmósfera de teatro viejo, adormecido en los ecos lejanos de sus glorias», describe Juan Bustos en el artículo El viejo Teatro Cervantes, 20 años después publicado en este periódico.

Los más importantes actores y las más prestigiosas compañías habían pisado sus tablas. Desde Julián Romea y Matilde Díaz, hasta María Guerrero o Fernando Díaz de Mendoza, la compañía de Joaquina Baus o José Tamayo, pasando por los Calvo, los Vico, los Thuillier y Medrano, las Pino, López de Heredia o Margarita Xirgu, habían ilustrado las carteleras del Cervantes «primero iluminado con grandes lámparas pobladas de velas, más adelante con moderno alumbrado de gas y, al fin, la electricidad». El Cervantes continuaba allí, mientras en las calles que rondaban al coliseo los carruajes de caballos esperaban la salida de sus propietarios de la función, como luego lo hicieron los primeros automóviles y por último los modernos Seat. Cuando los sombreros de las damas impedían la visión a los de las filas de atrás. Cuando se servían los primeros cubalibres la terraza del Delhi...

Dramas románticos, comedias, melodramas o piezas ligeras, se alternaban acorde con los refinados gustos del público granadino gran amante del teatro y de la ópera. Triunfa Rossini, Donizetti, Puccini o Bellini, piezas tan familiares en los más famosos teatros de Italia que encontraban hueco en la temporada lírica que ofrecía el Cervantes.

Un teatro para todos

Pero también era una especie de establecimiento cultural de usos múltiples. El inmueble, propiedad de José Bueno, acogía la sede de la Sociedad Liceo Artístico y Literario y la Asociación de la Prensa de Granada. En un tiempo se editaba en él la Hoja del Lunes, ya que los periódicos descansaban los domingos, y la Asociación Amigos del Liceo , que tuvo por director artístico al cómico Ramón Moreno, organizó espectaculares bailes de salón. Incluso el bueno de donRamón se las ingenió para permitir de tapadillo sesiones de juego burlando la férrea censura política (La Granada de Gómez Moreno, un siglo después, editado por IDEAL, 1998).

Unos días antes de su cierre, se revendían las entradas (se pagaron a 500 lo que en taquilla costaba 60) para homenajear a Juanillo el Gitano. Pepe Albaicín, Cobitos, Menese, María la Canastera, la guitarra de Habichuela o Manolo Cano, subieron por última vez a sus tablas.

Un día después, aficionados, poetas y escritores locales, dirigidos por Manuel Hernández, lo cerrarían definitivamente con La venganza de don Mendo. Tras la representación, diversos escritores granadinos pudieron dar su adiós al teatro: Emilio Prieto leyó unas palabras escritas por el crítico Narciso de la Fuente, Pepe Ladrón de Guevara pronunció su 'Casi requiem por el Teatro Cervantes' y el historiador Eduardo Molina Fajardo terminó con Antes de bajar el telón que, con los acordes del himno nacional, bajó para siempre.

«La piqueta de los gallos

cava detrás de la aurora» (Federico García Lorca)

Era el 22 de enero de 1966. Las crónicas no apuntan al responsable directo de su demolición, pero su derribo demostró la ignorancia cultural de sus dirigentes. Poco después, el ruido de las máquinas ahogaba el de los aplausos del patio de butacas. Jamás la destrucción de un edificio había causado tanto impacto entre los ciudadanos como el que supuso el fin del Cervantes.

Una improvisada stripper y los primos de Gómez

Manuel Adarvez, en un artículo de despedida del teatro del Campillo publicado en IDEAL, contaba varias anécdotas curiosas, como la de aquel día en el que una señora granadina, entonces muy popular, subió al escenario para entablar lucha greco-romana con la mujer de un tío forzudo que hacía alardes levantando pesos. Aquella nocha el teatro estaba repleto, sobre todo de obreros y estudiantes, que jaleaban y animaban a la espontánea. Una vez en el escenario, vestida con un traje de malla, igual que su contrincante, empezó la lucha y, al primer escorzo, saltó la malla de la paisana y allí se armó Troya. No se recordaba un griterío más ensordecedor, ni un escándalo más grande. Algunos quería quemar el teatro, otros, algo peor, lo que dio lugar a una estampida a la vez que llegaban los guardias de la Comisaría de San Jacinto que, evueltos en capas azules y provistos de sables, se dedicaron a desalojar el local. Aquel escándalo hizo bajar mucho la polularidad de la mujer que regentaba una conocida zapatería.

En otra ocasión, y durante la fiestas del Corpus, se contrató a la compañía del actor Manolo González que colgó en varias ocasiones el cartel de no hay entradas. Sin embargo, a la hora de hacer liquidación, la taquilla registraba un ingreso mínimo. Ante esto, el propio González se colocó una noche junto al portero para vigilar la entrega de localidades y se dio cuenta de que, por cada espectador que pagaba, entraban cinco que decían ser «primos de Gómez» (Gómez era uno de los propietarios del teatro). Cuando Manolo González estrenó en Madrid, un periodista le preguntó que cómo le había ido en Granada, a lo que el actor contestó: «mal, allí no hay más que cohetes, y primos de Gómez».

Más información

'Escenas y Escenarios junto al Darro. Historia del Teatro en Granada'. Andrés Molinari. Granada, 1998

'Guía de Granada' Antonio Gallego Burín. Granada, 1946

'La Granada de Gómez Moreno, un siglo después (1892-1998'). IDEAL. Granada, 1998

'El viejo Teatro Cervantes, 20 años después'. Juan Bustos. IDEAL, 1 de febrero de 1986

'Homenaje y final de un Teatro'. Eulalia Fuentes. IDEAL, 14 de enero de 1966

'Recuerdos del Cervantes', Manuel Adarvez. IDEAL, 22 de enero de 1966