Real Madrid - Granada

Y Granada volvió a ponerse de pie

Éxtasis rojiblanco desde el cuarto anfiteatro del Santiago Bernabéu tras el gol de Domingos. /J. I. C.
Éxtasis rojiblanco desde el cuarto anfiteatro del Santiago Bernabéu tras el gol de Domingos. / J. I. C.

La afición nazarí saboreó la euforia al sentir el miedo del Real Madrid tras tres primeros grandes reveses

José Ignacio Cejudo
JOSÉ IGNACIO CEJUDOENVIADO ESPECIAL EN MADRID

Luka Modric había marcado el tercer gol del Real Madrid y la afición rojiblanca tiró de orgullo: «Granada, ponte en pie». Era un ruego de pertenencia y de unión, de encontrar a los cientos de amigos de la causa en el estadio. Cerca de dos mil granadinistas se despertaron ayer antes de tiempo con un bocinazo temprano y cruel porque querían soñar, pero soñar despiertos, unas horas más tarde y en el Santiago Bernabéu. Un escenario idóneo. Se plantaron en el estadio tras más de seis horas de eterno viaje, la mayoría en autobús, con la ilusión de un niño, la primera vez de muchos en el templo del Real Madrid. Hubo dos primeros navajazos en el ánimo a los cinco minutos y, sin embargo, los hinchas cantaron 'Granada, ponte de pie' y su equipo les siguió.

Podría hacerse una división de la afición granadinista entre quienes siguen a pies juntillas el catecismo de Diego Martínez y su 'pasito a pasito' y quienes se ven en las alturas y planean. El comentario era inevitable desde primera hora de la mañana en boca de quienes todavía se frotaban los ojos: «Imagina que ganamos en el Santiago Bernabéu y nos quedamos líderes en solitario». Una posibilidad tan tentadora como real que el entrenador del Granada dejó a las puertas del vestuario para mantener uniformados a sus soldados, que hablaban de otro partido en sus vidas como si lo excepcional fuese rutina.

Los seis autobuses que partieron desde Los Cármenes a las siete y media de la mañana devoraban kilómetros y el optimismo seguía presente. «Es que estoy convencido de que vamos a ganar», se justificaban unos y otros, una afirmación, que podría ponerse en boca de la tropa en sí. Los niños, como el pequeño Daniel que llevó sus deberes de Matemáticas, sonreían imaginando que, al igual que ante el Barça apenas catorce días atrás, el equipo de su ciudad volvía a barrer a un gigante como sólo creían posible en la videoconsola. Parecía que no llegaba nunca la parada final en el Santiago Bernabéu y, pese a la intriga, esta llegó justo a tiempo: un millar de granadinistas acompañó a los reclutas rojiblancos a sus entrañas.

Hachazos de realidad

Un sentimiento nazarí en masa trepó por las escalera de caracol de la Torre D del coliseo blanco y una vez colgados sus integrantes como monos en la vertiginosa grada de Chamartín comenzaron a bramar para espolear a los suyos. Tan arriba se vino la afición que Marcos 'Hooligan' ordenó que se respetase el himno madridista que escribió Jabois para sólo entonar el propio en sus últimos acordes, ante las últimas embestidas de los altavoces, para sonar rotundo cuando se hizo el silencio en la ópera madridista. Sonó imponente como se debía dar la bienvenida a los ejércitos. Sonreían, a mi alrededor, granadinistas de bien como Rubén, Migue o Rafa, que no dejaba de comer pipas como si fueran nervios.

Tan alto se volaba, un poco a lo Ícaro, que más rápida pareció que sería la caída. Cien segundos respetó Benzema la felicidad rojiblanca, lo que tardó en batir a Rui Silva. Dice el refranero que las desgracias nunca vienen solas y a los cinco minutos se fue al suelo Montoro, lesionado. «No, no, Montoro no...», rogaba Rafa, sin éxito. En un plis plas el Granada de Diego Martínez se había quedado abajo en el marcador en la casa del Real Madrid y sin cerebro. No es que pintara feo, es que pintaba peor. Las ocasiones se sucedían, a veces de forma disparatada como si andara suelta la mujer barbuda, y sólo Rui Silva sostenía a los suyos, coreado por los miles de granadinistas. «Es que parecemos el equipo de hace unos años en defensa, aunque del centro del campo en adelante ya sea otra cosa», razonaba Migue, venido desde Barcelona. «Salen muy fácil de la presión porque son muy buenos», se resignaba. Para colmo de males, Hazard ampliaba la distancia a segundos del descanso en un visto y no visto.

En la pausa de quince minutos se pudieron ver miradas perdidas y brazos caídos y hasta cruzados. «Pues esto ha sido todo», se respiraba, como si ya se hubiese nadado la piscina entera. Marcos, sin camiseta como siempre y dispuesto a volver al ring, incitaba a los chavales de La Horizontal para que redoblaran los ánimos. Esa moral herida resurgió de nuevo, con gargantas infantiles y descontroladas uniéndose a una comparsa que ya no era tan alegre sino más bien furiosa. «¡Es que nos pitan cualquier contacto!, ¡A ellos, todo!», se quejaba Migue, impotente ante las caídas de Carvajal, Sergio Ramos o Casemiro cuando estos se sentían acosados. Fue precisamente el brasileño quien terminó de calentar los ánimos en su roce con Soldado; hubo quien desde allí apreció cómo Jaime Latre 'se guardó' la amarilla que habría significado la segunda para el medio, disuelta en su teatrillo desde el suelo.

Esa indignación prendió un fuego que tornó casi que en vacile, más todavía tras el golazo de Modric. 'Ser de los que ganan es muy fácil, oh oh, ser del Granada me parece mejor', se cantó con más oportunismo que nunca mientras se coreaban con 'olés' los toques de los granadinistas. A ello siguió el 'Granada, ponte de pie' tan determinante: en cierta forma produjo un despertar rojiblanco y una cierta desconexión madridista que fructificó con el penalti que Carlos Fernández robó a Areola. Y el partido cambió.

Épico acto final

El gol de Darwin Machís desde la pena máxima se celebró con entusiasmo pero también con una ligera sensación de honrilla por quien daba ya el partido por perdido. De nuevo se demostró que hay quien no escucha a Diego Martínez tanto como debería. Sus hombres olieron sangre y miedo y atacaron a los 'galácticos' más débiles, nerviosos entonces como los rojiblancos al principio, luego liberados de toda presión. «Vamos, que sí, que sí», repetía Rubén, que no se lo creyó hasta el segundo de Domingos. Entonces sí, gritos, saltos y abrazos entre conocidos y desconocidos. Lo mágico.

El Santiago Bernabéu adoptó entonces un pedazo de Los Cármenes enfervorizado, inclinando la cancha hacia su lado. La afición granadinista, que ya cambió el partido al ponerse de pie, a punto estuvo de remontarlo. Siguió nadando y murió en la orilla del punto, ahogada sólo ante el gol final de James, de nuevo un golpe cruel. «Orgullosos de nuestros jugadores», se murmuró primero y proclamó después. Fue un gran día, uno fantástico, aunque se perdiera. «Compiten siempre. No se parece a nada que hayamos visto en los últimos años. No se rinden».