La escultora que no sabía que lo era

La granadina Carmen Jiménez recibió ayer la Medalla de Honor de la Academia de Bellas Artes

INÉS GALLASTEGUI IGALLASTEGUI@IDEAL.ESGRANADA.
Carmen Jiménez recibe del presidente de la Academia su Medalla de Honor. :: PABLO JIMÉNEZ/
Carmen Jiménez recibe del presidente de la Academia su Medalla de Honor. :: PABLO JIMÉNEZ

La pintura y escultora Carmen Jiménez Serrano (La Zubia, 1920) recibió ayer la Medalla de Honor de la Academia de Bellas Artes de Granada. No es, ni mucho menos, su primer galardón: tiene las distinciones de las academias de Sevilla y Madrid, las tres medallas del Concurso Nacional de Bellas Artes y el gran premio del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Pero ayer estaba pletórica: «A mi edad no habría aceptado recibir un homenaje en ningún otro sitio, porque soy muy mayor y me está costando. A mi marido le dieron la medalla hace ya años. Yo no la esperaba, así que me ha sentado muy bien y estoy muy contenta», aseguró por la mañana en declaraciones a IDEAL.

Sus comienzos no fueron fáciles y hace apenas un año que murió su esposo, el también escultor Antonio Cano, pero en el largo camino de su vida Carmen Jiménez no se ha dejado ni una pizca de humor y lucidez. Confiesa que, aunque lleva viviendo en Sevilla desde 1947, se siente muy unida a su tierra natal, donde en aquella época no había Escuela de Bellas Artes: «Soy granadina a más no poder».

Después de terminar los ocho cursos de primaria en la mitad de tiempo en el colegio Padre Manjón del Albaicín, Carmen se quedó huérfana a los 11 años y sus tíos la internaron en el colegio Riquelme. Cuatro años «sin salir a la calle ni un día» la sumieron en una grave depresión. Ya libre, empezó a mostrar sus dotes para el dibujo y la pintura en el taller de Navas Parejo, donde trabajaba en la policromía de imágenes religiosas, y en la Escuela de Artes y Oficios. Allí coincidió con el pintor José Guerrero. «Éramos muy amigos porque nos conocíamos desde pequeños: vivíamos uno enfrente del otro. Era de mi quinta y nos fuimos a Madrid al mismo tiempo. Le tenía mucho cariño», recuerda.

La ayuda de Luis Seco de Lucena, fundador de 'El Defensor de Granada', fue determinante para que el Ayuntamiento de La Zubia le concediera una pequeña beca que, junto a su sueldo de profesora particular, le permitió empezar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Madrid, a donde marchó sola en 1940, contra la voluntad de su familia.

El profesor Enrique Pérez Comendador se empeñó en que acudiera a sus clases de Escultura, pero ella se sentía pintora. «En el taller de Navas Parejo me parecía que tallar aquellas figuras era un mundo prohibido, fuera de mis posibilidades. Me resultaba muy duro. Ya en la Escuela, en segundo curso, cada vez que veía a mi maestro de Escultura salía pitando para que no me dijera que fuera a su clase, porque yo estaba muy a gusto con mi pintura», rememora. Sin embargo, aceptó pasarse en el último trimestre a una clase 100% masculina y en el proceso de hacer su propio 'David de Verrocchio' descubrió su vocación. «Mi maestro me dijo: '¿Ha visto usted cómo era escultora y no lo sabía?'».

Mucho trabajo

Siguió cultivando los pinceles, pero se dio cuenta de que pintar era algo que podía hacer en su casa, mientras que manejar grandes volúmenes de madera, barro, escayola o bronce solo era posible en la escuela. Aún hoy, sigue pintando. «La escultura la dejé hace unos años, porque era tremenda, y con mi edad...». Después de jubilarse como catedrática en la Universidad de Sevilla, impartió como emérita cursos de doctorado en Relieves durante más de una década. «Cuando ya me quedé libre, seguí pintando en casa. Pero una se cansa: ya he trabajado muchísimo, muchísimo...».

Se siente especialmente orgullosa de tres de sus obras. La 'Eva' de madera con la que en 1949 ganó por sorpresa el premio del Círculo de Bellas Artes, un galardón al que se aspiraba por invitación entre un número restringido de valiosos pintores y escultores. Una 'Virgen niña' con la que obtuvo la primera medalla del Premio Nacional de Escultura y que aún está en el Ministerio de Cultura. Y 'Juanito', un retrato que le hizo a su hijo mayor dormido en 1948 en la Casa de los Tiros, en cuya azotea techada pasaba la familia las vacaciones invitada por el alcalde Gallego Burín.

Amor y competencia

Compartir su vida con otro artista, asegura, ha sido «enormemente bello». «La verdad es que hemos sido muy felices. Nos hemos ayudado el uno al otro, pero siempre con estudios separados: nunca trabajamos juntos», matiza, descubriendo quizá la clave de casi setenta años de convivencia. Se ríe, traviesa, al recordar que entre ambos existía una sana -pero insoslayable- competencia profesional. «Nos picábamos cuando uno de los dos recibía un premio. Pero hemos tenido una armonía y entre los dos hemos conseguido los premios más importantes. Ha sido muy bonito, bellísimo...», evoca.

Antonio Cano murió en 2009 a los cien años de edad, pero llevaba seis «yéndose». No hubo oportunidad de hablar de su legado. «Era muy doloroso», afirma su viuda. Ella tardó un año en poder entrar al estudio de su marido en el barrio de los Remedios de Sevilla y, cuando lo hizo, descubrió que estaba «lleno de una obra maravillosa».

Eso, y su propia colección, también nutrida, que atesora en su estudio de Dos Hermanas, se han convertido en un motivo de preocupación. «Tenemos un legado que no hay por donde cogerlo: por una parte mi marido y por otra, yo, tenemos una cantidad de obra... Me agobia mucho, porque ¿qué va a ser de todo eso?», se pregunta.

Carmen Jiménez no sabía que la colección de su amigo de juventud José Guerrero estaba a punto de marcharse de la ciudad, pero cree comprender lo que ha pasado. «Es que cuando el artista muere, es todo muy difícil, muy complejo. Los políticos están en el poder equis tiempo, pero cuando se va uno, llega otro al que a lo mejor el arte no le interesa», aventura.

Hoy por hoy, su relación con las instituciones de Granada es fluida. Hay dos exposiciones de Antonio Cano en marcha y ella ha ofrecido varias de sus propias esculturas al Ayuntamiento.

Fotos

Vídeos