Los campos de concentración franquistas de Granada

Miembros del ejército republicano, destinados en la jefatura de Sanidad, en Baza./C.M
Miembros del ejército republicano, destinados en la jefatura de Sanidad, en Baza. / C.M

Cerca de 43.700 reclusos pasaron por estos espacios de represión y trabajos forzados de la provincia

PILAR GARCÍA-TREVIJANOGranada

«Mi padre sufrió una doble humillación. Era un ingeniero republicano, formó parte del ejército y estaba destinado en Baza cuando Granada cayó en manos de los nacionalistas. Primero, perdió la guerra, fue arrestado y llevado a un campo de concentración en Armilla. Después, tuvo que someterse y pedirle a mi abuela que reuniera avales políticos para poder salir de allí con vida», explica Carmen Menéndez, hija de un miliciano barcelonés superviviente de la Guerra Civil. Los hijos y nietos de los represaliados no quieren, ni pueden, olvidar. Son pocas las huellas, documentos rastreables y las víctimas con vida que puedan arrojar algo de luz sobre uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente de España. Los gulags y campos de exterminio no fueron exclusivos de la URSS y de la Alemania nazi. Las plazas de toros de Baza y Granada, la fábrica de esparto de Benalúa, la azucarera de San Torcuato en Guadix, el antiguo hipódromo de Armilla, la azucarera el Ingenio en Motril, la Casa Grande de Padul, así como varios cortijos desconocidos en Búcor, Pinos Puente, Caparacena, Caniles o Fuente Agria fueron el «infierno personal» y los «templos del hambre, tortura, enfermedades y muerte», según el periodista Carlos Hérnandez, de al menos 43.700 prisioneros republicanos en Granada.

Reclusos como Fernando Menéndez, cartógrafo y constructor del ejército nacido en 1914 y fallecido en 2005, a la edad de 91 años. Fue entonces, tras su fallecimiento, cuando su hija Carmen encontró una carpeta llena de crónicas de la época, postales de la República, fotos y misivas enviadas a su abuela desde el campo de concentración de Armilla. Carmen, de 60 años, sabía que su progenitor estuvo destinado en Madrid y Baza durante la guerra, pero desconocía que fue uno de los sometidos en los centros penitenciarios de reeducación del régimen. «Nos contó alguna batallita de la guerra, pero mi hermano y yo le interrumpíamos. Éramos jóvenes y le decíamos: ¿Ya estás otra vez con la guerra», recuerda. «Guardó mucho tiempo silencio y tenía miedo incluso en democracia. Le silenciaron dos veces: durante la dictadura y más tarde su familia cuando se atrevió a hablar. No sabes cuánto me arrepiento ahora», lamenta la mujer, que urge a recuperar las historias de todas las víctimas del franquismo antes de que fallezcan y queden aún más interrogantes por despejar.

Fernando pasó diez meses en Baza hasta que el 28 de marzo, día de la rendición y del que se cumple hoy el 80 aniversario, supo que la guerra había terminado y cruzó los dedos, preocupado por cuál iba a ser su destino y el de los once compañeros milicianos que le acompañaban en la jefatura de Sanidad. Muchos de sus nombres se han olvidado; sin embargo, Fernando mantuvo contacto con algunos de los que salieron con vida. Cuando el bando de Franco entró en Baza, los recluyeron en la plaza de toros para clasificarlos y mandarlos a su destino definitivo: el paredón u otras prisiones en la provincia. Los días que pasaron allí estuvieron marcados por el estruendo de los fusiles y las continuas purgas de presos políticos. El barcelonés temió por su vida, pero fue trasladado al antiguo hipódromo de Armilla, que se convirtió en un campo de trabajos forzados improvisado. Allí, y bajo el control exhaustivo de los verdugos, el joven, que gozaba de 22 años, se comunicó con su madre para que le mandara «urgentemente un aval político consistente en un documento firmado por una persona de confianza del régimen nacionalista». Así detalló el ingeniero en una de sus cartas, con fecha del 5 de abril del año 1939, el proceso para dejar atrás el campo. En las misivas, pedía a su madre que contactara también con las familias de sus compañeros. El ingeniero utilizaba expresiones como «arriba España» para aturdir a los censores, ya que las cartas eran revisadas antes de llegar a su destinatario.

Varios meses después, Fernando regresó a Barcelona para recuperar su antigua vida, aunque no la normalidad. Además de él, por el antiguo hipódromo de Armilla pasaron cerca de 4.000 prisioneros, según detalla Carlos Hernández, periodista y autor de la investigación 'Los campos de concentración de Franco. Sometimiento, torturas, y muerte tras la alambrada'. El hipódromo fue un campo estable que estuvo operativo al menos durante abril y mayo de 1939. En los tres años que Hernández dedicó al estudio y la elaboración del mapa de la represión franquista en España no consiguió encontrar la orden de cierre del campo por la destrucción de archivos en la dictadura.

En la plaza de toros de Baza, que sigue en pie, hace 80 años, coincidiendo con el fin de la guerra, se habilitó de forma provisional un campo de concentración en sus instalaciones. El mismo procedimiento se llevó a cabo en un recinto del municipio vecino de Caniles. Ambos lugares se utilizaron, al menos, durante abril y mayo de 1939 y en ellos se llegó a reunir a más de 3.000 prisioneros.

Cerrar heridas

Otros 5.000 prisioneros pasaron por la fábrica de esparto de Benalúa de Guadix, conocida como La Espartera, y la azucarera de San Torcuato en la vecina localidad de Guadix que, muy pronto, pasaría a ser prisión de partido y se conformó como un campo estable. Ambos edificios están ahora en ruinas. Caparacena es otro de los puntos de la represión. Hay constancia documental en los archivos militares de que hubo un campo estable. La ubicación se desconoce, pero congregó alrededor de 2.500 prisioneros.

También la capital albergó varias prisiones, inicialmente en el Gobierno Militar, situado en la Facultad de Derecho y en otros edificios de la ciudad, aunque el campo definitivo se habilitó en la vieja plaza de toros, con un apéndice en los locales de La Campana, junto a la antigua cárcel provincial. Según la prensa del Movimiento, llegó a albergar a 20.000 prisioneros. La Plaza Vieja, denominada como del Triunfo o La Chata, fue demolida en 1948 y hoy su lugar lo ocupan los jardines del Triunfo. La antigua fábrica de azúcar motrileña 'El Ingenio' fue una prisión que reunió a 3.700 reclusos. Del edificio no se conservan ni los cimientos. En Padul, el palacete conocido como La Casa Grande, albergó prisioneros desde finales del 36, como campo oficial congregó en su momento álgido a 2.000 reos. Por último, de acuerdo con Hernández, en Pinos Puente hubo dos centros de confinamiento de los que se desconoce su ubicación exacta. Uno en la propia localidad y otro en la zona de Búcor. Entre ambos sumaron cerca de 3.500 reos. Más tarde, se fusionaron en uno solo.

Alejados de los núcleos urbanos

El periodista apunta que el grueso de los centros desapareció a finales del año 39 para dar una imagen «más amable» del régimen de cara a las democracias occidentales, aunque señala que se continuó con los trabajos forzados. La estrategia, tal y como explica el autor, se fraguó meses antes del levantamiento militar con el objetivo de suscitar miedo entre los apoyos del gobierno legítimo. El ejército de los sublevados tenía directrices para crear campos de concentración alejados de los núcleos urbanos. En Granada, la mayoría de los campos se usaron para clasificar prisioneros y algunos de ellos fueron centros de trabajo esclavo, como la prisión de Padul en la que los militares vascos apresados construyeron la conocida vereda de los Gudaris. El profesor y presidente de la Asociación de Memoria Histórica, Rafael Gil Bracero, apoya el planteamiento: «En el verano de 1936 se fundó un sistema esclavista que se fue perfeccionando hasta alcanzar su máxima expresión con la creación del Patronato Nacional para la Redención de Penas por el Trabajo (PRPT)», manifiesta. «Terror» que culminó durante la dictadura con el centenar de fosas comunes que registra la asociación sólo en Granada. Por su parte, a las mujeres de «dudosa moralidad» se las trasladaba a reformatorios y conventos católicos.

Además de los lugares de tortura detallados en la investigación, la Asociación de Memoria Histórica señala un campo adicional en Padul, Fuente Agria y La Campana en la capital. En el resto de España, hubo 300 campos y Andalucía encabeza el ránking con 52. «No es abrir heridas, sino cerrarlas». «Entiendo que en la Transición no se recuperara la historia real, pero ya es hora. No entiendo que no se hiciera con la llegada del primer gobierno socialista«, lamenta. «Contar la verdad con todas sus aristas es el único homenaje que necesitan las víctimas. Mi libro es sólo el principio«, concluye Hernández.