Así está el pueblo minero de Alquife tras treinta años de abandono

Un trabajador observa un aula abandonada en Alquife./PEPE MARÍN
Un trabajador observa un aula abandonada en Alquife. / PEPE MARÍN

300 familias llegaron a residir en el poblado de la mina de Alquife, con barrio rico y barrio obrero; se marcharon en los noventa con la crisis del petróleo

Quico Chirino
QUICO CHIRINOGRANADA

La mina de Alquife tiene algo –bastante– de planeta abandonado. Si Marte estuvo alguna vez habitado en tiempos lejanos quizás fuera algo parecido. Todo es rojo salvo un edificio reformado y que hace las veces de oficinas. En el exterior, dos cabras montesas trepan unos de los muros para esquivar la presencia humana. Es como si hace treinta años hubiese caído un meteorito pero, en esta ocasión, se hubiesen extinguido las personas y sobrevivido los animales.

La última casa dejó de estar habitada en 1996, junto al jardín de infancia. Cerca de la vivienda 341 se oxida el cuadro de una bicicleta BH con la que algún crío emulara a Álvaro Pino. Se han llevado las ruedas y hasta la cadena que unía el piñón con el plato.

El cuadro de una vieja bicicleta abandonada.
El cuadro de una vieja bicicleta abandonada. / P. M:

En el poblado llegaron a residir 300 familias pero con la crisis del petróleo todas se fueron marchando. Algunas se largaron en estampida y dejaron en sus viviendas hasta las vajillas. A la entrada de las casas un cartel alerta del peligro de desprendimiento; se percibe a simple vista que los ladrillos se sostienen en vilo. Dentro, un habitáculo donde la basura permite tomar noción del tiempo: una botella de refresco de un litro lleva la fecha de envasado de 1988.

Nada más acceder, a la izquierda, se conserva el viejo colegio –también había dos guarderías–, que se pretende convertir en un centro de interpretación con museo. A pocos metros se encuentra la capilla, coronada con una ventanal con seis cristales rotos. En el armario de la entrada se guardan tres frascos para agua bendita y dos rosas de plástico. Sobre el altar hay una botella de vino de celebración Turis y el confesionario lo cruza una tela de araña. En un futuro será una sala multiusos.

–Si subís, hacedlo de uno en uno –alerta el guía de la expedición a quienes quieren acceder a la parte del coro.

La escalera merecería que rezaran por ella algún Padre Nuestro.

Restos en la ermita del poblado. / P. M.

Hasta que la actual propietaria valló la mina en 2014, el poblado fue pasto de expolios. Algunos, promovidos por sus anteriores dueños. De las viviendas desmontaron 250.000 tejas árabes con la intención de venderlas, que ahora están apiladas a la intemperie. En el antiguo economato se guardan colchones de un hospital que alguien adquirió para después hacer negocio con ellos. No le salió rentable.

La memoria de las minas de Alquife

El recorrido todavía no ha abandonado el barrio pobre. Allí tenían su club los obreros. Los últimos que se acodaron en la barra dejaron una revista del corazón donde se anuncia que Chusa y Fran Rivera protagonizan el romance del verano del 96.

En el barrio rico está la casa de dirección, donde vivía la propiedad. Las hierbas se abren paso por el cemento de la pista de tenis al fondo de la parcela, que estaba dotaba de iluminación. Andando se puede llegar hasta el club de ingenieros, donde hay 18 taquillas reservadas: la mitad para las pertenencias de los parroquianos asiduos y nueve para botellas de alcohol nominales, como si nadie se fiara del güisqui del compañero. La chimenea del salón de quedó cargada a expensas de que alguien prendiera la lumbre.

La mina tuvo tecnología innovadora en los ochenta, hoy convertida en chatarra que se va a desmantelar. En la planta de separación magnética que aún se mantiene en pie se podría rodar el final de una película de kárate. En el centro de control de los monitores de televisión tan sólo queda la caja y aún persiste el libro apuntes con los últimos días de faena.

Se conservan muestras de más de dos mil sondeos.
Se conservan muestras de más de dos mil sondeos. / P. M.

Hay cosas que, por suerte, se libraron del saqueo. Los vándalos no repararon, en realidad, en lo más valioso: Compañía Andaluza de Minas dejó muestras de más de dos mil sondeos, a una profundidad de hasta 200 metros. Los trozos de minerales se guardan en una nave ordenados como si se tratara de una bodega. Piedra en lugar de vino. Lo que se hace ahora es comprobar si lo que marcan esos testigos se corresponde con lo que hay en la mina.

Un planeta que vuelve a estar habitado tras la estampida.