Entre diosas, momios y el papel de los museos

Perfil de Astarté y su león alado./
Perfil de Astarté y su león alado.

Les contaba ayer, mientras emulábamos a Indiana Jones en nuestras peripecias arqueológicas por Orce y Galera, que teníamos que hablar de dos piezas singulares: una diosa y una momia. Si les parece, empezamos por la divinidad y, después, descendemos cuestiones más terrenales

JESÚS LENSGranada

Astarté. ¿Les suena? Les confieso que a mí, hasta hace unos días, apenas nada. ¿A que es un nombre bonito y sonoro? As-tar-té... Me gusta tanto que me he convertido en su fiel devoto, artísticamente hablando. Astarté es el nombre que recibe una deidad fenicia vinculada al culto a la naturaleza y a la vida. Diosa de la fertilidad y, por tanto, relacionada con el amor espiritual... y con los placeres de la carne.

Astarté. Pronúncienlo en voz alta. ¿Qué nombres más cercanos les evoca? Posiblemente Esther. Y Estrella. Que Astarté es una derivación de una de las grandes deidades mesopotámicas: la mítica Ishtar.

Verano de 1916. Un runrún recorre las calles de Galera. Una joven de la localidad ha soñado que, cerca de su casa, en el Cerro del Real, hay un tesoro. Y lo ha soñado durante tres noches seguidas, requisito imprescindible para que un sueño se haga realidad, como todo el mundo sabe. Se lo cuenta a su familia, de extracción muy humilde, y se lanzan a una búsqueda que comienza a deparar resultados muy tempranos: cerámicas, vasijas, restos romanos y otra cacharrería por el estilo.

Los vecinos, contagiados por una especie de fiebre del oro, se lanzan a excavar en busca del supuesto tesoro, ampliando el radio de acción al otro lado del río, donde se halla una enorme extensión de enterramientos de origen ibérico: Tútugi.

Es tal el revuelo que se monta en la zona que las noticias vuelan hasta Huéscar, donde se encuentra el farmacéutico Federico de Motos, un gran aficionado a la arqueología, estudiando unas pinturas rupestres. Acude a Galera, ve los restos que están apareciendo a ambos lados del río y solicita los permisos necesarios para organizar las excavaciones, aunque la gente sigue buscando y desenterrando por su cuenta. Y es un grupo de estos aficionados el que da con Astarté, la Diosa o Dama de Galera, en el enterramiento de alguien que debió ser bien rico y poderoso, dado lo espectacular del ajuar funerario que descansaba junto a él.

En mayo de 1917, aparece por Galera un extranjero que, por cuenta del célebre arqueólogo belga Luis Siret, no deja de remover cielo y tierra hasta conseguir que los descubridores de la Dama de Galera le vendan la pieza, tras señalar que trabajaban para él en un contrato de compraventa de lo más sospechoso. La estatuilla de alabastro se tasa en la nada desdeñable cantidad de... 175 pesetas. ¡Por 1 euro -de la época- el belga se hizo con uno de los grandes tesoros arqueológicos de Granada! Menos mal que, al final de su vida, Luis Siret donó la figura al Museo Arqueológico Nacional, donde ahora mismo está expuesta.

La reproducción que hay en el Museo de Galera, de excelente factura, muestra a la Diosa con cabeza y pechos perforados y un gran cuenco en sus manos. Es una celebración de la vida y de la fecundidad, de la entrega y la generosidad de la naturaleza.

Raúl, uno de los responsables del Museo, nos explica con todo lujo de detalles tanto la historia de la Dama como la de la famosa Momia de Galera, hallada en uno de los túmulos de Castellón Alto. Impresionan esos restos. ¡Vaya si impresionan!

Por haces del destino, la tumba en que fueron enterrados un padre y su hijo quedó herméticamente sellada. De ahí que parte de los restos conserven materia orgánica perfectamente visible. ¿Por qué sabemos que es un hombre? Raúl es uno de esos guías que no se limitan a ceñirse a un guion preparado, sino que gustan de preguntar a la gente, de espolear su curiosidad y su capacidad de observación. Y, efectivamente, más allá de las pruebas forenses... ¡la momia tiene barba! Además de una lustrosa trenza, perfectamente conservada. Y sus anillos. Y ese hacha de bronce con su mango de madera, que ha resistido el paso del tiempo.

Un museo puede ser un espacio muerto, por repleto que esté de cuadros, esculturas y obras artísticas de lo más diverso; o puede ser un lugar vivo y apasionante, repleto de tensión. Por ejemplo, si te encuentras con personas como Raúl, un entusiasta arqueólogo que transmite una desbordante pasión a la hora de compartir sus vastos e ingentes conocimientos.

Nos habla de la cultura del Argar, de la Edad de Bronce, de los enterramientos y de la sociedad de la época. Nos cuenta anécdotas sobre las excavaciones y sobre la trayectoria de determinadas piezas singulares. Y lo hace desde el máximo rigor científico, a través de un lenguaje claro y accesible. Como si nos estuviera contando una película.

Cuando estamos a punto de despedirnos, una pregunta comprometida: ¿volverá alguna vez de la Dama de Galera a «su» museo? Y una respuesta tan sincera como inteligente: podría ser. Pero también es cierto que, en el Museo Arqueológico Nacional, desempeña un papel formativo básico, expuesta junto a otras importantes piezas halladas en esta y otras zonas cercanas.

De hecho, tal y como nos cuenta Raúl, cada vez vienen más grupos al norte de la provincia de Granada, a visitar los lugares arqueológicos donde se encontraron las piezas conservadas en el Museo Arqueológico. Gente muy interesada por la cultura íbera, de tan bien contada y expuesta que está en Madrid.

Mi Cuate Pepe y yo salimos encantados del Museo de Galera. Eso sí, se ha hecho tarde, ha caído la noche y nos cuesta trabajo orientarnos a la hora de encontrar el camino a la Cueva de Don Pablo, a las afueras de Orce. Esta noche dormimos en plan rupestre: en el interior de la montaña horadada y al fresco de la roca viva. Ni aire acondicionado ni puñetas. Para dormir al fresco, una buena casa cueva. Y mañana... ¡a Castril!