Castril: entre peñas y pasarelas, la madre del cordero

El Sagrado Corazón, en lo alto de la Peña de Castril./JESÚS LENS
El Sagrado Corazón, en lo alto de la Peña de Castril. / JESÚS LENS

Nos despertamos temprano. O no. Imposible saberlo, que para algo hemos dormido en una cueva, resguardados del calor inclemente del verano. Con la sensación del oso que sale de su hibernación, nos asomamos al exterior de la roca horadada y volvemos a entrar, corriendo, en busca de unas gafas oscuras. El sol, todavía bajo, ya deslumbra con fuerza.

JESÚS LENS

Ultimamos el petate y mi Cuate y yo salimos hacia Castril, en busca de parajes naturales y del fresco del río. El cuerpo nos pide seguir buceando entre los vestigios arqueológicos de la zona, por Baza, Gorafe y alrededores, pero es hora de cambiar de tercio y dedicar una jornada a la naturaleza viva.

¡Qué soberbia estampa, desde la carretera, la de Castril de la Peña! Estuve aquí hace muchos años y ya no me acordaba de lo espectacularmente bonito del entorno: el pueblo abajo, con las casas arracimadas en torno a las calles más estrechas, y los señoriales restos del castillo en todo lo alto, presididos por la escultura del Cristo del Sagrado Corazón. Cuando estén arriba, no dejen de situarse bajo la enorme y divina figura, cuyas grandes manazas extendidas brindan protección... y sombra. Un Cristo que fue alcanzado por un rayo en los años 60 del pasado siglo, pero que ya se encuentra completamente restaurado.

Subir a la Peña de Castril tiene su aquel, que la cuesta es empinada. Mejor no zigzaguearla a mediodía, créanme. Menos mal que nuestra guía, Paloma, con su buen hacer, su simpatía y su desparpajo consigue que nos olvidemos del sol y del calor mientras nos cuenta la historia del castillo, nos describe las diferentes partes que visitamos... y narra infinidad de anécdotas sobre el entorno, el pueblo y sus gentes. ¡Qué lujo, esa gente joven y entusiasta que vibra con su trabajo! Como Amalia, la responsable de la Oficina de Turismo, que se desvive por ofrecer mil y una opciones para disfrutar del entorno a todo el que le pregunta, adaptándose a sus intereses, aficiones y necesidades.

Lo que más me impresiona del castillo de Castril es cómo se utiliza lo abrupto y escarpado del lugar como elemento defensivo. La mezcla de la naturaleza y la mano del hombre en un perfecto ejemplo de adaptación del ingenio humano al entorno. Y es que, para defenderse de un enemigo particularmente hostil, no hay mejor muro que un vertiginoso tajo. El concepto de inconquistable, en Castril, alcanza una nueva dimensión.

No es de extrañar, por tanto, que la rendición de este castillo fuera tan deseada en los tiempos de la Reconquista: Alhamar le concedió enorme importancia estratégica y fió la suerte de su reino a su defensa. Pero el empuje de los Reyes Católicos ya resultaba imparable y la plaza terminó cayendo en 1488, cuando los musulmanes hicieron entrega del lugar a Don Hernando de Zafra, un diplomático con buena cabeza y mejores artes negociadoras. Así consiguió la entrega pacífica de varias plazas, evitando que fueran pasadas a sangre y fuego.

Aunque los primeros asentamientos en la zona del castillo y de la cuenca del río provienen del neolítico y está documentado que los romanos establecieron aquí un campamento permanente -los llamados castros, cuya etimología se emparenta con la actual Castril- quedémonos con un detalle citado por Al-Zuhri, geógrafo granadino: «Una piedra plana de la que brota agua suficiente para mover ocho molinos».

Y es que, en Castril, el agua es uno de los elementos esenciales de su configuración. Sus maravillosas fuentes, por ejemplo. O las ya famosas pasarelas sobre el río homónimo, convertidas en todo un recurso turístico de primer orden. Un recurso muy explotado, eso sí, que el lugar rebosa de gente. Especialmente orientadas a familias con niños, caminar por las pasarelas es una ocasión de lujo para asomarles a los puentes de madera y a los siempre excitantes puentes colgantes; además de disfrutar de bonitas vistas del río en un paseo tan corto como agradable.

Para los amantes de la naturaleza con ganas de hacer más deporte, busquen los senderos del nacimiento del río Castril y la Cerrada de la Magdalena como rutas iniciales para descubrir uno de los parques naturales más especiales de Granada. Y no dejen de mirar al cielo. Los buitres son muy fáciles de localizar -quizá, al vernos subir a lo alto del castillo bajo el tórrido sol de mediodía, esperaban darse un festín y por eso volaban tan bajo- y es uno de los pocos lugares en los que podemos encontrar al majestuoso y elegante quebrantahuesos, reintroducido con éxito en la zona hace unos años.

Dado que el paseo por las pasarelas nos sabe a poco y adentrarnos en el interior del Parque no entra en nuestros planes, mi Cuate y yo decidimos rematar este 'On the road' por el norte de la provincia de Granada practicando una actividad de poco riesgo y mucho gusto: el Eating.

Por una vez habíamos sido previsores, dejando encargados sendos codillos de cordero en La Fuente. Cordero segureño certificado. ¡Rico, rico! Los empujamos con un soberbio vino ecológico de la zona: Cortijo de Anagil. Y de postre, un mistela casero.

Y es que apenas hemos hablado de la dimensión gastronómica de la zona. Quizá porque, en la patria del cordero segureño, nos hemos aplicado bien a su degustación: un día cenamos chuletillas, al día siguiente almorzamos chuletas y, como remate, el codillo. Nos ha faltado zamparnos una lata, pero todo se andará.

A destacar la fritaílla de carne, con su tomate y su pimiento, y un trampantojo de papas 'aliñás' con salsa de ajo que parecía un perfecto postre de melocotones en almíbar con helado de natachoc.

Con estas sorpresas gastronómicas termina un excitante periplo por una región de Granada a la que no tardaremos en volver, que nos falta mucho y muy bueno por descubrir. Eso sí: para no desengancharnos abruptamente de la zona, la siguiente parada de este Verano en Bermudas la haremos en la conocida Casa de Castril, a orillas del Darro, en la capital. ¿Se vienen?

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