El paraíso interior se encuentra en Vegas del Genil

Las hojas de tabaco crecen aún en la Vega granadina./
Las hojas de tabaco crecen aún en la Vega granadina.

Agosto profundo. Cae la noche. Nos encontramos en un lugar de la Vega de cuyo nombre luego hablaremos. No llevamos allí ni cinco minutos cuando surge la pregunta: ¿nos metemos dentro? Más que fresco, hace frío. Carolina, que es del terruño y sabía a lo que venía, se arrebuja bajo su chal. Se ríe de mi Cuate Pepe y de mí. No lo dice en voz alta, pero piensa que somos unos pringaos. Unos novatos. Unos advenedizos. Porque si sales a tomar unas cervezas, de noche y junto a los maizales, es conveniente llevar chal. O rebeca. O saquito. O sudadera. Eso, o pensar el meterte dentro... ¡en pleno agosto!

JESÚS LENSGRANADA

«Es agua y vida, es Vega y verde. Paseo por nuestras huertas donde mi memoria retiene espejismos maquillados por fragmentos de retazos que envuelven a nuestra fértil vega: choperas y secaderos, maíz y tabaco, siembra y lucha, camino y sendero». Estas palabras pertenecen a Elisabeth Martínez y forman parte de su prólogo al libro 'Senderos e Historias por la Vega de Granada. 100 kilómetros de pueblo en pueblo', de Agustín Gil. El ejemplar que maneja Eli se nota traqueteado. No es de extrañar: esta mañana vuelve a cumplir su función como guía de viajes.

Ya es noche cerrada. Hemos aguantado en la terraza del Chavarinillo como unos campeones. Carolina me vuelve a reconvenir: «Es el Charavinillo. De echar-un-vinillo». Como el Alcalá que nos terminaremos metiendo entre pecho y espalda, un rosado que entra como el agua. Los grillos se han enseñoreado de la noche y, aunque hay varias mesas ocupadas, todos hablamos en un tono tan bajo, casi susurrando, que no parece que estemos en España. O eso, o todas las mesas están ocupadas por serios y circunspectos conspiradores...

Aunque hace sol, todavía no pega la calor. Pasamos por la Biblioteca de Vegas del Genil para reunirnos con Victoria. Me gusta que la biblio sea el kilómetro 0 de una ruta que no tarda en conducirnos a las afueras de Purchil: antes de darnos cuenta, ya estamos frente al Mojón que marcaba el lugar en que se cruzaban tres de los ríos que riegan Vegas: el Genil, el Dílar y el Beiro. Mojón que no estaría mal resituar donde le corresponde. Un poco después cruzamos sobre el Puente Francés del siglo XIX que marca la frontera con Granada y nos adentramos en las fértiles tierras de la Vega, un paraíso natural que tenemos a tiro de piedra y que no deberíamos cansarnos de reivindicar, defender y transitar.

Antes del vino nos tomamos unas Milnos, disfrutando de las ricas tapas que ponen en el Charavinillo. Que ya es ingenio bautizar con ese nombre a un garito radicado en el Cortijo de Chavarino. «Típico cortijo andaluz de sólidos muros de carga en adobe, estructura regular, ventanas de madera enrejadas y altos techos, a dos aguas, con teja de barro». Así aparece oficialmente catalogado, pero más allá de la fría y ajustada descripción, se trata de un lugar con alma, fuerza y personalidad. Ya no sopla la brisa y conseguimos que la vela, única iluminación más allá de la luz de la luna, permanezca encendida sobre la mesa mientras damos buena cuenta de los sabrosos embutidos caseros y de una estupenda ventresca.

Eli y Victoria me conducen a lo largo de la Ruta de las Alquerías. No haremos sus 12,5 kilómetros, pero no dejamos de recorrer caminos que discurren entre los altos y verdes maizales y los secaderos de tabaco cuyas fantasmagóricas estructuras -con las sogas para las hojas todavía colgando- recuerdan tiempos mejores. Impresiona entrar en ellos y disfrutar con los juegos de luz que el sol se permite en su interior. Cambian las costumbres, cambian las modas y el cultivo de tabaco, tras años y años como sostén de la economía vegueña, se ha convertido en residual. Antonio José Romero, agricultor, se muestra apenado y presiente la desaparición de los secaderos, que los jóvenes no están interesados en la agricultura. Es un sector complicado que está muy mal: después de dejar el tabaco, mucha gente se metió en el espárrago, pero hay ya tanto cultivado que apenas deja beneficios.

La protección de la Vega. Ese mantra. Esa letanía. Hablamos mucho de ello con Carolina. Sentados en mitad del vergel, escuchando los sonidos de la noche y disfrutando de su frescor... ¡el paraíso tenía que ser algo muy parecido a esto, insisto! Un paraíso productivo, además. Porque la protección de la naturaleza no está reñida con la actividad humana. ¡Recuerden el ejemplo de los jardines nazaríes, con su parte ornamental conviviendo con las huertas y los árboles frutales! Y el agua de las acequias, la nervadura que les confiere el alimento necesario para que la tierra siga siendo feraz.

O los cortijos como el de San Antón, una joya a la que llegamos tras disfrutar de la sombra que nos brindan los 23 cipreses que Rafael Dolz plantó para celebrar el cumpleaños de su hija Blanca, en 1941. Un ciprés por año cumplido que hoy dan gusto ver. Y están las choperas. El otro elemento diferencial de la Vega de Granada y que le confiere al paisaje su especial singularidad. Entramos en el Centro de Interpretación de la Vega, un imponente secadero rehabilitado y reconvertido en espacio expositivo y cultural. Un espacio esencial para conocer los secretos de una forma de vida milenaria que necesita adaptarse a los desafíos del siglo XXI sin perder sus raíces. Es la forma de proteger la Vega, ese mantra; esa letanía...

¿Les he dicho que, a primera hora de la mañana, pasamos por el Charavinillo, en nuestro deambular? Todavía creo escuchar el eco de nuestra conversación de unas noches atrás: vega, vida, belleza, valor, defensa, protección... Eli y Carolina son dos entusiastas concejalas de Vegas del Genil. Aman su tierra y, gracias a su entusiasmo, trabajo y devoción, nos descubren que el paraíso, como la belleza, está en el interior.