El Padul, entre el humedal y el mamut

El sol empieza a despuntar entre juncos y carrizos en el humedal de El Padul. /J.L.
El sol empieza a despuntar entre juncos y carrizos en el humedal de El Padul. / J.L.

Justo antes de que rompiera el amanecer, me decía para mis adentros que debía haber echado una rebequilla, por muy agosto que sea. O una sudadera, que pega más: estamos en las lagunas del Padul y Alfonso camina con paso decidido, en camiseta de manga corta, sin dar muestra alguna de frío. Opto por callar, apretar los dientes y seguir adelante por la pasarela de madera que nos conduce entre carrizos, juncos y demás plantas ribereñas; a la espera de que salga el sol

JESÚS LENS

Hace unas semanas participé en el proyecto #Aunahorade, impulsado por la Red Guadalinfo. Cerca de medio centenar de blogueros, instagramers y tuiteros anduvimos por nuestra provincia, descubriendo diferentes espacios. Uno de los pueblos que visitamos fue El Padul. Caminamos un rato por sus humedales, a media tarde. Pero éramos tanta gente y la hora era tan complicada que resultó imposible ver ni un solo ave. Se me quedó la espinita clavada y hoy vengo dispuesto a sacármela.

Alfonso Márquez es un gran aficionado a la ornitología. Y un gran amigo, que no hay mucha gente dispuesta a levantarse a las 6 am para ir a ver pájaros. Me da unos buenos prismáticos, comprueba que lleva su guía en la mochila y comenzamos el camino, justo cuando un gallo comienza a cantar.

Dos horas después hemos visto fochas, pollas de agua, algún pato dándose a la fuga tan rápido que su identificación resultó imposible y, sobre todo, un par de garzas, una imperial y otra real. Adoro las garzas. Son tan zancudamente destartaladas que tienen algo de cubista. Disfrutamos viéndolas estirar sus largos cuellos, en lontananza. Se recrean en la suerte y, de vez en cuando, hacen cortos vuelos de planeo y diversión.

Cualquier ornitólogo les dirá que el resultado de esta expedición al humedal de El Padul ha sido magro, pobre y escaso. Y es cierto. Pero estamos en una época pésima para el avistamiento de aves. Los carrizos están tan altos que casi entran por las ventanas de las cabañas de observación, invadiéndolo todo. Y las especies migratorias todavía disfrutan del cálido clima norteño, antes de emigrar y bajarse al moro.

Sin embargo, la experiencia ha sido deliciosa. Primero, porque Alfonso es un tipazo. Después, porque más allá de las piezas cobradas, ópticamente hablando, disfrutar del amanecer desde el corazón de la naturaleza y a tan solo 20 minutos de Puerta Real, no tiene precio.

La luz abriéndose paso a través de las tinieblas de la noche, los primeros rayos de sol, el despertar de la naturaleza dormida... Momentos que me recuerdan a mi niñez, cuando venía con Agnadén a las turberas del Padul y aprendí a conocer y a amar la naturaleza. Porque se ama, más y mejor, lo que se conoce.

Los recuerdos vienen en cascada, desde las quebradas de Colomera, los baños en el río Dílar, la subida al Corazón de la Sandía... ¡Aquella ocasión en que encontramos un gallipato, una especie de tritón que más parece un dibujo animado que un ser real! Descubrimientos, sensaciones, impresiones. Momentos. La vida son momentos...

Antes de dejar el humedal, Alfonso y yo quedamos compinchados para buscar el águila pescadora, el próximo invierno. Que son difíciles de ver, pero que haberlas, haylas.

El recorrido por las Lagunas del Padul se puede iniciar desde el Aula de Naturaleza que hay antes de llegar al pueblo o desde el propio Ayuntamiento. De allí parten un par de rutas, bautizadas como Mamut y Tigre de Dientes de Sable. Una iniciativa muy inteligente por parte del consistorio paduleño.

Tal y como nos contó su concejala de Turismo durante la cita de #Aunahorade, El Padul es un pueblo con mucha tradición empresarial relacionada con la construcción, por lo que la Crisis se cebó especialmente con él. Un día, tomando una caña en la barra de un bar, alguien le recordó al alcalde el hallazgo, años antes, de unos restos de mamut. Y, como tantas veces ocurre al calor de una buena cerveza, al regidor se le encendió la lucecita: ¿Y si...?

Hoy, El Padul ha convertido al mamut en santo y seña del pueblo, en su imagen más reconocible, en un reclamo que atrae a gente de todas partes. Las grandes esculturas que hay frente al Ayuntamiento y en el Aula de Naturaleza, de tamaño natural, buscan al turismo familiar y animan a los pequeños de la casa a hacer rutas por la naturaleza de una forma alegre y distendida: no es lo mismo caminar un par de horas mirando patos que rastrear la huella de los animales prehistóricos que protagonizan la saga de 'Ice Age', ¿no les parece?

Eso sí: una vez conseguido el éxito del reclamo -El Padul puede presumir desde un tan afamado como temido trail de montaña hasta una cerveza artesanal bajo el paraguas del mamut- el auténtico reto es darle contenido y continuidad. Para ello, el Centro de Interpretación en que trabaja el Consistorio es imprescindible para dotar de sentido técnico, científico e histórico a la figura del mítico animal prehistórico.

Mientras, los paduleños pueden presumir de un lavadero exquisitamente conservado y cuya céntrica localización hace que, todavía hoy, sea punto de encuentro para los vecinos de la localidad. También, de una agenda cultural muy animada y de varias empresas especializadas en el pujante turismo gastronómico, desde la quesería artesanal Los Teatinos, cuyos quesos de cabra son una exquisitez; a las mermeladas La Pauleña o las Destilerías Liber.

Naturaleza y conservación. Imaginación, historia y arqueología. Cultura y civilización. Gastronomía, vida sana y activa. De todo ello hay en una de las localidades del Valle de Lecrín más activa, imaginativa e innovadora a la hora de desarrollar productos turísticos diferentes a partir de los recursos con los que cuenta. Un ejemplo a conocer, estudiar y seguir muy de cerca.

Fotos

Vídeos