Montefrío, paraíso recuperado en tierras de frontera

Montefrío, paraíso recuperado en tierras de frontera

En su magistral e imprescindible novela «Los tigres de cristal», Toni Hill cuenta la historia de dos chavales de la Barcelona de los años 70. Son los hijos de esas familias de emigrantes que vuelven al pueblo a pasar unos días del verano. Vuelven a Montefrío, el paraíso perdido. Montefrío como grato paréntesis entre los sinsabores de la dura vida diaria en un barrio obrero del extrarradio barcelonés. El pueblo, pues, como paraíso recuperado. Un paraíso que Toni Hill visitó en el mes de agosto de 2017 junto a otro grande de nuestras letras, Alejandro Pedregosa

JESÚS LENS

Por qué Montefrío, les pregunto a ambos escritores? Toni nos dice que necesitaba un pueblo en el que hubiera habido emigración hacia Cataluña en los años 60 y que fuera bonito, de forma que Juanpe, uno de los niños protagonistas, encontrara la felicidad en él. Y Montefrío le pareció precioso.

Alejandro insiste en esa misma idea: Montefrío es el pueblo de sus padres y su particularidad ayudaría a Toni Hill a definir el escenario para la novela: «no sería un pueblo andaluz cualquiera, sino uno muy identificable». ¡Y vaya si lo es! Un pueblo con personalidad cuyas cuestas imprimen carácter.

María Jesús y yo llegamos temprano a Montefrío. Nuestra maravillosa, atenta e imbatible anfitriona, María José Arroyo, nos lo había advertido: preparaos para las cuestas. Cinco horas después nos encontramos en el mirador National Geographic, el sol está en lo más alto y Manolo nos anima a regresar al pueblo... en tren. No lo dudamos un segundo y nos subimos de un salto en uno de los vagones del vehículo turístico. Manolo es un joven entusiasta y emprendedor que lo mismo conduce el tren que cuida de la reposición de las macetas con geranios que diariamente vuelan de uno de los miradores más famosos del mundo.

Así describe la mítica revista de viajes la vista de Montefrío: «Encajada entre dos profundos tajos, esta población granadina sorprende por su silueta fortificada que se recorta en el cielo y que muestra la importancia que tuvo como puesto fronterizo del reino de Granada. A su alrededor, peñas y riscos calcáreos donde abundan los vestigios de asentamientos neolíticos».

Efectivamente, se trata de uno de los pueblos con mejores vistas del mundo. Pero Montefrío es mucho más que una vista bonita, como María José nos ha mostrado y demostrado a lo largo de cinco horas de caminata urbana y de su amena e instructiva conversación.

Lo primero fue subir al castillo. A pie, por supuesto. Y lo más despacio posible. Para no ahogarnos, pero también para disfrutar de las vistas, el rumor del viento y las fragancias de los pinos y las higueras.

Reconozcámoslo: el entorno de la fortaleza está descuidaíllo: las malas hierbas se han enseñoreado de muros y aljibes y una cutre valla de alambre no le hace justicia -ni favor- a las soberbias vistas que se pueden contemplar desde lo alto del escarpado risco. Su interior, por fortuna, sí está bien trabajado, albergando un interesante e instructivo Centro de Interpretación de la Última Frontera de Al-Andalus.

«La última frontera». ¿Se puede decir más con menos palabras? Si ustedes vieron aquella maravillosa serie, «Doctor en Alaska», lo de la última frontera les traerá muchos y buenos recuerdos, ¿a que sí?

Después de subir -y bajar- los exactamente 111 escalones que hay hasta lo alto de la torre de la antigua fortaleza árabe reconvertida en iglesia y, ahora, en centro histórico-cultural; tras deleitarnos con una majestuosa panóramica en 360 grados y tratar de encontrar las torres de vigilancia que se pueden localizar en lontananza... dedico un tiempo a los paneles informativos sobre el Poniente granadino como tierra fronteriza. ¿Y saben lo que pienso? ¡Lo que hubieran hecho en Hollywood con semejante historia!

Si los cineastas norteamericanos fueron capaces de crear toda la mitología del western a partir de una panda de desharrapados que se dedicaban a asesinarse entre ellos cuando no estaban matando indios y bisontes, ¿qué no hubieran hecho con las historias de frontera de Al-Andalus?

En concreto, la fortaleza de Montefrío se erigió en 1352, en tiempos de Yusuf I, y conformó la última línea defensiva de los nazaríes junto a otras villas fortificadas cercanas. Entre ellas, torres de vigilancia dispuestas en diferentes promontorios avisaban de la presencia del enemigo a través de enormes hogueras encendidas en lo más alto, a modo de luminosa voz de alarma. En cualquier caso y tras la caída de Alhama en 1482, llegaron las sucesivas rendiciones de Loja, Íllora, Moclín y Montefrío. Todas las plazas cayeron en 1486, en un período de tres nefastos meses para los musulmanes.

¡Cuántas historias se sucedieron en este frente de batalla, protagonizadas por tantos y tantos personajes cuya memoria ha perdurado a través de heroicos romances! Y lo que se ha perdido con el paso del tiempo...

Por ejemplo, si ahora mismo me encargaran la escritura de un guion, lo centraría en la figura del alfaqueque, hombres de honor que conocían las lenguas arábigas y se encargaban de rescatar a prisioneros y esclavos cristianos en territorios musulmanes. Eran tipos sabios e instruidos, hábiles negociantes y hombres de acción con un pie en cada cultura y con licencia para cruzar a uno y otro lado de la frontera. Y es que caminar por estas tierras espolea la imaginación.

María José nos acompaña a los diferentes miradores de Montefrío, callejeando por el pueblo y ascendiendo a través de un camino que nos conduce hasta la Fuente de las Peñas, donde aprovechamos para darnos un buen refrescón. ¡Qué espectáculo tiene que ser verla en primavera, con el agua borboteando de la roca viva!

Pero como no solo de agua se alimenta el caminante, nuestra anfitriona nos tiene reservada una sorpresa de primer orden. Se trata de otra modalidad de viaje. Más tranquilo, cómodo y sosegado que el de esta mañana, pero igualmente ilustrador y excitante. Esta vez sí cogemos el coche, que debemos trasponer hasta Algarinejo. Porque allí abre sus puertas uno de los templos de la gastronomía granadina: Casa Piolas. ¡Vayan preparándose para babear y relamerse!