Un granadino vive el terremoto de Indonesia: «Nuestro miedo era que hubieran réplicas. Había que salir de allí»

Imágenes captadas por el joven de Las Gabias de la isla de Gili Trawangan tras el terremoto./ÁLVARO SÁNCHEZ
Imágenes captadas por el joven de Las Gabias de la isla de Gili Trawangan tras el terremoto. / ÁLVARO SÁNCHEZ

Un joven de Las Gabias vivió desde una isla de Indonesia el terremoto que asoló Lombok y dejó un centenar de víctimas mortales

Sarai Bausán García
SARAI BAUSÁN GARCÍAGRANADA

Álvaro vivía unas vacaciones de ensueño. Apasionado de los viajes y acostumbrado a planificar escapada, dedicó todo su esfuerzo durante semanas a que su próxima aventura, que compartiría con una amiga, fuera especial. Después de mucho mirar, dio con el destino que consideró idílico: Indonesia. Su amiga siempre había querido ir y era un lugar que a él siempre le había interesado, ¿qué podía salir mal? Los primeros 15 días de viaje, en los que recorrió distintas islas del territorio, le confirmaron que había sido una gran elección. Tenían de todo: actividades, fiesta, tranquilidad. Pero se truncó cuando llegaron a la isla de Gili Trawangan. Tras disfrutar de una agradable jornada de buceo, decidieron tomar un aperitivo en un chiringuito cercano. De repente, el suelo tembló bajo sus pies. Eran las sacudidas que llegaban del terremoto que dejó el domingo casi un centenar de muertos en la isla indonesia de Lombok. «De un momento a otro, vimos cómo todo el mundo echaba a correr, las fachadas de los edificios se empezaron a romper y nosotros no sabíamos nada de lo que estaba pasando. Solo pensábamos en qué podíamos hacer para salir de allí», cuenta este joven de 23 años natural de Las Gabias.

No había control alguno en el lugar, nadie sabía qué estaba pasando ni cómo debían actuar, solo que debían ponerse a salvo y lo más alejados posible de la zona de edificios por la posibilidad de que alguno de ellos cayera. «Lo primero que hicimos fue volver a la playa porque era la zona que estaba más apartada y, como había muy poca porción de mar entre nuestra isla y la próxima, no había posibilidad de tsunami», señala el joven. Después de hablar con residentes en la zona, les comentaron que lo mejor sería subir a una colina que se encontraba a unos 73 metros de altura, aproximadamente, donde los efectos del terremoto podrían ser menores. «Al final pasamos la noche en la colina. La gente de los alrededores y de los hoteles nos fueron trayendo mantas y ropas de abrigo para poder pasar la noche», relata.

Mientras los gritos de desesperación de la gente empezaban a llenar el lugar y el tránsito de personas de un lugar a otro no cesaba, tanto Álvaro como su amiga solo pensaban en mantener la calma: «Era lo único que nos quedaba. Si nosotros o el resto de los que estábamos allí entrábamos en pánico, esto podría haber acabado mal», comenta. Pero ni todo el pensamiento constructivo que procuraban tener podían acabar con el temor que en el fondo sentía: «Afortunadamente no vimos ningún cadáver ni heridos graves, aunque nos dijeron que una decena de personas perdieron la vida. Lo que sí veíamos eran los escombros y los destrozos que había por toda la calle. En estos momentos nuestro miedo era que hubieran más réplicas. Había que salir de allí».

Tras cerciorarse de que lo peor ya había pasado, bajaron de la colina y se volvieron a dirigir a su hotel, donde cogieron víveres y se fueron a la playa a «ver pasar las horas». «Al final nos trasladaron en barco a una isla cercana y al final hemos venido a Bali, donde estamos ahora intentando reponernos de todo», afirma. Aún les quedan dos días de su viaje de ensueño y aseguran que no lo van a perder lamentándose. El terremoto no acabará con sus ganas de viajar y disfrutar.

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