Granada está en deuda con Melchor

Sobrevivió décadas al frente de IDEAL en una sociedad complicada como la granadina, clasista y 'malafollá', para intentar convencer a unos y a otros de que el periódico estaba hecho con puertas y ventanas abiertas al futuro

El periodista Rafael García Manzano firma un ejemplar de su libro en presencia de Juan Jesús Hernández y Melchor Sáiz-Pardo, en enero de 1998./RAMÓN L. PÉREZ
El periodista Rafael García Manzano firma un ejemplar de su libro en presencia de Juan Jesús Hernández y Melchor Sáiz-Pardo, en enero de 1998. / RAMÓN L. PÉREZ
JUAN JESÚS HERNÁNDEZ

Melchor no daba el perfil del periodista clásico que fumaba, bebía y maldecía con tacos. Tampoco trasnochaba más allá de las madrugadas que se pasaba entre su despacho, la redacción de IDEAL y las máquinas de los talleres. Su tentación eran los refrescos light y las patatas fritas. Bueno, y los tochos y enciclopedias de historia, sobre todo de etruscos y romanos, que compraba a diario en la librería de El Corte Inglés. No, no se parecía mucho a aquellos del periodismo clásico que, de acuerdo con la definición más benévola del periodista, escribía de todo sin saber de nada. Melchor era maestro en las virtudes de una profesión en la que ejercía la bonhomía, el arte del diálogo y la seducción del intelectual y del hombre culto, ponderado y sereno. Y sobre todo era buena persona, que si hacemos caso al dios Kapuscinski, está en los genes y en el ideario de los grandes periodistas.

Nadie como él reunía más cualidades para ser uno de los grandes de la profesión, periodista que vivía más la noche que el día en las que nunca dejaba arrancar la rotativa sin la última novedad. Periodista pulcro que le ponían nervioso las erratas y la falta de rigor. Periodista equilibrado que manejó como nadie los ritmos y los gestos de un tiempo complejo y agitado como el de la Transición, cuando supo aguantar la presión y la censura imponiendo dosis de libertad y creación desde un periódico como IDEAL; sí desde un periódico en el que no confiaban mucho ni la izquierda ni la derecha de entonces por 'rojo' o facha', según unos u otros, lo que en el fondo fue el acierto de un director al lograr que IDEAL fuese de todos y nunca de nadie.

Sobrevivió décadas al frente de IDEAL en una sociedad complicada como la granadina, clasista y 'malafollá', para intentar convencer a unos y a otros de que el periódico de Granada estaba hecho con puertas y ventanas abiertas al futuro de los granadinos y era una herramienta para sembrar tolerancia y convivencia, y él lo hizo con editoriales moderados cuando algunos prendían llamas de agitación nostálgica. A Granada llegaron con Melchor bocanadas de aire libre y, probablemente, esta ciudad no haya sido consciente todavía de la enorme labor que el periódico prestó a la sociedad granadina para mirar hacia el progreso. De haberlo hecho no habría sido tan ingrata cuando se despojó del poder para pasear anónimo por las calles de la ciudad. Granada sigue en deuda contigo. No lo hizo en vida y lo justo sería ahora que la memoria se abra paso entre la indolencia y los olvidos imperdonables.

El día que me recibiste

Aunque me temía que este momento podía llegar pronto porque he visto cómo te consumía la tristeza por las ausencias, al conocer tu adiós no he podido aguantar las lágrimas y el dolor. Cuando te pasas media vida con alguien que siempre sonríe, que luce ironía con la bondad de quien no sabe herir y demuestra talento sin alardes, acabas siendo mejor, mucho mejor de lo que eres cuando llegas, un día de octubre de 1986. Me recibiste en tu despacho para darme la bienvenida. Estaba nervioso porque estaba delante de don Melchor, cumpliendo el sueño de cualquier periodista joven granadino. Me enseñaste una carta en la que años atrás te pedía prácticas en el periódico y se quedó sin respuesta. Por alguna razón sobrevivió entre papeles y al dármela me dijiste: «Me equivoqué; podíamos llevar juntos mucho más tiempo». Y desde entonces aprendí a respetar a don Melchor y a querer a 'Melchorito', como lo llamaba su redactor jefe, Rafael García Manzano.

Mi paso por esta profesión, por el periodismo de batalla, el de calle, el de la política y los sucesos, está ligado a ti, a mil recuerdos, a mil experiencias, a cientos de crónicas y una bronca, la única que recuerdo por un error de bulto y ni siquiera entonces alzaste la voz. Eras, lo dice bien Eduardo Peralta, un «caballero del mejor periodismo» que marcó el camino de muchos. Hoy siento no haber compartido antes contigo mi eterna gratitud, mi reconocimiento por tu ejemplo y mi profunda admiración. He sido afortunado por haber compartido junto a ti años en los que fuiste un poco padre y siempre maestro, un periodista íntegro y cabal.

Tú que amabas la historia, formas parte ya de la historia de Granada y de la de nuestras vidas, de la historia de los periodistas valientes de este país, de la historia de recuerdos que nos mantendrán tu permanente sonrisa. Nunca olvidaré tu legado Melchor, compañero, amigo, director. Te quiero.