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Los gatos del Darro

Hubo un momento en la historia de la ciudad alhambreña que el ser gato del río Darro era sinónimo de aristocracia y buen vivir. Miranda en estas páginas los inmortalizó para siempre

Puente Espinosa en la carrera del Darro. /TORRES MOLINA
Puente Espinosa en la carrera del Darro. / TORRES MOLINA
TITO ORTIZ

Aquella Granada de los sesenta no sabía lo que eran las bolsas de plástico para la basura ni los ensordecedores camiones de recogida. Es más, todavía no existía ni Serconsa, que fue la primera empresa que se tomó en serio lo de recoger la basura.

Hasta su llegada, los vecinos echábamos todos los desperdicios juntos en un cubo que por la noche vaciábamos en un rincón de la calle, y de madrugada una legión de basureros, con sus carros tirados por mulos y burros, venían desde Armilla a la capital para recoger la basura. Asunto este que se resolvía a base de pala bien cargada y volcada sobre unas telas recias y de hule, que formaban el cajón de los carros malolientes, que a su paso dejaban un reguero nauseabundo procedente del contenido de su carga.

Vota ¡Moya Moreno!

Arturo Moya Moreno, aquel hombre de centro que se atrevió a presentarse a las cortes de Franco por el tercio familiar y que había arrasado en la capital con su campaña '¡Vota Moya Moreno!' no logró su propósito gracias a las maniobras del Movimiento, que vio en él un claro comunista y le boicoteó la campaña en la provincia. Aquello le dio cierto prestigio de hombre de ley pero contrario al Régimen, lo que le hizo formar parte con facilidad -muerto el dictador- de la extinta Unión de Centro Democrático.

Como máximo responsable de Serconsa, a él se le debe la modernización en la forma más higiénica de recoger la basura de los ciudadanos y transformarla. Con el nacimiento de esta empresa nacional que él dirigía, especializada en la recogida de los residuos domésticos, los granadinos tuvimos que ir adoptando costumbres más higiénicas para tirar la basura y con ello perdimos un gran orfeón bien alimentado.

Los gatos cantores

Con la costumbre de tirar la basura en cualquier sitio, que luego por la noche vendrán los basureros a llevársela, los vecinos de la Carrera del Darro, desde años, habían tomado como habitual la insana actitud de volcar la basura de sus cubos por el pretil del río hasta su cauce, con lo que se formaban unas montañas de desperdicios que hacían las delicias de una legión de gatos, engordados y bien criados, que durante el día dormitaban al abrigo de la espesura y que por la noche se pegaban todo un festín de comida en el improvisado vertedero del río, que otros tiempos había dado oro. Su maullidos y cortejos en época de celo se hicieron tan patentes que a lo largo del cauce descubierto, desde la plaza de Santa Ana, donde daba la vuelta el tranvía, hasta el puente del Aljibillo, sus 'cantos' podían seguirse con total nitidez, sobre todo en noches de verano, con los balcones y ventanas abiertas por los rigores de 'la calor'. Fueron muchas las anécdotas que se produjeron, sobre todo con motivo de actuaciones en el patio de los aljibes o el de los Arrayanes, del Festival Internacional de Música y Danza, donde en el silencio de la noche y ante la máxima expectación de los intérpretes ascendía desde el cauce a las alturas el dulce canto de los mininos y sus tarascadas de rivalidad, macho que busca a la hembra. Testigos también los muchos artistas de todos los palos que, bien con motivo de las fiestas del Corpus o las del barrio de San Pedro, actuaban en el escenario sobre el río, bajo la torre de Comares, cuyos ojos de asombro iluminaban la noche al escuchar la serenata improvisada de la familia gatuna granatensis.

Miranda

El gran maestro del humor gráfico -nunca bien reivindicado, incluso olvidado- Miranda, en éstas páginas, dio diarias lecciones de gracia con el gato y la mosca, que nunca faltaban en sus dibujos. Pero con los gatos del río Darro fue más allá y en ocasiones les dedicó ciclos enteros. También los granadinos se dieron a la chacota con los mininos y no dudaban en utilizarlos para zaherir conciencias a propósito de algo negativo. Si alguien cantaba mal, siempre había uno que le espetaba: ¡Cantas peor que los gatos del río Darro! También fueron ejemplo de buena y saludable presencia, porque para indicar que alguien estaba bien físicamente se solía decir: ¡Tienes más lustre que un gato del Darro! Algunos de estos animales tuvieron en jaque al vecindario, durante los años treinta y cuarenta, dado que sus maullidos, en ocasiones y dependiendo de la raza, pudieron confundirse con bebés llorando o alguna persona dando alaridos, hasta el punto de que hubo gente que llegó a afirmar con rotundidad que en el Darro había un duende o un fantasma. El caso es que aquellas decenas de familias gatunas fueron desapareciendo del cauce a medida que los vecinos dejaron de tirar su basura al río.

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