Escribirle una carta a los Reyes... o a quien ustedes quieran

Escribirle una carta a los Reyes... o a quien ustedes quieran

Una duda que siempre me ha corroído: ¿hasta cuándo se le puede escribir la Carta a los Reyes Magos? Para que les llegue y tengan tiempo de leerla y actuar en consecuencia, quiero decir. Aunque, bien pensado, ¿no resulta bonito de por sí el hecho de escribir una carta, sin ulteriores propósitos? A mano, por supuesto.

JESÚS LENSGRANADA

Cuándo fue la última vez que escribió usted algo a mano, más allá de un número de teléfono garabateado en un papelajo descuidado o un recado urgente, anotado de cualquier manera? A mano se escribe la lista de la compra -siempre que no sea muy extensa- y mensajes cortos, pero contundentes, del estilo «Vuelvo en 5 minutos» o «Fui a comprar tabaco».

Confieso: empiezo a no reconocer mi propia letra. Nunca fue particularmente bonita ni elegante, pero ahora es algo parecido a los resultados de un sismógrafo con los datos de un terremoto de baja intensidad.

Por eso aluciné, el año pasado, cuando recibí una nota manuscrita de Salva Alemany, acompañando su prodigiosa novela «Alacrán». ¡Qué letra! ¡Qué obra de arte! ¡Qué gozada! Y qué envidia, también. Envidiaca mala, debo confesar.

Lo he contado más de una vez: una de las cosas que más me sorprendieron de un viaje que hice por China fue el respeto por la caligrafía, a la que se considera como una de las bellas artes. Así, el dibujo de letras, las palabras pintadas, pueden deparar obras maestras. En China, un buen calígrafo es un artista reconocido y su obra puede cotizar muy alto en el mercado del arte.

-Empiezas el año con raptos de viejunismo rampante, ¿no te parece? Este elogio de la caligrafía... ¿qué le has pedido a los Reyes? ¿Los antiguos Cuadernos Rubio? ¿Un tocadiscos para escuchar los vinilos que nunca tuviste? ¿Un radiocasette para pinchar las antiguas cintas 'Monstruo'? ¿Un Quimicefa? ¿Un Diario, más propio de un adolescente ochentero del pasado siglo que de un bloguero del siglo XXI?

Reconozco que, en este caso y sin que sirva de precedente, no le falta razón al Lench, por impertinente que parezca. Y, sin embargo, junto a mí tengo mi flamante Agenda 2019, un tomo amarillo de Blackie Books que espero llenar de anotaciones manuscritas.

Todos los años me compro una agenda. Y empiezo voluntariosamente a anotar citas, cumpleaños y demás. Pero no tardo en dejarla arrumbada en cualquier esquina del escritorio, olvidándola por completo y tirando de esa agenda del Google que hace recordatorios, me insta a sacar las tarjetas de embarque de los vuelos y otras cosillas la mar de útiles.

-¿Y qué te hace pensar que este año será diferente a todos los anteriores?

La lectura de un artículo: no solo comprendemos mejor lo que escribimos a mano, sino que nos deja un recuerdo más perdurable. Al no poder escribirlo todo de forma literal y automática -no somos tan rápidos con la mano que tecleando en el ordenador o en el móvil- tenemos que procesar y reinterpretar lo que escuchamos para resumirlo de un modo comprensible. Y esa actividad deja huella en el cerebro.

A la hora de anotar citas manuscritas en la agenda, le daremos nuestra personal importancia a cada una de ellas: unas irán en rojo, subrayaremos otras, retintaremos las más importantes... y todo ello se nos quedará más y mejor grabado en nuestra cabezota, por atiborrada que la tengamos con los contenidos de Netflix. Sobre todo si ustedes, como yo, tienen memoria fotográfica. En ese caso, escribir a mano resulta particularmente útil. Pondremos asteriscos, notas al margen, pequeños diagramas... y ese trabajo sobre el papel repercute de forma positiva sobre nuestras conexiones neuronales.

Tomen notas a mano y hagan micro-resúmenes manuscritos de las cosas importantes que les ocurran. No. No se trata de llevar un diario. Se trata de condensar en una línea o dos, como máximo, aquello de lo que quieran acordarse mejor.

-Se nota que cabalgas hacia los 50: empiezas a darle tanta importancia a la memoria como miedo te produce empezar a perderla...

Es cierto. No lo voy a discutir. Pero también es verdad que, hace unos años, durante un largo periplo por Argentina, Chile, Bolivia y Brasil, fui escribiendo un diario de viajes en la BlackBerry, de forma tan disciplinada como prolija. La intención era, a la vuelta, compilar todas aquellas notas, corregirlas, darles forma, ampliarlas y tratar de publicarlas como libro de viajes. ¿Lo han visto ustedes? Yo tampoco. ¿Y aquellas notas? ¿Dónde estarán? ¿Y la BlackBerry? Porque jamás las volví a leer.

Vamos a volver a escribir a mano. Cositas sueltas. Pocas. Las más necesarias e importantes. Por ejemplo, la Carta a los Reyes Magos, que aún estamos a tiempo de enviarla.

Una Carta a los Reyes Magos, a partir de determinada edad, se debería parecer mucho a la lista con los propósitos para el nuevo año. Si queremos hacer más deporte, hay que pedir unas zapatillas. Si queremos leer más, hay que pedir libros. Si queremos ver más cine clásico, una suscripción a Filmin y si queremos pasar menos tiempo conectados y on line... ¡un buen cuaderno, una pluma o bolígrafo molones y una agenda en la que anotar citas presenciales con los amigos!

Si los Reyes Magos fueran como el Genio de la Botella y, además de traer regalos, concedieran milagros, les pediría aprender a dibujar cuatro trazos con sentido, ser capaz de pintar algo con un mínimo de coherencia y rigor estético. Cuando veo los Cuadernos de Viaje de mi querido Jesús Conde, por ejemplo, muero de envidia.

--En realidad, con toda esta diatriba, de lo que hablas es de aflojar el pistón. De levantar el pie del acelerador. De tomarnos tiempo para lo realmente importante, ¿verdad?

Al final, va a resultar que el Lench no es tan fiero como lo pinté, al principio de estas Navidades. Efectivamente. De lo que se trata de es de disfrutar del Tiempo, el mejor regalo posible. De concederle toda la importancia que tiene. De aprender a sacarle el jugo -y el juego- en vez de perderlo con tanta actividad tan inane como inútil.

Por todo ello, cojan papel y lápiz y escriban: Queridos Reyes Magos...