Cohen y Granada: un idilio eterno

Cohen y Granada: un idilio eterno

La poesía de Lorca canaliza la fuerte conexión del cantautor canadiense con la escena local

EDUARDO TÉBARHuétor Vega

Como contemplar lagrimeando el hundimiento de Venecia. Así fue el recital que Leonard Cohen le debía a Granada. Ocurrió un domingo de septiembre, en 2009. Acudieron al concierto el único en Andalucía 4.000 personas, que pagaron entre 60 y 100 euros. El último vals tuvo lugar allí, en el Coliseo de Atarfe. Un mamotreto frío que resultó el rincón más cálido del planeta durante tres horas. Comparecía ya el Cohen viejo, con apariencia de rabino, desplumado económicamente por su manager. No borró la mueca de gratitud con esta tierra. Ni la mirada sabia, ese vidrio cargado de paz.

El idilio del cantautor canadiense con Granada se remonta a 1949, cuando Cohen entra en una librería de segunda mano de Montreal. El adolescente abre un libro que le llama la atención. Lo firma un tal Federico García Lorca. El chaval palidece cuando lee unos versos. «Por el arco de Elvira / quiero verte pasar / para sufrir tus muslos / y ponerme a llorar». Era la Gacela del mercado matutino. Aquellos versos le atrapan. Definen su universo literario. Tocan las membranas: su manera de sentir. De pronto, Lorca educa la escritura de unos de los letristas más influyentes de la historia del rock. Lo local ya se hace universal.

Cohen le pone el nombre de Lorca a su hija. En 1986, cuando se produce la feliz visita a la capital nazarí, el artista peina canas y exhibe algún pliegue en el rostro. Aterriza un Cohen en fase de reinvención. En el rutilante cancionero destaca Take this waltz, adaptación del Pequeño vals vienés de Lorca. El tema aparece por primera vez en el álbum colectivo Poetas en Nueva York. Su lanzamiento homenajea al creador de Bodas de sangre en el 50 aniversario de su asesinato. Por el trabajo desfilan figuras dispares del panorama español e internacional. Desde George Moustaki hasta Lluís Llach. Desde Chico Buarque o Donovan hasta Paco de Lucía o Patxi Andión. Una pintura de Eduardo Úrculo en la portada. Texto ilustrador de Ian Gibson. Y la intervención estelar de Cohen.

El bardo judío admitió lo tortuoso de traducir a Lorca y trasladarlo al andamiaje musical: 150 horas de trabajo y una depresión, le reconoció a su íntimo amigo y traductor en España, Alberto Manzano, en una entrevista en la revista Ajoblanco en 1988. Cohen solicitó rodar un videoclip en los mismos rincones granadinos por los que transitaban los personajes de Federico. Anhelaba filmar en la Casa-Museo de Fuente Vaqueros. En el otoño del 86 llegó a Granada con el equipo de rodaje. Obtuvo los permisos con facilidad.

'Omega', el disco total

Una década después, se invierten los papeles y son los granadinos los que se enfangan en la obra de Leonard Cohen. Justo este mes se estrenan la película documental y la reedición ampliada también en formato de vinilo de Omega con motivo del vigésimo aniversario. Los versos de Lorca y el cancionero de Leonard Cohen, al servicio de un majestuoso elenco de flamencos. Con Enrique Morente a la cabeza y la distorsión rock de Lagartija Nick como telón de fondo. «Nuestro privilegio es desempeñar un papel destacable en un disco que tiene como protagonistas a Lorca, Leonard Cohen y Enrique Morente. Y que encime le guste a Cohen», comentaba Antonio Arias hace dos semanas en El Bar de Eric. «Cohen no oculta su pasión lorquiana y no se queda atrás como escritor respecto a Lorca. Tengo reciente su nuevo disco, You want it darker. Es pura síntesis. ¿Cómo se consigue eso? Se tiró seis u ocho años en un monasterio», añade Arias.

Más gráfico se manifiesta el propio Eric Jiménez, batería de Lagartija Nick y Los Planetas. «En Omega están las figuras de Lorca y Leonard Cohen, pero al cantarlo Enrique se transforma en un producto totalmente granadino. Escuchas a Cohen y ves la lluvia en el Realejo». Omega noquea al mismo Cohen. Así lo demuestra la carta que recibe Manzano: «Es lo más grande que nadie ha hecho por mí en toda mi vida». Al de Montreal le sugestionó el efecto transgresor de sus textos amoldados al flamenco. Desde ese momento, Cohen admiró a Morente. La anécdota: como agradecimiento, envió al cantaor dos docenas de rosas rojas, pero fueron confundidas con bisturíes sangrantes adosados a tumores extirpados, y nunca llegaron a manos del Ronco del Albaicín.

El primer estrujón entre ambos transcurrió una gélida tarde de invierno de 1993. Cafetería del hotel Palace de Madrid. Se imponía la barrera del idioma, pero el cruce de miradas bastó para sellar la hermandad. En el verano de 2008 se repitió el encuentro en el FIB. Manzano les juntó en una zona del backstage, donde Antonio Arias se fotografió con el ídolo. Morente había conocido en Nueva York a Esther, la hermana de Cohen.

Calado en los músicos granadinos

Antonio Arias recuerda la figura deslumbrante de Cohen gravitando en las sesiones de Omega. «Él forma parte de la atracción hacia Lorca. Es de los planetas más potentes absorbidos por el sol de Federico. Se trata de un individuo trascendental. Cuando te toca, te transverbera como Santa Teresa».

José Ignacio Lapido comparte la tesis de su ex compañero en 091. «No es fácil describir situaciones en pocas líneas. Cohen lo hace e incluso profundiza. Como escritor de textos, es uno de los grandes. Se nota su pasado como novelista de cierto éxito antes de dedicarse a la canción. Sin embargo, es la faceta por la que le recordaremos siempre. Creo que sus disco han crecido con el tiempo. Las grabaciones espartanas de los sesenta, gracias a esa austeridad, han envejecido bien. Me sigo quedando con sus primeros álbumes». Lapido admite las huellas de Leonard Cohen en su propia creación. «Me gusta el poso de ironía bajo esa capa de seriedad. Supongo que algo de eso se refleja en mis canciones».

Por su lado, Juan Alberto Martínez, cantante y guitarrista de Niños Mutantes, siempre se ha reconocido fan. «Me enganché con Avalanche, del disco Songs of love and hate. Es una referencia básica para mí. Me sobrecogía su voz y el rasgueo de la guitarra. Además, es el autor de dos temas de cabecera en mi vida: Chelsea Hotel No.2 y Hallelujah, la canción de amor más salvaje que he escuchado. Se asoma al abismo de la pasión».

Paco Chica, todo un clásico de la movida granadina de ayer y hoy (Sesión de Noche, Dorian Gray, 400 Golpes, Kennedy, Modelé Fatale), ve a Cohen como un maestro. «Es un gurú para los que nos dedicamos a esto. Un letrista inspirador para gente que adoro, como Elvis Costello».

Más lejos fue Raúl Bernal (Jean Paul, Dolorosa, Lapido, Loquillo) en 2013, cuando acompañó sus Ocho variaciones sobre el futuro con un disco anexo en el que versionaba de manera íntegra el debut de Leonard Cohen. «Descubrí el Songs of Leonard Cohen cuando tenía 15 años. Me cambió la vida. Con Cohen me pasa lo que no me sucede con Dylan. Cohen me revela cómo afrontar las canciones, cómo arreglarlas, cómo producirlas sin ensuciarlas. El maestro es Leonard Cohen».

En 2015, Cohen daba pistas en el popurrí de directos Cant forget. A souvenir of the grand tour, en cuyo libreto aparecía fumándose un pitillo en su 80 cumpleaños mientras bromeaba sobre la vejez y su declive sexual. La religión como hobby favorito. El amor como brújula. Como David Bowie, preparó su epílogo. «Estoy preparado, mi Señor», canta en su nuevo y último álbum, You want it darker, editado en octubre.