Entre cuevas y barrancos, en el corazón de Granada

Entre cuevas y barrancos, en el corazón de Granada

Hace unos días paseábamos por el Sacromonte y la Verea de Enmedio y quedábamos citados para profundizar en la historia del barrio y conocer más a fondo algunas de sus peculiaridades. Ha llegado el día

JESÚS LENS

Sigamos. ¿Recuerdan cómo llegábamos al corazón del barrio gitano por excelencia de Granada, a través del Camino del Monte? Nos encontramos en la plazoleta desde la que parte la Verea de Enmedio, es mediodía y está todo cerrado. Hace calor. Mucho calor. Entonces oigo una voz, alegre y festiva: «¡Bueno, Currinchi, que nos vemos esta noche!». Salen dos chicas de la Cueva de Curro Albaicín. Dejan la puerta a medio cerrar y aprovecho para colarme y saludar al maestro, que está trabajando con su portátil junto a una gran foto de García Lorca.

«El Sacromonte está abandonado. Faltan infraestructuras. La parte de abajo, la mantenemos nosotros. De la de arriba, mejor no hablar». Curro no se anda con paños calientes a la hora de hablar de la situación de desamparo del barrio. Y recuerda los años ochenta, cuando la asociación de vecinos, con él y con Juanillo 'el Gallino', a la cabeza, consiguieron que se trazara y urbanizara la famosa Verea. «Desde los tiempos de Antonio Jara, nada».

No es tanto quejarse y protestar como reclamar y exigir inversión para un barrio al que acuden turistas de todo el mundo. Sin olvidar las necesidades de los vecinos, por supuesto. Porque Curro está enamorado de su Sacromonte, de su historia y sus gentes. ¿Han visto ustedes esa maravilla de documental 'Los sabios de la tribu', de la cineasta granadina Chus Gutiérrez? Resulta imprescindible para conocer la historia del barrio y de sus habitantes.

Curro nos pone dos ejemplos que atestiguan la dejadez institucional con el Sacromonte: «Treinta años han hecho falta para que el Ayuntamiento instale una fuente aquí abajo. ¡Una birria de fuente, pero al menos da agua!». Y sonríe con picardía. El humilde pilarillo -del que el agua sale hirviendo y resulta imbebible- ha servido para clavar en la roca una placa de cerámica de Fajalauza con unos versos suyos:

-En la fuente del querer

si tú quisieras gitana

de tu boca beberé

agua de Sierra Nevada.

Y otra problema: «Ahora ya no podemos sacar las sillas al fresquito por la noche. Nos devoran los mosquitos que han venido con la cochinilla que seca las chumberas. ¿De verdad que no es posible encontrar una solución?». Ahí lo dejamos...

Es momento de continuar camino, apretar los dientes y subir al Museo Cuevas del Sacromonte, en pleno Barranco de los Negros. Siento el impulso de comprobar en change.org si hay alguna petición para cambiarle el nombre al Barranco, en estos tiempos de apabullante corrección política, pero prefiero no tentar a la suerte. El nombre viene de muy antiguo: tras la conquista de Granada, muchos de los nobles y ricos habitantes de la ciudad nazarí dejaron precipitadamente sus tierras, casas y posesiones, con la esperanza de volver algún día. Sus esclavos les veían salir del Albaicín, por la noche, y subir al monte con algunas de sus posesiones más preciadas. Pasadas las horas, regresaban a casa con las manos vacías... y manchadas de tierra.

Como llevarse a los esclavos era tarea difícil y costosa, los nobles musulmanes decidieron liberarlos... y dejarlos atrás, abandonados y sin recursos. Los esclavos, negros muchos de ellos, se echaron al monte y horadaron la tierra, en busca de los tesoros escondidos por sus antiguos señores. Riquezas, no sabemos si encontraron. Pero con su trabajo le dieron al monte su peculiar aspecto: al no tener donde guarecerse, aprovecharon sus excavaciones para construir cuevas en las que instalarse y hacer frente a las inclemencias climatológicas, iniciando un trogloditismo a la granaína que ha perdurado a lo largo de los siglos.

El responsable del Museo nos dice que al cine de los martes sí acude gente del barrio, pero que al flamenco y, sobre todo, a descubrir la parte etnográfica del Centro de Interpretación, mayormente viene gente de fuera. «Quizá los granadinos creen conocer el Sacromonte... aunque sigue siendo un gran desconocido», ironiza con una enorme sonrisa.

También coincide con Curro Albaicín en que el Sacromonte es el gran olvidado de las instituciones granadinas. Y de las empresas, que ni siquiera hay una buena conexión a Internet. La solución para revitalizar el barrio pasaría por darle un sentido circular al tráfico, para evitar los atascos de cada día, trazar rutas turísticas y crear el famoso parque periurbano, protegido, del que todo el mundo habla, pero que nadie ha visto. Proteger Valparaíso y convertirlo en un gran pulmón verde, sea como BIC o como parte del Patrimonio Unesco.

Es cierto que las posibilidades de la zona son inmensas. Cuando uno entra en las diferentes cuevas del Museo, dedicadas a distintas dimensiones de la vida troglodita, es como si viajara en el tiempo. Y resulta particularmente atractiva -e instructiva- la dedicada al flamenco; a su historia, origen y nacimiento. Dedíquenle un rato a los diferentes paneles, escuchado la voz de un cantaor que acompaña al rasgueo de la guitarra, y verán todo lo que aprenden.

¿Y las vistas?

Las vistas, con i. De impresionantes, inenarrables, inauditas e imborrables. No es solo la Alhambra y sus aledaños, frondosamente verdes. Es el conjunto del entorno. Las vistas del propio Sacromonte, de la Verea de Enmedio culebreando entre las cuevas encaladas de blanco, de las pitas y de las -pobres- chumberas. Que no vean cómo cambia el paisaje, entre las dos vertientes del Darro. Como si estuviéramos en dimensiones paralelas de un universo único... y paradisíaco.

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