«La Unión Europea ha castigado a los países más débiles en la crisis migratoria»

El premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz posa en el interior de la Catedral de Granada./ALFREDO AGUILAR
El premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz posa en el interior de la Catedral de Granada. / ALFREDO AGUILAR

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Columbia, cree que la desinformación amplificada por las redes sociales supone un peligro para la democracia occidental

Juanjo Cerero
JUANJO CEREROGranada

Con la compañía de un batido de chocolate y el primer y tardío sol abrasador del año, Stiglitz camina, apoyado en su bastón, vivaz y con una sonrisa que parece imposible de borrar. Defensor de los principios económicos keynesianos, creyente en el pulso de las instituciones, el ojo avizor del Estado y el poder de los impuestos, este economista recibió el Nobel en 2001 por sus trabajos sobre mercados con asimetrías de información. Ahora observa con preocupación cómo a la situación económica se le suma el descalabro de la comunicación política. Una combinación, afirma, que podría ser capaz de destruir las democracias occidentales si no se encuentra forma de ponerle freno.

-Usted ha dicho que el mundo está lleno de problemas casi imposibles de resolver. ¿Es la desinformación uno de ellos?

-Y uno de los peores. Si ni siquiera podemos llegar a un acuerdo sobre cuáles son los problemas, es imposible resolverlos. Ahí tienes, por ejemplo, a las grandes empresas del carbón en Estados Unidos negando la existencia del cambio climático. ¿Cómo promulgas leyes que funcionen en este contexto? Por su propia naturaleza, la desinformación dificulta la capacidad de resolver el resto de problemas. Además, quiebra uno de los pilares fundamentales de la democracia. Hasta la Ilustración había un acuerdo sobre la verdad: venía de Dios. Pero al menos era un marco común, y cuando la Reforma lo rompió provocó siglos de guerras. Luego vino la Ilustración, que no fue unánime, pero creó un consenso sobre ciertos valores y normas que se pudo aplicar a la vida política y pública. Lo que me parece peligroso del fenómeno Trump es que es un ataque directo a las instituciones herederas de la Ilustración. Otros, como partidos de extrema derecha, lo han hecho en muchos países, pero por lo general de manera más sutil. Abusan de agujeros en el sistema, pero no van contra la naturaleza misma de las instituciones que se apoyan en la verdad. Trump sí lo hace, y con el apoyo de buena parte del Partido Republicano.

-¿Es entonces un problema nuevo o matizado por los cambios tecnológicos? Los románticos del siglo XIX también eran contrarios a los valores de la Ilustración.

-Estos elementos siempre han existido; a veces más intelectuales, como los románticos, y otras menos. En Estados Unidos tuvimos un movimiento político llamado 'Saber Nada', y todavía hay gente que discute la teoría de la evolución. Pero creo que este fenómeno tiene dos características novedosas. La primera de ellas es que gente rica como Rupert Murdoch, dueño de Fox News, distorsiona la verdad a sabiendas para conseguir objetivos políticos. Con mucho éxito, por cierto, porque conoce bien la psicología humana. El segundo elemento diferenciador es la tecnología de las redes sociales, que multiplica la velocidad a la que ocurre todo y permite amplificar la desinformación hasta niveles con los que Murdoch sólo podía soñar.

-De Internet se dijo mucho que le devolvía el poder al individuo, pero ahora son empresas privadas las que casi monopolizan el flujo de información en la red.

-Y la posibilidad de distorsionarla. Es desalentador, porque además la posiblidad de manipular estas herramientas es cuestión de dinero. Todo el mundo tiene acceso, pero es mucho mayor en el caso de los que tienen dinero. Sobre todo si no hay una conciencia clara de cómo funciona esto y la gente no ha sido 'vacunada' contra estas prácticas. Si se consiguiera eso, avanzaríamos mucho en la dirección de equilibrar el balance de poder. En la situación actual, se ha conseguido lo contrario.

-¿Reforzar las instituciones es la manera de enfrentarse a este problema? Llevamos décadas en un proceso de cuestionamiento.

-Creo que sí. La BBC o la televisión pública sueca son ejemplos de instituciones apoyadas por el Estado que son creíbles como informadores. Con gasto público, todos los países occidentales deberían poder seguir su ejemplo. La derecha ha intentado durante mucho tiempo quitar el poder de las instituciones para devolvérselo, creen ellos, a los individuos. Pero lo que en realidad han logrado es limitar su capacidad de reaccionar frente a los abusos de poder.

-Estudios recientes muestran que a un sector de la población no le interesa la verdad. Usted ha relacionado esto con la situación económica. ¿Influyen otros factores?

-Las ideas de la Ilustración nunca representaron a todo el mundo. Quizá ni siquiera a una inmensa mayoría. El porcentaje de la población que es científica es ínfimo; el de quienes comprenden la ciencia es algo mayor, pero también pequeño. Una de las cosas de las que me di cuenta cuando estaba en el gobierno es que la gente prefiere la seguridad al conocimiento. Que Trump diga con vehemencia que sabe la verdad es reconfortante para mucha gente, aunque luego se decepcionen.

-Parte de sus trabajos más reconocidos van sobre asimetría en la información. ¿Qué papel juegan en este marco los algoritmos que deciden por sí mismos sin que ni sus creadores sepan muy bien cómo funcionan en realidad?

-Creo que debemos esforzarnos más en estudiar cómo funcionan los algoritmos desde la perspectiva del comportamiento. No conocemos perfectamente el cerebro humano, pero sabemos cómo se comporta una persona cuando le das a su cerebro cierta información. Estamos descubriendo que los algoritmos perpetúan prejuicios preexistentes. Si eso es así, tenemos que reformarlos o regularlos. Debería ser más fácil que reformar a la gente. Sacar los prejuicios de una persona es muy difícil a causa de nuestra parte irracional. Es más fácil reformar algoritmos que personas. En el siglo XX los profesionales del marketing aprendieron a comprender el cerebro humano para convencer al público de comprar cosas que no necesitaban. Ahora están aprendiendo cómo usar los algoritmos para inculcar opiniones políticas. Contra el primer proceso se acabaron promulgando leyes de veracidad en los anuncios. Creo que habría que plantearse cómo aplicar esos mismos principios a la información política.

-Ecuador lo intentó, por ejemplo, con una ley bastante discutida.

-La cuestión clave es cómo conseguir un equilibrio entre esta necesidad y las libertades de expresión y prensa. Tenemos que asumir que quizá estos no sean derechos absolutos, de la misma forma en que la libertad de expresión no ampara que puedas gritar que está ardiendo un teatro lleno de gente cuando es mentira, o la de prensa no consiente publicar pornografía infantil. Hay prácticas que hacen daño al conjunto de la sociedad. Claro que luego habrá que establecer mecanismos de control. Pero no podemos permitir que ocurra lo que hizo Standard&Poor, que justo antes del estallido de la burbuja económica calificó sus bonos como A+ a sabiendas de que era mentira y luego se defendió diciendo que tenía derecho a decir lo que quisiera. Con el tiempo, la mayor parte de la gente, ellos incluidos, entendieron que eso no puede ser.

-Usted comenzó a avisar en 2010, basándose en indicadores económicos, de que la situación política podía ponerse fea. ¿Cree que una mejora económica podría resolver el problema por sí misma?

-La economía no es el único factor que influye en el problema político. En Estados Unidos, por ejemplo, hay un racismo latente. En Hungría y Polonia, creo, una suerte de fascismo latente. Pero creo y tengo la esperanza de que esta gente es una minoría y lo que ha hecho que ahora sea un 30 o un 40 por ciento de la población es el factor económico. No creo que automáticamente mayor equidad o prosperidad vayan a resolver el problema del populismo a lo Trump, pero sí que con las instituciones adecuadas podemos asegurarnos de que su público vuelva a ser una minoría. Para mí, el verdadero peligro es que esta masa creciente, unida a algunos actores del mundo de los negocios que pueden usar estos sentimientos en su favor para conseguir, por ejemplo, rebajas fiscales o desregulación, puedan unirse y formar una mayoría suficiente. Ese es el gran peligro. Ahí comienza el auge del fascismo.

-Volvemos entonces a lo de que algunos problemas no se resuelven, sólo se manejan.

-Exacto. Y también de vuelta a la Ilustración. Nunca vamos a convencer a todo el mundo. Siempre habrá quien crea que el aborto es el asunto político más importante del mundo y apoyará a cualquiera que esté en contra, aunque sea un fascista.

-En una entrevista el año pasado dijo usted que no creía que las redes sociales hubieran cambiado de forma significativa nuestras sociedades. ¿Sigue pensando lo mismo después de Cambridge Analytica?

-Dije aquello en el sentido de que su auge no se ha notado en los indicadores macroeconómicos. Pero tengo muy claro que, sobre todo con la ayuda de la inteligencia artificial, hoy son capaces de destruir la democracia y la economía, porque las compañías más rentables van a ser las que puedan usar el 'big data' y la IA para aprovecharse de su conocimiento de los individuos. Sus beneficios no provendrán de hacer un producto mejor, sino de averiguar si un cliente está dispuesto a pagar más que otro por el mismo.

-Es una forma de poder apoyada en la asimetría de información.

-Exacto. Extraen plusvalía de los consumidores. Beneficio no a través de mejores productos, sino de la explotación del cliente.

-¿Cómo ve el movimiento político italiano? ¿Depende el futuro de Europa todavía de Alemania?

-Sí, por desgracia. Porque el problema fundamental del euro no ha cambiado. Le quita a los países la capacidad de ajustar los tipos de cambio y los tipos de interés. Además se impusieron restricciones muy fuertes en términos de déficit, y Alemania insistió en un modelo de ajuste basado en la devaluación interna de los países pobres más que en estimular la inflación en los ricos. Este sistema de respuesta asimétrica es devastador. Que Alemania dictamine las reglas para todos los países no es democrático ni funcional. Cuando escribí el libro el problema migratorio en Europa estaba empezando, pero creo que la misma asimetría se ha visto en el manejo de esta crisis. La Convención de Dublín impuso cargas más fuertes a países que ya estaban en una peor situación para asumirlas, como Italia o Grecia. Nadie con un cierto sentido de la justicia social diría que esa es la manera adecuada de estar en una unión. Expone una dimensión distinta de la debilidad del diseño democrático de la UE. Y estoy convencido de que esa situación ha alimentado el sentimiento antieuropeo en Italia. Renzi cayó en esa trampa y Monti en cierto sentido también. Aseguraron que si hacían las cosas según los deseos de Alemania, Merkel les dejaría espacio para respirar. Pero eso nunca ocurrió.