Cervantes y su descubrimiento de la primera cirujana española

Cervantes y su descubrimiento de la primera cirujana española
JESÚS LENS

Termina septiembre de 1594 cuando entra en Alhama de Granada un recaudador de impuestos apellidado Cervantes, de nombre Miguel. Viene de Vélez-Málaga y su plan es seguir camino de Loja y Granada. Un mes después hará el camino de vuelta y, al final de su recorrido por Andalucía, los descuadres en las cuentas darán con sus huesos en la cárcel de Sevilla. Pero eso no nos interesa ahora mismo, que hoy vamos a hablar de una mujer.

JESÚS LENSALHAMA DE GRANADA

Mi nombre es Cenotia, soy natural de España, nacida y criada en Alhama, ciudad del reino de Granada; conocida por mi nombre en todas las Españas, y aun entre otros muchos... Has de saber ansimismo que en aquella ciudad de Alhama siempre ha habido alguna mujer de mi nombre, la cual con el apellido de Cenotia hereda esta ciencia, que no nos enseña a ser hechiceras, como algunos nos llaman, sino a ser encantadoras y magas, nombres que nos vienen mas al propio«.

No es tan conocida como el Quijote, pero «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», la obra póstuma de Cervantes, es una novela de viajes cuyos protagonistas viven mil y una peripecias y tienen encuentros de lo más singular. Con la maga Cenotia, por ejemplo, expulsada de España por la Inquisición y convertida en encantadora de fortuna.

Volvamos a 1594 y dejemos volar la imaginación. Supongamos que, cansado por el traqueteo del viaje y después de tomar habitación en la posada, Cervantes entra en alguno de los mesones de lo que hoy es la Plaza de la Constitución. En El Tigre, Casa Ochoa, La Placeta o el Andaluz, por ejemplo. Pide un vino de la tierra y empieza a pegar la hebra con el mesonero y con algún otro parroquiano. La conversación empieza por el fresco que ha entrado de golpe y con las quejas por lo mal que están los caminos, dejados de la mano de Dios.

Los contertulios siguen hablando de lo cara que está la vida y alguien cuenta un chascarrillo sobre un torero de moda. Entonces, cuando la plática languidece y Cervantes amaga con irse a dormir, el mesonero le pregunta si conoce la historia de Eleno de Céspedes, un alhameño famoso. Quiere retener al cliente un poco más, que siga bebiendo, que se nota que la bolsa sona...

-¿Eleno? ¿Qué clase de nombre es Eleno?- preguntará Cervantes.

Y el mesonero le contará la historia de una niña llamada Elena, nacida extramaritalmente de una esclava africana en 1545. Liberada a los ocho años, aprendió distintos oficios y, tras un matrimonio fracasado en la adolescencia, dejó su casa y viajó por toda Andalucía. Fue entonces cuando empezó a vestirse de hombre. Se alistó como soldado y luchó contra los moriscos en la Rebelión de la Alpujarra, donde se descubrió su pericia como sanitario.

-¿Sanitario?

Sanitario, efectivamente: a esas alturas de su vida, Elena había cambiado su nombre por Eleno y hacía todo lo posible -y hasta lo imposible- por pasar por hombre.

Finalizada la contienda, Eleno se instaló en Madrid y, a la vez que ejercía por su cuenta, se formaba para ser cirujano. Culminó sus estudios, aprobó el examen correspondiente y consiguió su licencia. De esta forma, Elena de Céspedes se convirtió en la primera cirujana española en la historia de la medicina... aunque tuviera que mentir para ello.

Para acallar rumores y maledicencias, Eleno se desposó con María del Caño, pero un año después fue denunciado por un antiguo compañero de armas. El matrimonio fue apresado en Ocaña y sometido a juicio por la Santa Inquisición, cuyo proceso está documentado en un legajo de más de 300 páginas cuyo nivel de detalle resulta estremecedor: Eleno se había comprimido los senos de tal manera y había forzado su sexo con tales artes -se habla incluso de obturación de vagina y de una supuesta autoimplantación del pene de un cadáver, aprovechando sus conocimientos en cirugía- que sufría severas malformaciones en su cuerpo.

Condenada a 200 azotes y a 10 años de reclusión en un hospital -en cuya enfermería trabajó gratis ese tiempo- Elena de Céspedes se convirtió en toda una celebridad, por lo que no es de extrañar que Cervantes la usara como inspiración para su Cenotia, tal y como reza la placa situada en un muro de Alhama de Granada, paradójicamente situada a escasos metros de la Casa de la Inquisición.

Nos encontramos en una ciudad majestuosa en el más amplio sentido de la expresión. Para empezar a descubrirla hay que tirar por el camino de tierra que sale a la izquierda del puente sobre el río Alhama. De inmediato nos encontramos con el -supuesto- Puente Romano del siglo I, cuyo estado de abandono le confiere la melancólica autenticidad que tanto nos gusta a los amantes de las ruinas y las antigüedades.

También visitamos el Balneario, aunque no para tomar las aguas, precisamente: en sus instalaciones se conserva el antiguo Baño Árabe de origen andalusí, citado en sus crónicas por el mítico viajero Ibn Batuta.

Ya dentro de Alhama, hay un lugar especialmente interesante por la repercusión que su trazado tuvo en la arquitectura y el urbanismo de los siglos posteriores, tanto en España como en América: la plaza tendida frente a la Iglesia de la Encarnación -la antigua Mezquita Mayor- consagrada por orden de los Reyes Católicos en 1482.

Además de convertir la Mezquita en Iglesia -aviso para navegantes- en su entorno más cercano se situaron los centros del poder administrativo, judicial y fiscal de los cristianos: el pósito, la cárcel y las residencias del Conde de Tendilla y del Gran Capitán; todos ellos a tiro de piedra. Un golpe de autoridad de los monarcas cristianos para dejar claro cómo se iba a gobernar el reino a partir de entonces: con mano de hierro y de forma centralizada.

No podemos dejar Alhama sin beber del Caño Wamba y sin asomarnos a sus majestuosos Tajos. Entonces y solo entonces partimos camino de Montefrío, para continuar con esta escapada por el Poniente granadino.

 

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