El palco del poder

El palco del poder

El Real está de moda. Los banqueros, empresarios y ‘celebrities’ más influyentes se dan cita en los estrenos del primer teatro lírico del país, que ha arrebatado el trono al palco del Bernabéu. El coliseo esconde mucho más de lo que muestra. Incluido un fantasma

ZURIÑE ORTIZ DE LATIERRO

La duquesa de Alba se enfadó por un apretón. Sus 46 títulos nobiliarios no sirvieron de nada cuando después de visitar el baño intentó volver a su butaca, de 364 euros los días de estreno. Las normas son iguales pagues 11 en el gallinero o disfrutes de uno de los mejores abonos en la zona de los pares de entresuelo, como era el caso. Si sales en medio de la función, no entras. Y Cayetana no volvió jamás. Es cierto que la ofendidísima aristócrata era más de salves rocieras que de Wagner, pero también que había elegido el Teatro Real como escenario para la puesta de largo en Madrid de su noviazgo con Alfonso Díez. Como esta temporada lo ha sido de la pareja del momento: Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa, las manos inseparables, se presentaron ante la sociedad madrileña, y de los Reyes, en el estreno de la ópera Roberto Devereux, de Donizetti.

El premio Nobel, entusiasta del arte de las emociones por excelencia, preside el consejo asesor del primer liceo lírico del país, una persona muy querida en la casa «porque siempre ha colaborado en todo lo que le hemos pedido y nunca ha reclamado nada a cambio», se derriten en la oficina de prensa. Pero si le da un apretón como a la duquesa, se quedará en el pasillo. Los únicos que se libran son los monarcas: el saloncito grosella que precede a su palco a ver si les levantan un poco los asientos, que están tan hundidos que doña Letizia difícilmente ve la orquesta esconde un retrete rodeado de moqueta. Y aquí no accede nadie. «Ni Alicia Koplowitz, por muy importante que sea», subraya un técnico. Además, si abrieran la puerta del reservado real a las celebrities, habría tortas. El Real «está de moda», venden en el departamento de eventos, y no es solo un eslogan.

En la celebración de su doble aniversario bicentenario de su creación y veinte años de su reapertura, este mastodonte triste de factura neoclásica y forma de ataúd ha conseguido convertirse en el epicentro del poder, concentrando en sus estrenos a las personas más influyentes y ricas del país. No hay evento programado en España con semejante proporción de poderío.

Millonaria y desconocida

En esto tiene bastante que ver el presidente del patronato, Gregorio Marañón, nieto del médico universal. El que fuera director del Banco Urquijo, presidente de Banif y miembro de los consejos de administración de cinco de las principales empresas cotizadas en la Bolsa española ha sabido implicar en los diferentes órganos del Real a los presidentes del BBVA y La Caixa, Francisco González e Isidro Fainé; a los número uno de empresones como Repsol, Indra, Abertis, Iberia, Altadis o Enagás; a José Manuel Durão Barroso, expresidente de la Comisión Europea; a uno de los principales herederos del imperio Rockefeller; al duque de Alba; o a Helena Revoredo de Gut, una de las mujeres más ricas y desconocidas de España.

Esta dama, presidenta de Prosegur 158.000 empleados en todo el mundo, lidera el consejo internacional del teatro. Con un patrimonio personal estimado de 1.900 millones de euros, tiene butaca cerca de Alfonso Cortina de Alcocer, expresidente de Repsol y bastante más discreto que su hermano y su primo (Los Albertos). No muy lejos disfruta de la ópera José Lladó, otro Midas que ama el arte. Consejero de importantes empresas nacionales, es el fundador de Técnicas Reunidas y fue el primer presidente del patronato del Museo Reina Sofía.

«Estamos en una época de resurgimiento, de aparentar, aquí viene la gente a hacer negocios y me parece bien. Lo que no me gusta es que el Real se termine politizando. Ni que se pierda el respeto al escenario. La gente se sienta en el decorado, hace fotos... Lo siento, pero no. No me va esa manera de actuar de algunos nuevos vips con sus novias», ametralla Ovidio Ceñera, jefe de sastrería y caracterización.

Todo empezó con Fernando VII, que en 1817 ordenó el diseño de un teatro de la ópera donde se encontraba el teatro de los Caños del Peral, que se tiró. Problemas técnicos y económicos suspendieron las obras durante los años veinte y treinta del siglo XIX. El edificio inacabado se usó como salón de baile, almacén de pólvora y cuartel. En 1850 se estrenó como ópera y se cerró en 1925 por su mal estado. En 1966 se reinauguró como sala de conciertos. Tres años más tarde, acogió el Festival de Eurovisión, con un decorado de Dalí. En 1984 se empieza a trabajar en su reconversión en salón de ópera. Se reabrió en 1997.

10%

ha subido su presupuesto, respecto a 2015. En total, 48,1 millones de euros. El Estado aporta 13,6. La previsión de ingresos por actividades propias es de 22,7. De patrocinio, 11,8.

Los chollos

Los hay. En el trienio conmemorativo del bicentenario (2016, 2017 y 2018) habrá 200 abonos con descuentos del 80% para menores de 30 años y del 60% para los menores de 35. Además, saldrán 70.000 entradas de ópera y danza entre los 11 y los 65 euros. Y 10.400 localidades de conciertos de cámara y 8.700 de ópera con precios entre los 9 y los 12 euros. También hay un 60% de descuento en las entradas de los últimos minutos para jóvenes de 30 a 35 años.

El cuore está abonado

Sus salones se han convertido en el escenario de publicaciones y empresas para celebrar premios y aniversarios. Tras un verano difícil por su reciente divorcio, la modelo Nieves Álvarez reapareció espléndida en un evento en el Real en diciembre. La baronesa Thyssen, Helen Lindes, Carmen Lomana, Eugenia Martínez de Irujo, Genoveva Casanova, Nati Abascal y ahora Isabel Preysler reinan por sus pasillos.

De 007 a Rod Stewart

El primer teatro lírico del país se abre cada vez más a nuevos estilos. Si el verano pasado Elton John llenó el aforo, este lo hará con toda probabilidad Rod Stewart, que cantará el 5 de julio. El estreno de Spectre, la última entrega de James Bond, no se pareció a ninguno de los vistos hasta ahora en la capital. Los empleados del coliseo no han olvidado «la simpatía y belleza» de Monica Bellucci.

Empresarios y políticos

Aznar, Zapatero y Rajoy, y varios de sus ministros, se sientan con cierta asiduidad en el Real, rodeados de los empresarios más potentes. Hay patronos como Juan Miguel Villar Mir y protectores como Isidro Fainé o Francisco González. Los expresidentes de la comunidad de Madrid son patronos de honor. Aunque lo de Alberto Ruiz-Gallardón es auténtica pasión. Aquí le pidió la mano a su mujer.

Con 38 profesionales fijos antes de la crisis fueron 75 es el segundo departamento más importante del coliseo, por detrás del de maquinaria. En el taller una gigantesca mesa blanca rodeada de máquinas de coser, baldas, cada hilo en su sitio suena Paul Young. La atmósfera es suave como los pasos de las recién maquilladas chicas flor de Parsifal, la ópera en cartel. Cuatro horas de Wagner y otras muchas de trabajo para este departamento que después de cada función lava y plancha toda la ropa que han cosido sus manos. «Trabajamos con ilusión, nos implicamos a tope. La crisis nos ha pasado un poco por encima. Nos han quitado los vales de la cantina, pero no nos podemos quejar. Yo he trabajado en muchos otros teatros nacionales y éste es el único que se ha puesto las pilas», defiende el exquisito Ceñera.

Este hombre pulcro, jean y camiseta azul marno, y que iba para actor es una autoridad en la zona privada del edificio, laberinto mágico de 22 plantas, 8 subterráneas, con pasillos grises bañados en luces acuáticas. Hay camerinos, salas de ensayo, talleres de costura, de tinte, zapatería, un salón donde se elaboran pelucas de cabello natural, un almacén de telas bordadas por hombres y mujeres que saben lo que hacen. Es el corazón del Real, vetado a las celebrities. A la reina de todas ellas le encantaría merodear por el territorio de Ovidio. Pero Nati Abascal se debe conformar con aletear su charme por las maderas brillantes y balaustradas doradas de trasatlántico setentero que decoran el área pública de este monstruo.

El salón Arrieta, 130 metros cuadros de terciopelos verdes y tapices de los siglos XVII y XVIII, es el favorito de esta estilista sevillana. Aquí, los clientes con pocas ganas de mostrar su hogar hacen las entrevistas del cuore en ese ambiente fastuoso donde tan cómoda se mueve la exduquesa de Feria. «Ella busca lugares para hacer fotos, pero a mí no me pide ayuda. Me negaría, no me gusta eso, no me interesa», remacha Ceñera.

Los hay tapizados en salmón con pinturas de reyes españoles, y granates como el Vergara, con una poderosa consola del XVIII y óleos del XIX, cedidos por el Museo del Prado Juan José Zapater, Luis Larmig, Antonio García Mencía. En los salones del Real ahora se celebran juntas de accionistas, presentaciones, almuerzos. Aunque lo más es cenar en pleno escenario. «Se reserva con un año de antelación. Esta es la casa de los patrocinadores, pero también hacemos actividades para gente de empresa que no conoce el teatro. Ven el espectáculo, toman una copa de champán, alternan aquí. No es algo rancio, antiguo. Lo estamos abriendo a varios ámbitos», resumen Lucía Los Arcos, directora adjunta de Patrocinio, y Ana Serrano, de Eventos.

¡¡¡Pero por favooor, silencioooo!!!

El manager de Ara Malikian interrumpe la conversación. A un par de gigantescas alfombras, la estrella del violín antes de convertirse en un fenómeno popular tocó siete años en el foso de este teatro graba una entrevista para la televisión en una de las salas alquilables, la Rotonda Goya. Le molesta el más leve susurro. O eso dice su asistente. En el Real se gestionan los ingresos y las vanidades con la misma delicadeza.

Refugiados en el silencio del gallinero, una se pregunta por qué la entrada es 35 veces más barata que abajo si la acústica es similar, se domina el escenario y el suelo de madera está igual de arañado. «En la zona premium las ocho filas centrales del patio de butacas es donde mejor te ven», aclara un técnico de la casa. La entrada ahí cuesta 382 euros los días de estreno, 16 euros más que en las dos primeras hileras de los palcos que la rodean.

Rato ya no va

En ambas áreas brilla la gente guapa, influyente: la modelo Eugenia Silva; Alejandro Sanz; Carlos Falcó, marqués de Griñón; el naviero Fernando Fernández Tapias y su esposa, Nuria González, que también se atreve con espectáculos más arriesgados y público alternativo; el empresario fundador de los Vips, Plácido Arango; Paloma OShea, mecenas y viuda de Emilio Botín; Elena Ochoa, lady Foster; Blanca Suelves, duquesa de Alburquerque; Alicia Koplowitz, marquesa de Bellavista... Rodrigo Rato, expatrono y ex de casi todo, ha dejado de asomarse al escaparate más rutilante del país por vergüenza. Otros, por fuerza mayor, como Gerardo Díaz Ferrán, en prisión desde 2012. El expresidente de la patronal española fue apresado horas después de que viera Macbeth desde su mullido palco.

«El Teatro Real es el sitio en el que hay que estar. Es más selecto que el palco del Real Madrid, donde ya hay gente de todo tipo. Pero en este teatro, no. Aquí intercambias informaciones, te relaciones al más alto nivel. Es una combinación de alta cultura con cierta frivolidad de la moda, necesaria, parece, para que sea rentable», coinciden destacados empresarios asiduos a esta ópera.

Pedro Almodóvar, Miguel Bosé, Nuria Espert o Eva Amaral son más de asistir a los ensayos generales que de dejarse ver en los estrenos de cada temporada. Javier Cámara, otro apasionado, va cuando puede. Y el humorista Luis Piedrahita tiene abono. Es de los que le interesa realmente lo que pasa al otro lado del telón, en ese vano gigantesco donde cabe el edificio de Telefónica de la Gran Vía y a Bisbal le entró miedo escénico.

Al personal del Real le falta poco para registrar los bolsillos de los visitantes que acceden a la parte más alta de la caja escénica, desde donde se comprende el manejo del sistema hidráulico de plataformas móviles que facilitan dos montajes simultáneos. «Si se cayera una simple moneda se podría causar un daño importante a la gente que trabaja en el escenario», justifica un técnico.

Con el boli y el cuaderno agarrados como si fueran lo último que quedara en este mundo, la respiración contenida, cruzamos la plataforma de rejilla desde la que se mueven los elementos del decorado. Grúas, poleas, focos, telones, una lluvia hirviente de cables de acero, toda la tramoya suspendida a lo largo de treinta metros de sombras. Se oye un leve rumor de pisadas... ¿Habrá también un fantasma? «¡Lo tenemos! El arquitecto que dirigía la reforma del edificio como sala de ópera murió aquí de un infarto», recuerda un asesor de prensa. El pobre José Manuel González Valcárcel dio aquí su último suspiro a los 79 años, rodeado de críticos musicales y responsables del Ministerio de Cultura que en aquel enero de 1992 visitaban las obras. Llevaba más de cuatro décadas trabajando en proyectos relacionados con el teatro que tanto soñó.

El Real oculta mucho más de lo que muestra. De sus 65.000 metros cuadrados, el patio de butacas ocupa solo 419. Lo corona una araña de cristal de La Granja que en 1995, dos años antes de su reapertura, se desplomó sobre esas butacas donde hoy se sientan embajadores, millonarios y las reinas del couché: 2.700 kilos en caída libre. La sala estaba vacía y la lámpara se restauró para la reinauguración del edificio en 1997. Al comienzo del espectáculo, «bajó y subió unas tres o cuatro veces, haciendo tintinear sus luces como demostrando su poder sobre el auditorio», recogen las crónicas de entonces.

Lo que no se ha contado nunca es el susto que les dio María Bayo «excelente en el trato», concede Ovidio Ceñera cuando se rajó la frente con la puerta de un coche en pleno escenario y, «pese a ello, cantó todo lo que tuvo que cantar, aguantando la sangre con una mano sobre la cara».

La leyenda de la reina Sofía

El jefe de vestuario se lleva mejor con los divos que con ricachones de nuevo paño «que se sientan encima de mesas con siglos de historia cuando se toman una copa». Las estrellas del bel canto «ya no son lo que eran, cuando te tiraban cosas a la cara. La gente ahora es más normal». Por si acaso los miman: «Procuramos que siempre los vista el mismo profesional. No puede ser que te vean el trasero cuatro personas diferentes».

Rosa María Caballero es la responsable de caracterización, «la antesala donde amansamos a las fieras». Su equipo teje cabello a cabello peluca que luego las reclaman en la ópera de Sídney. Fabrican orejas, narices, hacen desaparecer tatuajes como los del bajo barítono Evgeny Nikitin, marcado hasta los dedos de las manos, que interpreta a Klingsor en Parsifal. En estos talleres se escuchan risas, radios, gritos, algún martillazo. En el camerino, las maquilladoras callan, escuchan. «Cuando tienes en tus manos a los grandes, sin focos, muchos se derrumban. Llevan unas vidas difíciles, aunque ganen mucho dinero».

Ellas son las que mejor conocen lo que ocurre en el Real, todas sus leyendas. La de la reina Sofía les gusta bastante. Gran aficionada a la música, cuentan que entra al teatro por la discreta puerta de artistas y se escabulle en el proscenio, los palcos sobre el escenario donde nadie te ve. A su melómana majestad le sobra todo lo demás.

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