Sebastián, cañas y barro

El candidato a la alcaldía de Granada por el PP, Sebastián Pérez, pinta una de las figuritas de barro del maestro Jiménez Mariscal/ALFREDO AGUILAR
El candidato a la alcaldía de Granada por el PP, Sebastián Pérez, pinta una de las figuritas de barro del maestro Jiménez Mariscal / ALFREDO AGUILAR

El candidato del PP pinta figuritas con el maestro Jiménez Mariscal para relajarse y entrenar la paciencia

CARLOS MORÁNGranada

Embarrar el campo, o en su caso, la campaña electoral, es sinónimo de golpes bajos, patadas en la espinilla, garrotazos en plan pintura negra de Goya, alevosía… Pero también hay excepciones. Para estar en su salsa, Sebastián Pérez (El Realejo, 1965), el candidato a alcalde del PP, ha elegido los barros granadinos del artista y artesano Jesús Jiménez Mariscal, que utiliza el lodo para modelar 'figuricas' de un realismo que conduce directamente a la infancia.

Para llegar hasta el taller del maestro hay que subir el Paseo de los Tristes, que es la calle más bonita y menos triste del mundo. Los turistas elevan sus cámaras por encima de sus cabezas para no perderse nada. Usan los dos brazos. Parecen futbolistas levantando una copa. El interés por el entorno es natural: nada más dejar atrás Plaza Nueva, el caminante pasa como por arte de birlibirloque (y también por el peso de las civilizaciones y tal) de una ciudad a un pueblo de cuento de hadas. La belleza de 'Graná' entra aquí a degüello. El río Darro, los adoquines, la sombra, la Alhambra en todo lo alto y la cuesta… que tiene la inclinación justa para quemar colesterol sin perder el resuello.

El tema se empina más al doblar hacia la calle Zafra, que es donde aguarda el candidato. Más o menos hacia el final, para ser exactos. Los periodistas piensan en las escaleras mecánicas que ha prometido Sebastián y las echan de menos, si es que se puede añorar algo que no existe.

También especulan sobre cómo sería celebrar un mitin en un pasadizo tan angosto…

Pero no hay tiempo para desbarrar más porque ya han alcanzado el 'atelier' –como dicen los cursis– del escultor de barros, valga la redundancia.

Atravesar la puerta y sumergirse en un tiempo pretérito es todo uno. Hay una mesa grande sobre la que reposa un bodegón de estatuillas, pinturas, pinceles… Es una esquina, suena un 'loro', que es como se llamaba a los extintos 'radiocassetes'. Es de tamaño XL. Ya no se fabrican aparatos así. Es un tiranosaurio de la técnica, un artefacto que nació sin el maldito gen de la obsolescencia programada, que es el que mata los cacharros cuando apenas han superado la infancia.

El 'loro', a pesar de su antigüedad, es la única concesión a la modernidad que hay en el taller de Jesús y su hijo Héctor, el penúltimo y el último mohicano, en palabras de Sebastián. «Son los únicos que quedan. Lo que ellos hacen, ya no lo hace nadie. Y aquí no hay 'iphones' ni cobertura ni nada de eso», avisa el candidato, mientras picotea con un pincel una figura de una gitana.

La primera vez que decoró una obra fraguada en el horno de los Jiménez Mariscal (una estirpe que inauguró el abuelo a principios del siglo pasado) tenía ocho o nueve años. «Era una jarra y la pinté de azul PP. Es que la cabra ya tiraba al monte. Todavía la conservo», cuela Sebastián con habilidad un mensaje electoral en una crónica que pretende ser apolíticamente correcta.

Fue su padre, Sebastián Pérez Linares, quien lo llevó de la mano hasta la casa de los artesanos. «Era un enamorado de estos oficios. También visitaba a un hojalatero y a otro paisano que trabajaba el cobre de maravilla, ¿te acuerdas?», pregunta el candidato a Jesús Jiménez Mariscal. Y claro que se acuerda de aquella Granada en la que a los vecinos se les conocía por el mote y 'el internet' ni siquiera era una quimera.

Un pedazo de esa 'ciudad-pueblo' aún pervive en la calle Zafra. Y allí se refugia Sebastián cuando le invade la taquicardia de la política. «Esto es mejor que el 'lexatín' o cualquier fármaco. Tienes que entrenar la paciencia», refiere.

A su alrededor, varias miniaturas de chorrojumos –el legendario gitano 'granaíno'– y bandoleros le observan empuñando sus bocardas. «Mucho trabuco hay aquí», reflexiona Sebastián.

Luego se entromete en la reunión una entretenida conversación sobre las pobladas patillas (el diminutivo no les hace justicia) de los salteadores de caminos tipo Curro Jiménez y, vaya usted a saber por qué, el coloquio deriva hacia la posibilidad de viajar a Turquía para repoblar con pelazo otomano las cabezas devastadas por la alopecia (del candidato y de los periodistas). «¡Qué va, allí te hacen una carnicería y vuelves igual de calvo! Nadie da pelos a dos pesetas», rechaza el aspirante.

Al final, lo barato es caro. Pero se está imponiendo. Y a Sebastián le da pena. «¿Sabes dónde está el mayor taller de taracea del mundo? En Pekín».

La campaña, o sea, la realidad, le requiere, pero aún tiene tiempo de echarse una caña con el maestro Jiménez Mariscal. Y por eso el retrato se titula 'Sebastián, cañas y barro'. Todo cuadra.

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