MOTOCICLISMO

El 1.000 Dunas Raid concluye entre lágrimas de emoción

Llegada de los pilotos a Cenes de la Vega./RAMÓN L. PÉREZ
Llegada de los pilotos a Cenes de la Vega. / RAMÓN L. PÉREZ

Los pilotos llegaron al mediodía a Cenes de la Vega tras cinco etapas en el desierto marroquí bajo condiciones extremas

JOSÉ IGNACIO CEJUDO GRANADA.

Hay experiencias en la vida que pueden cambiarla por completo. Es lo que han vivido los 21 pilotos del 1.000 Dunas Raid durante esta semana en el desierto marroquí. Cinco etapas de sufrimiento y de diversión, de calor y de frío, de pesar y de euforia. La primera edición de esta nueva propuesta en el mundo de los 'raids' abanderada por el granadino Miguel Puertas como organizador y director de carrera, o jefe de equipo como lo terminaron llamando los participantes, tuvo ayer su clausura con un fin de fiesta muy emocionante en Cenes de la Vega. Lágrimas, abrazos, besos. Las familias recibieron a sus héroes como lo que son, auténticos supervivientes y aventureros.

Los pilotos llegaron ayer al mediodía a Cenes de la Vega tras haber alcanzado el Puerto de Almería con algo de retraso por el oleaje esa misma mañana. Desde allí completaron la última etapa con el enlace Almería-Castell de Ferro de 90 kilómetros y un segundo sector cronometrado de 120 kilómetros hasta la capital. A su entrada en el municipio, junto al río Genil, se les sumó una comitiva de la escuela TrialFactory de niños de entre seis y ocho años, pequeños entusiastas del motor. Alguno, desde que lo supo, ni pudo pegar ojo. Ya junto al polideportivo les esperaban sus amigos y familiares en línea de meta, que emocionados al verlos aparecer y quitarse el casco saltaron a sus brazos para comérselos a besos. Brotaron las lágrimas incluso entre los meros curiosos. Fue conmovedor. También dejó alguna imagen para el recuerdo, como el piloto que nada más bajarse de la moto se dispuso a dar el biberón a su hijo.

Entre los más desconsolados, el granadino Luis Linares, roto en lágrimas todo lo alto y grande que es. Lo esperaba su numerosa familia. «El objetivo era terminar y aquí estamos, aunque hubo días en los que fue duro pensar que volveríamos. He aprendido que mi límite está más allá de lo que yo pensaba, al segundo día quería volverme a casa», reconocía, aliviado. «Ha sido un suplicio querido, no he hecho nada tan duro en mi vida. Calor, frío, dormir mal, todo el día sobre la moto... pero hemos sido un equipo y ha habido días malos para todos», describía Luis Linares, todavía deshecho al ver a sus familiares. Una de las primeras cosas que hizo fue agarrar el teléfono móvil. Le llamaba su hermano. «Querría haber venido... pero no pudo ser. El año que viene vendrá», se lamentaba sofocando el llanto. «Estábamos preocupados y yo soy un poco 'miedica', seguíamos las redes porque no podíamos hablar con él. Hasta que no se montaron en el barco de vuelta no estuvimos tranquilos. Mi padre no llora mucho y se le han saltado las lágrimas. Es mi héroe, un hombre hecho para estas cosas», expresaba su hija Andrea.

Esencia familiar

La palabra más repetida por todos aquellos que han hecho posible este primer 1.000 Dunas Raid era 'familia'. Convivieron, profesionales y amateurs, con un hermanamiento absoluto que ahora les une por siempre. Se apreciaba la pena en la despedida. El alma máter de la prueba, Miguel Puertas, señalaba que «lo que más me ha impresionado es la ilusión de los participantes por intentar superarse, que era lo que buscábamos». «Ha habido solidaridad y compañerismo en una prueba muy dura y lenta. Lo van a recordar durante toda su vida», defendía.

En lo meramente competitivo, lo de menos en definitiva, la prueba concluyó con empate a todo entre Marc Solà y Dani Oliveras. «La prueba recupera la esencia africana del Dakar de hacerte tú la moto y fomenta la unión entre pilotos», valoraba Oliveras. «Estoy seguro de que se va a animar mucha más gente el año que viene, es muy buena prueba», apuntaba Solà. Así sea.

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