Fernando Hierro, el viejo líbero de cáscara dura

Fernando Hierro, en un partido con la selección en 1997./Efe
Fernando Hierro, en un partido con la selección en 1997. / Efe

«Es un hombre increíble, tiene un corazón que no le cabe en el cuerpo», aseguran desde la Federación española

César García Granero
CÉSAR GARCÍA GRANEROMurcia

Por primera vez no podrá responder a todos los 'whatsapp' que le han llegado, como a él le gusta, en un momento en que su móvil está seguro en 'hora punta'. Y es que Fernando Hierro, con fama de solícito entre sus más avecindados, esconde un fondo afable bajo una cáscara dura, sólida, coriácea. Así lo confirman sus palabras del pasado febrero: «Con los jugadores hay que ser cariñoso». Y así lo confirmó Ramos cuando se enteró de que iba a ser director deportivo: «Si viene Fernando, sabe de sobra lo que necesita el futbolista», dijo en noviembre. Y así lo confirma una anécdota del 11 de julio del año 2010, la noche en que España ganó el Mundial, cuando en unos pocos minutos, en el clamoreo y el fragor del triunfo, y entre besos y abrazos, había contestado al ramal de mensajes y felicitaciones que le atestaban el móvil.

«Es un hombre increíble, tiene un corazón que no le cabe en el cuerpo», dicen en la Federación los que conocen a Fernando Hierro (Málaga, 1968), aquel chico de Vélez que se sacaba unos duros en un taller de automóviles y que no cuajó en las bases del Málaga porque les pareció esmirriado y enclenque. Pero se hizo un hueco en Valladolid a la diestra de su hermano Manolo y de la mano de Vicente Cantatore, de donde pasó al Madrid, para prestigiar su currículum con cuatro Ligas y tres Champions, entre otros trofeos. Fue allí donde se convirtió en un defensa con pretensiones, en un líbero al que le gustaba menudear más cerca de la puerta contraria que de la suya. No es por casualidad que en 2001 hiciera trizas la marca de 100 goles con el Madrid. Ya antes Maradona había dicho que Hierro era «el mejor de España».

Así es el nuevo seleccionador, un técnico con mejor cartel en la profesión que fuera, donde le persigue una reputación de huraño y destemplado que no tiene entre los futbolistas ni su entorno. El propio Lopetegui ha mantenido un contacto estrecho con su predecesor, sabedor de su papel descollante como terciador, para torear antagonismos y crear una atmósfera amable entre el césped y la moqueta, entre el campo y los despachos. «Sabe hablar con los de arriba», lo resume Ramos.

O, más que huraño, distante, una fama que le viene quizá de su poca exposición a los medios, sobre todo en su etapa como jugador, cuando apenas concedía entrevistas. Es difícil, de hecho, rastrillar en su vida más íntima, que tiene bien encofrada. El hijo de Manuel y Remedios, cuyo amor por el fútbol le viene de una familia de jugadores, está casado y tiene dos hijos, Álvaro y Claudia, que visitan el papel cuché con una frecuencia de la que bien se guardó su padre, que siempre echó la cortina para hablar de sí mismo. Y es a través de Sonia, su mujer, que se sabe que le pirran el flamenco y la cocina, pero poco más.

Jugador blanco catorce años, llegó al Madrid en 1989 con Ramón Mendoza de presidente y después de desestimar al Atlético. De entonces se cuenta que Jesús Gil mandó hacer 70.000 relojes para sus socios con la inscripción 'Regalo de Don Ramón', porque los había pagado con la indemnización que el Madrid tuvo que abonar al Atlético, que ya tenía un acuerdo cerrado con el Valladolid, donde Hierro jugaba entonces. En la embocadura de su carrera fue también futbolista del Al Rayyan de Qatar y del Bolton Wanderers inglés, donde echó la persiana a su etapa en activo.

«Mi vida es el fútbol», dijo alguna vez, y al fútbol ha seguido articulada cuando el balón dejó de rodar, porque nunca se apartó del oficio, pespunteando su currículum con una primera etapa como director deportivo, la más honorable de la selección, con una de sus tres Eurocopas y el Mundial, y como director deportivo del Málaga y otra vez de la selección desde el año pasado. También fue entrenador del Oviedo, en su único paso por los banquillos hasta Rusia, donde este viernes se estrenará como seleccionador para timonear un buque que bien conoce, aunque nunca tan a pie de campo. «La selección tiene que ser una fiesta», dijo en febrero con el tacto que le precede. Es el momento de comprobarlo.

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