«Me fui del Albaicín porque ahí ya no se puede vivir»

Turistas en la capital granadina el pasado puente de mayo./RAMÓN L. PÉREZ
Turistas en la capital granadina el pasado puente de mayo. / RAMÓN L. PÉREZ

Vecinos de los barrios más turísticos de la capital alertan del riesgo de que se queden sin habitantes fijos y la zona se convierta en un «museo sin vida»

Juanjo Cerero
JUANJO CEREROGranada

Álvaro Moral, investigador en temas de urbanismo de 39 años, decidió el pasado agosto marcharse del Albaicín tras ser vecino del barrio desde 1998. Harto, asegura, del turismo de masas. Ramón Alcaraz y Belén López, miembros de la Asociación de Vecinos del Albaicín que residen en el entorno de la Carrera del Darro, también se lo están planteando. «A veces, vivir aquí llega a ser insoportable. Es muy trabajoso», dice Belén, que se queja de la progresiva desaparición del comercio local y del tejido vecinal en favor de unos servicios que sólo son útiles para el colectivo turístico. Una protesta que comparte también Álvaro.

Los vecinos del barrio que han hablado con IDEAL coinciden en señalar que el efecto del colapso turístico en la zona no es nuevo, pero se ha agravado en los últimos años. Ramón asegura que, a veces, paseando por el entorno de su casa, llega a sentirse «invasor en su propio espacio».

Muchos de ellos coinciden, además, en que el proceso de 'turistificación' «salvaje» no es una sorpresa. Álvaro Moral asegura que «se sabía que esto iba a ocurrir y se hizo todo lo posible por que ocurriera» con el dinero europeo del Plan Urban y el plan maestro del Plan Especial de Protección (PEPRI) del Albaicín de 1990, que todavía continúa activo mientras el actual Consistorio trabaja para reformularlo a la vista de la nueva situación del barrio. «El Albaicín ha vivido su propia burbuja inmobiliaria», remacha Moral. Ramón Alcaraz es aún más vehemente en sus apreciaciones:«El vecino aquí molesta. Lo que quieren es que nos vayamos para especular con nuestras viviendas».

Las personas que gestionan apartamentos en el barrio discrepan. Fernando, que lleva dedicándose a este tipo de alojamientos desde 1999, asegura que plataformas como Airbnb han sido una buena noticia para una zona deprimida. «Hasta que empezaron a abrir –los apartamentos–, esto estaba muerto». Le responde Belén López:«El Albaicín ahora está más muerto que nunca. Habrá mucho turista, pero no hay nada de vida».

Otros barrios turísticos, como el Realejo, pasan por procesos similares. El presidente de su Asociación de Vecinos, Alejandro Corral, dice que se empieza a notar una falta de comercio de proximidad, y señala el cambio vivido desde hace apenas quince años, cuando «era difícil ver a un turista por la calle». En su opinión, no se puede calificar como negativa la práctica del alojamiento turístico, pero sí pide que se haga cumplir la legislación contra los que operan sin tener los papeles en regla.

La aldea gala que, de momento, resiste al invasor como en los tebeos de Astérix, es la zona de cuevas del cerro de San Miguel Alto, al lado del Sacromonte. David, que reside en una de ellas junto a su familia desde hace diez años, denuncia la situación que se vive en la zona, aislada de los circuitos turísticos más habituales de la capital. Asegura que los vecinos habituales del barrio viven «en una situación permanente de riesgo de desalojo inminente». Algo que ya se intentó en 2014 y que no funcionó. En su opinión, hay un proceso de criminalización de los vecinos para justificar su desalojo «para recuperar la zona para el turismo». Sostiene que el barrio necesita niños: «Son la única manera de regenerar el barrio».

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