Peña-Toro 'mete ruido' en el Centro Guerrero

Joaquín Peña-Toro, entre una obra propia y otra de Guerrero./J.A.M.
Joaquín Peña-Toro, entre una obra propia y otra de Guerrero. / J.A.M.

El pintor granadino se enfrenta al reto de 'deconstruir' al maestro contemporáneo del color ofreciendo su personal visión de geometrías entre lo abstracto y lo figurativo

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

Dios –según algunos, al menos– creó a los humanos con cinco sentidos para que estos les sacaran el máximo partido. Primero, para sobrevivir. Y luego, para disfrutar. La sinestesia, ese 'cruce' de caminos intelectual que nos descoloca y a la vez nos hace plenamente conscientes, es el leit motiv de 'Ruido blanco', la exposición que el artista plástico granadino Joaquín Peña–Toro (1974) inaugura en el Centro Guerrero esta tarde, y que permanecerá abierta hasta el 22 de septiembre, convirtiéndose, así, en la muestra del verano en la sala de la calle Oficios.

Peña–Toro sucede en el ciclo 'La colección del Centro vista por los artistas' a autores como José Piñar, Paloma Gámez, Andrés Monteagudo y Jesús Zurita, que asumieron antes el reto de colocarse frente a la obra del maestro del color contemporáneo para 'deconstruir' o confrontar su propia visión estética con la de él. Y si Guerrero estuviera vivo, sin duda, disfrutaría mucho con el trabajo de Peña–Toro. Por varias razones: primero, por la auténtica veneración que el artista le demuestra. «Guerrero se caracterizó por apoyar el arte de su momento, y su vuelta a España creó un 'efecto Guerrero' que tuvo gran impacto en la cultura. No es un autor estático, y apoyaría la máxima de que esto es un museo, no un mausoleo».

En segundo lugar, estaría contento por la claridad de conceptos que el pintor expone:«La pintura es una. Lo figurativo o lo abstracto son cuestiones superficiales. Todos los pintores compartimos un lenguaje, y por eso, en esta colección hay imágenes gestuales, el 'grado cero' de la pintura, que se combinan con otras figurativas, conviviendo en los cuadros». Es una ocupación del lienzo con manchas abstractas, acompañada por entornos de todos conocidos, y recuerdos familiares. De este modo, entre las obras podemos encontrar edificios tan reconocibles como el mercado de San Agustín o un peculiar edificio de apartamentos del centro de Almuñécar, otros de Motril, el trampolín de la desaparecida piscina Neptuno, y también maquinaria que recuerda la celebérrima fábrica de chocolate que perteneció a la familia del pintor, gracias a la que generaciones de granadinos se endulzaron la vida.

Heterodoxia

La colocación de las piezas en los cuadros buscan una evocación tridimensional que acarrea cierto desorden, cierta huida de lo establecido, para retar al observador a salir de su zona de confort. En la planta baja, son unos portalámparas recuperados tras la reforma del estudio del pintor o una letra proveniente de un 'kitsch' luminoso las que escapan de la bidimensionalidad, pero en las plantas altas, siguiendo la estela de ruptura del marco que se aprecia en muchas de las obras de Guerrero, son manchas de color que quiebran su estructura o huyen de los límites ortogonales las que marcan una 'pauta desordenada'. La obra sonora 'Acúfenos' de Rubén Jordán, que puede oírse en bucle al llegar con unos auriculares, contribuye a fomentar esa impresión sinestésica de 'armonía desarmonizada' que transmiten las imágenes de la pared.

No es esta una exposición retrospectiva, no es una de media carrera; no ha llegado el momento. Sí se muestran «restos de vida que se van acumulando en capas subsiguientes, acumulaciones materiales que proceden de mi biografía», afirma el artista. Hay piezas de muchas épocas diferentes. «Mi 'Cuenca' es de 2001, y está confrontado con el de Guerrero. Uso un sampleado del fondo para hacer el cielo, tomando prestados sus brochazos. Como en el 'Hung up' de Madonna con el 'Gimme gimme gimme' de Abba», comenta el autor entre risas. También hay 'rimas formales' que conectan masas figurativas con masas de color de un autor y de otro. En total, son una veintena de obras de Peña–Toro, donde se mezclan polípticos y diversos formatos con grabados realizados por el experto Christian Walter, en la más pura línea de romper esquemas propuesta por Gerhard Richter. Desorden en el orden. Osadía en el planteamiento y respeto al autor. Redondo.