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Papel de calco

Papel de calco
FERNANDO MARTÍNEZ LÓPEZ

Mi niñez fue un bollo mojado en leche, el álbum de los animales del mundo, un balón de reglamento, la colorida portada de la enciclopedia Álvarez..., también la radionovela con las voces dramatizadas de Matilde Conesa o Pedro Pablo Ayuso que escuchaba mi madre inmersa en la cortina de luz polvorienta del atardecer. Pero, sobre todo, lo que quedó tatuado en mi memoria fue el tecleo monocorde que mi padre imprimía a la Olivetti Studio por las noches, después de regresar de la oficina y haber cenado. Se sentaba en un extremo del pequeño salón donde descansaba la máquina de escribir, al lado del arcón, se remangaba, colocaba dos cuartillas con papel de calco por medio y, con sus manos pulcras de oficinista y el gesto reconcentrado, comenzaba a pulsar las teclas ausentándose del presente. Aquella percusión fue la banda sonora de mi infancia junto a la orquesta que la acompañaba: el aviso del carro al final de su recorrido, el crujido mecánico de la palanca, el gruñido del rodillo al sacar o meter las hojas... Era el anuncio de la intimidad nocturna, una liturgia que se completaba con mi madre apoltronada en su sillón leyendo las novelitas de amor de Doris Hidden. Así, aquel saloncito adquiría para mí la calidez y la seguridad de un útero materno. Yo, en la mesa de camilla, terminaba mis deberes o pegaba en el álbum de animales los cromos que había conseguido ese día mientras mi padre agotaba las horas con su interminable carga de trabajo, un sobresueldo, decía, para poder mantener a la familia.

Sin embargo, una de esas noches, a mis diez recién cumplidos, no supe que sería la última vez que lo vería. Fue una vecina quien vino a buscarme al colegio a la mañana siguiente con expresión compungida, y a mi corta edad aprendí la inevitable fatalidad que a veces irrumpe en nuestras vidas, como pedradas que destrozan las bombillas que nos iluminan. Había sido un accidente de tráfico, un coche que no respetó el paso de peatones y se lo llevó por delante, y a mí me sobrevenía la imagen de mi padre como en la secuencia de una película que vi en la terraza de verano: el impacto, el vuelo, su cuerpo desmadejado sobre el asfalto, una brecha palpitante por donde se le esfumaba la sangre y la vida. Desde aquel día la Olivetti quedó muda, mi madre dejó de leer las novelitas de Doris Hidden y las noches adquirieron la plomiza tristeza de los sepulcros. No solo eso, sino que ella tuvo que ganarse un sueldo con jornadas agotadoras en una fábrica, con lo cual yo noté una doble ausencia que modeló mi carácter con manos de alfarero. Me volví retraído y comencé a experimentar una metamorfosis que achaqué en principio a los acontecimientos del momento, pero que igualmente, y de forma ineludible, habría ocurrido. Conforme crecía, comprobé que mis gustos no coincidían con los de mis compañeros de clase: no me interesaban ya el fútbol ni los juegos del puño vaina o del aviso mosca, dejé de coleccionar cromos de animales, rehuía las conversaciones obscenas sobre chicas... Por las tardes prefería quedarme en casa a solas escuchando la radionovela, estudiando o leyendo. Llegaron las primeras chanzas, las risitas cuando pasaba al lado de ellos, y pagué las consecuencias de ser diferente en una oscura época en la que eso ni se comprendía ni se toleraba, incrementando mi misantropía. Mi madre, como no podía ser de otra manera y a pesar del poco tiempo que pasábamos juntos, no ignoraba lo que me sucedía, aunque ella quisiera maquillarlo diciéndome que no me preocupara, que había heredado la sensibilidad de mi padre, y luego me acariciaba el cabello ensortijado con aquellas manos que se estaban volviendo ásperas de tanto trabajar sin que yo entendiera a qué se refería.

Han pasado muchos años. Hoy regreso a la casa familiar después del sepelio de mi madre. Subo las persianas del salón y una cortina de luz polvorienta hiere mis ojos. Me la imagino allí sentada, escuchando a Matilde Conesa y a Pedro Pablo Ayuso, tan joven, tan bonita. También está la Olivetti, silenciosa desde aquel fatídico día, con la tinta de su cinta seguramente seca. La infancia se precipita sobre mí con la dulzura de un bollo mojado en leche y siento el impulso de recuperar los fotogramas del tiempo pretérito. Busco y rebusco. ¿Dónde estará el álbum de los animales, la enciclopedia Álvarez? Me fijo en el arcón junto a la máquina de escribir, y en efecto, allí los descubro junto a mil tesoros más, también un buen número de carpetas que no recuerdo haber visto antes y que tomo con curiosidad. Las abro y me llevo una mano a la boca. Son montones de cuartillas escritas con la inconfundible impresión del papel de calco, la copia que mi padre siempre hacía de su trabajo. Bien, un tesoro más al que de momento no pretendo prestar más atención, pero sin poder evitarlo leo una primera hoja y arrugo el gesto en una interrogación. Sigo leyendo, dos, tres páginas más. Entonces me levanto y me dirijo hacia la estantería donde duermen el sueño eterno las novelitas de Doris Hidden. Elijo adrede una, la abro, leo y compruebo que es el mismo texto que quedó copiado con el papel de calco, que fue mi padre quien escribió bajo seudónimo aquellas historias románticas, y entonces comprendo a qué se refería mi madre cuando hablaba de sensibilidad, y también que él quisiera ocultar aquella faceta suya para evitar la burla de la que igualmente yo fui víctima. De todas formas, prefiero soslayar lo negativo de aquellos años, más ahora que me encuentro en este santuario, y cierro los ojos, acaricio la vieja Olivetti y creo sentir el latido de su corazón como cuando los dedos de mi padre interpretaban la banda sonora de mi infancia.

 

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