Márcia

MARINA TAPIA PÉREZ

Qué confianza tuviste para traer hasta mi habitación tu álbum de fotos. Yo pensé, cuando te vi con él, que me mostrarías a tu familia, o los paisajes de Suecia, las amistades que tuviste antes de venir a España. Fue una sorpresa ir encontrándome con tu cuerpo casi desnudo en posturas atrevidas o vestido con la única intención de remarcar tus formas: conjuntos de látex blanco ajustadísimo, camisetas de red que ofrecían tus pezones oscuros, un cordón fluorescente ahogado entre dos glúteos, dibujos de purpurina sobre tu pubis, tacones modelados por manos de pianista. Y recibir toda esta avalancha de imágenes y sensaciones en la misma postura de aquellos hombres que te vieron bailar: sentada con la curiosidad encendida, casi a oscuras. Descubrir esos mundos desconocidos para mí, levantados sobre barras circulares que ceñían un pequeño escenario. Y billetes cazados por tangas, y barras de metal para dar vueltas y luces parpadeantes que secuestran la noche…

Entre asalto y asalto de esas imágenes satinadas de las fotografías, me fuiste contando que habías aterrizado en Suecia porque te habían prometido un trabajo como camarera muy bien pagado. En Río de Janeiro asolaba la precariedad y la desesperación. Necesitabas alimentarte de una vez con algo de esperanza. Fue un choque para ti descubrir la verdadera cara de lo que realizarías de ahora en adelante: poner copas por la noche a hombres que solo buscaban placer, obligarlos a consumir y a aturdirse mientras otras compañeras bailaban casi sin ropa sobre un pequeño escenario decadente. El ambiente y la necesidad de enviar dinero a tu familia te fueron conduciendo a convertirte tú también en una estríper. Una amiga del Club te enseñó equilibrios de pantera para realizar alrededor del frío metal. Los días que eran tan cortos porque estaban acompasados por el sueño robado a la noche, se sucedían rápidamente hasta formar una cadena sólida que traía siempre la Nochevieja y vuelta a empezar otra vez, otro año, otra cadena sin más sonidos que el de la sobrevivencia. Pero un año comenzó a venir un nuevo cliente al local y quiso ser tu novio. Tú estabas radiante, las mañanas cobraron otro cariz, salíais al cine, a comer, a recorrer la ciudad que casi no habías pisado, comenzasteis a vivir juntos y él te propuso, en medio de un almuerzo al aire libre donde el brillo dorado del filo de los platos se expandía con el sol en su rostro, que tuvieseis un hijo y que os casarais. Dejaste de ir al Club, todo era suave y favorable para entusiasmarse con el porvenir. Tu vientre ya lucía su cargamento de alegría, te vestías hermosa para él, preparabas comidas especiales… Pero la boda, que él iba aplazando por diversos motivos, no llegaba. Comenzó a volverse distante y hosco, algo pasaba, algo que no podías comprender. Llegaba a casa muy tarde y siempre borracho, todo le enfadaba. Y descubres que sigue yendo al Club, que se ve con otra chica. No desea saber nada del hijo que esperas, ya no puedes trabajar, ¡qué hacer!, volver así a Brasil sería desastroso. Alguien te habla de España, una mujer te ayuda con el viaje hasta Madrid, una monja de un albergue contacta con este Hogar para madres solteras de Salamanca... Y vuelves nuevamente a la cadena que ata un día con otro sin brillo de futuro, y te vuelve a abrazar la medusa de la subsistencia, asfixiando los pensamientos que fantaseaban con una vida sosegada y formal. Y allí estabas en el Centro conmigo, con esa ropa tan abrigada, rodeada de religiosas, hermosa y libre Márcia, frente a un mundo de realidad desnuda.