Javier Egea, 20 años después

El poeta granadino Javier Egea, leyendo un poema de su libro 'Raro de luna'. :: /IDEAL
El poeta granadino Javier Egea, leyendo un poema de su libro 'Raro de luna'. :: / IDEAL

Una gran exposición para mostrar su legado iniciará el año 2020 en el Hospital Real | La catalogación de la correspondencia y documentos que dejó se encuentra en su fase final, y revela múltiples detalles sobre el poeta

JOSÉ ANTONIO MUÑOZ

Javier Egea presentó su dimisión a la vida tal día como hoy, hace 20 años. Quizá antes de firmar esa postrera carta de renuncia, escrita con la letra pequeña, casi ilegible, con la que están llenos algunos de los cuadernos que se incluyen en sus pertenencias, le debió echar una buena bronca a una existencia que ya no le ofrecía lo que tanto ansiaba. En el silencio de la Biblioteca de la Universidad de Granada, Montserrat Pretel e Inés del Álamo, junto con el resto del equipo, trabajan en la catalogación de su legado, que en los primeros meses del año próximo será objeto de una gran exposición, la cual se inaugurará en enero y se mantendrá abierta hasta el Día del Libro, según las previsiones actuales de la institución académica.

Es la mejor forma de rendir homenaje al literato, al lector, al creador. «El legado incluye también muchas cartas, que hemos podido ver, dirigidas la inmensa mayoría a personas que aún están vivas. Estamos seguros de que muchos de los destinatarios de esas misivas no pondrían problema alguno para que vieran la luz, pero pensamos que es imprescindible respetar la voluntad de los donantes de estos bienes, que han hecho gala de una gran generosidad y delicadeza, y que sean ellos quienes vayan marcando los plazos», asegura Inés del Álamo.

Durante algún tiempo, la colección bibliográfica, de unos 1.200 ejemplares de la más diversa procedencia, muchos de ellos dedicados, así como la ya citada correspondencia, amén de folletos, invitaciones, fotografías, carteles, etcétera, fueron objeto de un litigio, resuelto judicialmente. Aunque hubo movimientos por parte de la Diputación en los primeros años del siglo para hacerse con la colección y vincularla al Patronato Federico García Lorca, finalmente, hoy halla un reposo del que, sin embargo, ya le están despertando los investigadores –algunos llegados desde Barcelona–, que lo han consultado en la recién creada sección 'E' de la Biblioteca del Hospital Real. «Esta signatura se ha creado expresamente para su legado», comenta la jefa de servicio en el ente universitario. Ni libros ni documentos, obviamente, están sujetos a préstamo, aunque no se han puesto cortapisas de ningún tipo al acceso a la información por parte de los investigadores, sin que se puedan hacer fotos ni reproducciones, de momento.

Curiosidades

Entre las referencias más curiosas está una 'Antología personal' escrita a mano y encuadernada artesanalmente en un pliego por el Premio Nacional y amigo entrañable de Egea desde finales de los 70, Luis García Montero. También diversas invitaciones a actos provenientes de altas instituciones del Estado, como la Casa Real, un ente al que en alguna ocasión –como todo lo que oliera a dinero–, fue objeto de las diatribas del poeta. También destaca un cuaderno rojo, escrito a lápiz en su mayoría en torno a 1994, y cuyo último poema, ese que comienza «Esa chica de perfil / vive en las habitaciones / de un tiempo que nunca llega / que no pasa», está escrito sin embargo con un rotulador fino azul en un momento posterior, y luego profusamente corregido, de nuevo, a lápiz.

Un escritor influyente y muy cotizado

Javier Egea había nacido en Granada el 29 de abril de 1952. 47 años y tres meses después –como si fuera una larga condena–, decidió que ya era suficiente. Aquel 29 de julio de 1999, aquella 'tarde canalla' nació, con su muerte, el canon definitivo de un autor que, más allá de su indudable papel protagonista en el nacimiento del grupo de La Otra Sentimentalidad, dos décadas después de su desaparición, mantiene intacta su influencia. De hecho, su modo de entender la poesía, plagada de ese romanticismo de encuentros y abandonos, es palpable incluso en las nuevas generaciones de autores, nacidos en el mundo cibernético, algo que, conociéndole, quizá detestaría. Hoy, una copia de la primera edición de 'Paseo de los tristes' cuesta 300 euros. Eso, probablemente, sí que le haría gracia.

En estos días se está finalizando con la catalogación de manuscritos, una tarea que requiere aún de trabajos que se reanudarán tras la parada por vacaciones, coincidentes en la Universidad con el mes de agosto. «Lo más fácil ha sido catalogar los libros. Lo más arduo está siendo el hacerlo con otros documentos. Guardaba cada invitación, cada programa de los certámenes a los que era invitado como jurado», asegura Inés del Álamo. «Entender su letra es difícil a veces, aunque no sea una procesal enlazada», añade sonriendo. La biblioteca, por cierto, revela a un lector muy diverso, tanto en la adquisición –desde libros 'de quiosco' a primeras ediciones– como en la propia selección, ya que en la colección se incluyen libros de aventuras de Verne o Conan Doyle hasta Salinger, Ayala, filosofía y política.

Vida

Quedan sin ver la luz fotografías de carácter muy privado –alguna hay con un beso cinematográfico robado en una sala de proyección, incluso–, y múltiples documentos que el paso del tiempo irá desenterrando, sin duda. «Para una bibliotecaria como yo, unos manuscritos de estas características revelan vida: el sudor de las manos, las correcciones que muestran dudas o disconformidad con lo escrito…», comenta la experta de la UGR. La digitalización de documentos será el siguiente paso, y es probable que ese trabajo se inicie en los próximos meses.

Aquella tarde del 29 de julio, los teléfonos de los amigos de Javier empezaron a sonar después de la siesta. Ángeles Mora, una de sus íntimas amigas y cómplices, recuerda la fecha con infinita tristeza. «Aquel desagradable final me dolió mucho», afirma la Premio Nacional de Poesía. «Vuelvo a él con frecuencia. Releo 'Troppo mare' o 'Paseo de los tristes'. Recuerdo nuestro primer encuentro en El Avellano, nuestro acercamiento posterior, las tardes de conversación en casa, o cuando llamaba por teléfono. Siempre necesitaba mucho a los amigos», afirma. Aunque a veces les gastara bromas pesadas, como aquella llamada tempranera de 1 de enero. «¡Sabía que solo tú eras capaz de cogerme el teléfono a esta hora!», le espetó Egea a Mora. Lo que siguió, «a pesar de que yo andaba medio 'zombi'», fue una conversación larga, como todas.

Inés del Álamo y Montserrat Pretel, con los documentos que integran el legado.
Inés del Álamo y Montserrat Pretel, con los documentos que integran el legado. / A. Aguilar

Mora recibió la noticia de su dramático final junto a su pareja, el desaparecido poeta y profesor Juan Carlos Rodríguez, estando en Carboneras de vacaciones. «Estábamos con Teresa Gómez en la playa. Nos lo contó llorando mi hijo Curro, a quien había llamado Elena –Capetillo, su última pareja–. Javier llamaba con frecuencia a casa, y muchas veces hablaba con Curro igual que con nosotros. Nos quedamos primero anonadados. Inmediatamente, sin embargo, pensamos en escribir algo. Encontramos una máquina de escribir a la que le faltaba una tecla. Juan Carlos me dictó el artículo 'El hombre que no quiso ser jueves', que enviamos por fax –nos costó hallar uno en Carboneras– a IDEAL, para su publicación», recuerda la poeta.

Dolor

Juan Vida se enteró estando de vacaciones con Luis García Montero y Almudena Grandes en Rota. «Luis me despertó de la siesta hecho polvo», recuerda. «Y yo no me lo creía. Inmediatamente nos plantamos en Granada, claro. Fuimos primero al Tanatorio, que por entonces estaba en el Clínico, pero ya no le encontramos allí. Ya estaba en el cementerio». El pintor recuerda su dualidad comportamental: «En las largas temporadas en que estaba sobrio, era cariñoso, atento. Cuando bebía, se transformaba, y no para bien, normalmente, aunque a veces cogía un hilo y era genial escucharle».

Sobre su forma de ser, añade que «se marcó unas consignas que nunca violaba. Para él, eran un asidero tanto intelectual como vital». Entre ellas, el odio al dinero y a sus estragos. «Se mudó a un quinto piso sin ascensor, y nos decía que lo prefería así, porque el ascensor era un invento del capital para que los trabajadores llegaran pronto a su puesto», dice sonriendo. «Quiso hablar del materialismo, y en el fondo, de lo que habló más fue del romanticismo. Fue un gran romántico». Incluso en su final, plenamente acorde con algunos de sus colegas decimonónicos.

En el Cementerio de San José, en el patio homónimo y en el último cuerpo de nichos, el que linda con el Barranco del Abogado, 20 años después, reposa la 'carne mortal' de Javier Egea. Pero su obra, ahora custodiada por la UGR, sigue más viva que nunca.