La Granada perdida de 'El último romántico'

La escritora Carolina Molina muestra algunos detalles de la antigua Carrera del Darro durante la visita./J.A.M.
La escritora Carolina Molina muestra algunos detalles de la antigua Carrera del Darro durante la visita. / J.A.M.

La escritora Carolina Molina ha organizado en la mañana del domingo una ruta que relaciona los personajes de su novela con la historia de la ciudad

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

Ganivet y su Cofradía del Avellano, Falla y sus costumbres inalterables, Lorca y sus amigos de la tertulia del Alameda... Y ese Maximiliano Cid, el protagonista, con su alter ego Luis Seco de Lucena, son algunos de los personajes en torno a los que pivota, explícita o implícitamente, la novela de Carolina Molina 'El último romántico'. Para darlos a conocer, la escritora organizó en la mañana del domingo, en el marco de la Feria del Libro, una ruta a la que se apuntaron una veintena de personas, por los escenarios de la novela, y por los sucesos que transformaron la Granada decimonónica en aquella que entró en el siglo XXI.

El 15 de Septiembre de 1890, la Alhambra ardió, más que probablemente en un siniestro provocado. Algunas salas quedaron destruidas. Y desde su ventana en la ficción, en una casa del Paseo de los Tristes, el periodista que protagoniza 'El último romántico' acertó a ver la chispa que prendió aquel incendio. El respeto que se tenía al monumento entonces era casi nulo. Basta ver el grabado de Gustavo Doré que mostró la escritora, donde un propio -con trazas de británico- llega al complejo artístico provisto de un bisturí o similar para llevarse a casa como recuerdo un azulejo del Patio de los Arrayanes. Aquella Granada que coronó como poeta a José Zorrilla -en lo que a todas luces parece un ensayo del actual Premio Cervantes- y que, luego, cuando su estancia empezaba a resultar onerosa, le dejó en el espejo de su cuarto el famoso «Vate, vete». Aquella Granada, hoy perdida, en la que la ausencia del rey niño, Alfonso XIII, de la inauguración del monumento encargado a un por entonces joven Mariano Benlliure, significó una 'rebelión democrática' con acto de inauguración a las bravas, tirando de la manta en sentido estricto, quemando -época de pirómanos aquella- el arco efímero que debía recibirles, y todo ello adobado con un titular de El Defensor de Granada, a cinco columnas y en portada: «¡Que no vengan!».

La Granada que Molina muestra en 'El último romántico', la que han podido ver quienes han asistido a la ruta matutina, es también la del francés Teophile Gautier, otro de los enamorados de esta ciudad, especialmente de las fachadas y balcones de sus casas. Gautier catalogó a las primeras, con sus pinturas que tanto mostraban figuras geométricas como dioses del panteón griego, como «escenografías teatrales», mientras observaba la vasta tipología, según la escritora, de sus balcones: voladizos, saledizos, en ajimez... También rincones como la puerta secreta de la Casa del Molino en la Carrera del Darro, vestigio de una época en que los monumentos se compraban y vendían.

Las manos negras

También identificó la escritora durante esta ruta a algunos de los personajes que han marcado nuestra historia cultural reciente: Manuel de Falla, a quien esperaba el tranvía frente a Costales para subirle a su casa de la Antequeruela, siempre a la misma hora, pues el compositor era hombre de costumbres; la procesión, a veces etílica, de la Cofradía del Avellano, a cuyo frente, por su retórica y su capacidad de convencimiento, se situaba Ángel Ganivet, «un superdotado, con un trágico final», desde el Café Colón hasta la fuente homónima. O incluso la tertulia del Café Alameda, con García Lorca, el mismo local al que acudían por igual melómanos o amantes del teatro, y periodistas de El Defensor, El Heraldo o El Noticiero Granadino. Adalides muchos de ellos de una Granada a la que las grandes 'manos negras' (desidia y falta de carácter de sus gestores culturales; ambición de quienes especularon con sus calles y catástrofes como incendios, terremotos e inundaciones, convirtieron a la ciudad en la que es hoy. Con pérdidas irrecuperables como la del Teatro Cervantes, demolido para construir en su lugar un cartapacio informe de pisos. Pena de los románticos, como el Max Cid de ficción, que defendieron una Granada a la que vieron desvanecerse ante sus ojos.