Así vivió Granada la noche que el hombre conquistó la Luna

Una familia ve por televisión la llegada del hombre a la Luna/EFE
Una familia ve por televisión la llegada del hombre a la Luna / EFE

El 20 de julio de 1969 el mundo se paró para ser testigo de una aventura quijotesca a 384 mil kilómetros de distancia. Estos son los testimonios de varios granadinos que pasaron la noche pegados al televisor

Amanda Martínez
AMANDA MARTÍNEZ

Los vecinos se quejaban de que el alboroto de la calle, el ruido de los vehículos y el elevado volumen de los televisores, no les dejaban dormir. Las noches de julio eran calurosas y obligaban a abrir las ventanas para poder conciliar el sueño, así que el ayuntamiento preparó una ordenanza para multar a los ruidosos. En un solo día, se recaudaron 10.000 pesetas.

Pero nadie protestó la madrugada lunes del 20 de julio de 1969. Los balcones, de par en par, lanzaban a la calle la entrecortada voz de Jesús Hermida que traducía aquello de «un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad». Granada, igual que el resto del mundo, se paró, y familiares de varios grados de consanguinidad se reunieron en torno a la tele.

En la ciudad, tampoco se hablaba de otra cosa y la vida en esta pequeña porción del universo, seguía su ritmo cotidiano, con caravanas interminables para bajar y subir de la playa el festivo del 18 de julio, el campeonato de baloncesto que ganaron las chicas de Juventudes de la Sección Femenina o el ascenso del Recreativo a Tercera por la plaza vacante que había dejado el Atlético Malagueño.

Imagen de la Fuente de las Batallas en aquella fecha
Imagen de la Fuente de las Batallas en aquella fecha / Torres Molina

La quijotesaca aventura de la conquista de la luna era real y todos habían sido testigos de la Historia.

La noche en la que Armstrong y Aldrin conquistaron el satélite, José Luis Martínez Dueñas, hoy presidente de la Academia de las Buenas Letras de Granada, tenía dieciséis años, había terminado la reválida de sexto y preparaba un viaje de estudios a Inglaterra: «esa noche fui con mis amigos al cine Albéniz, en la calle Alhamar, un cine de verano en el que reponían estrenos del invierno, cuenta a IDEAL. Cuando salimos ya se comentaba el alunizaje y en algunos televisores se repetían las imágenes. Recuerdo que hablábamos de la noticia a la altura del Suizo donde nos detuvimos a tomar un refresco y estuvimos charlando largamente en la terraza, ya de madrugada. Días más tarde, en Inglaterra, pude hojear un ejemplar de la revista 'Life' con impresionantes fotografías a todo color y entonces sí que tuve una impresión fehaciente de lo que había ocurrido».

atedrático de Filología Inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada y presidente de la Academia de las Buenas Letras
atedrático de Filología Inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada y presidente de la Academia de las Buenas Letras / Ramón L. Pérez

Martínez Dueñas asegura que ese recuerdo le ha acompañado estos cincuenta años. También al periodista Esteban de las Heras, director gerente de la Fundación AguaGranada. Unos meses antes junto con sus compañeros de promoción de la Escuela de Periodismo, había visitado la base de Fresnedillas de la Oliva, localidad donde la NASA instaló una de las estaciones del programa Apolo. La noche del alunizaje estaba en Badajoz, en casa de una tía de su mujer, pasando unas vacaciones inolvidables: «Era como vivir a principios del siglo XX», recuerda en contraste con aquellas imágenes que se veían por televisión que parecían sacadas de un relato de ciencia ficción. Se acababa de casar conMercedes y, claro, estaba más pendiente de otros menesteres, «pero Hermida consiguió robarnos la atención y hasta emocionarnos mientras narraba la epopeya».

Esteban de las Heras, periodista y hoy gerente de la Fundación AguaGranada
Esteban de las Heras, periodista y hoy gerente de la Fundación AguaGranada / IDEAL

Emilio Atienza, tenía 18 años y aún no se había cruzado en su vida la figura de Emilio Herrera, el granadino que tanto aportó a la carrera espacial, al que dedicó su tesis, una interesantísima biografía y al que rescató de un inmerecido olvido. El 20 de julio Atienza estaba en Lanjarón, pegado al televisor, expectante junto a su padre que, como oficial del ejército del aire estaba muy interesado en todo lo que tuviera que ver con la aeronáutica: «fue un acontecimiento que viví como algo increíble», explica a IDEAL.

Emilio Atienza, ha viajado a la Luna a través de las investigaciones de Emilio Herrera
Emilio Atienza, ha viajado a la Luna a través de las investigaciones de Emilio Herrera / Archivo de Ideal

La huella granadina en la galaxia

El Instituto de Astrofísica de Andalucía, con sede en la ciudad, participa en numerosas misiones espaciales. Los científicos del IAA han dejado su huella en el espacio y su recuerdo de aquel día, o las experiencias que han vivido a partir de él, tienen interés científico, pero también son muy emotivas.

Así es la historia de Emilio J. Alfaro, director del departamento de Radioastonomía y Estructura Galáctica del IAA. Él tenía 15 años y su madre había muerto solo un mes antes: «Aquella noche me dormí con esa sensación extraña que tienen las casas en las que falta alguien fundamental», cuenta a este periódico. Mi padre me despertó para que viera la llegada del hombre a la luna y lo recuerdo con esa sensación nebulosa, de ensueño». El científico, que prefiere los destinos terrestres a viajar por el espacio, «el Universo es un lugar frío e inhóspito. Quizás la tierra sea el único paraíso al que tengamos acceso», asegura que el objetivo de poner un pie en el vecino satélite no fue impulsado por un sentimiento científico, al menos, no fue esa la razón principal, fue la guerra fría y el ego norteamericano herido tras los éxitos rusos en el espacio. «Ahora ¿para qué querríamos volver? Quizás para conocer la cara oculta de la luna, o como trampolín para viajar a Marte, pero quizás el retorno tanto económico, como político, no sería tan importante como entonces».

Emilio J. Alfaro en su despacho del IAA
Emilio J. Alfaro en su despacho del IAA / Pepe Marín

Su compañera de departamento, Mayra Osorio, tenía apenas un mes de vida y su familia también se reunió en torno a televisor en su casa de San Andrés Tuxtla, México: «mi madre siempre ha tenido el pensamiento de que quizás este suceso marcó mi vocación científica. Siempre respetó mi deseo de ser astrónoma y yo siempre estaba en el tejado de las casas mirando a las estrellas».

La astrónoma Mayra Osorio, en el IAA
La astrónoma Mayra Osorio, en el IAA / Pepe Marín

Ambos científicos coinciden en que la misión Rosetta, en la que el IAA jugó un papel muy importante, ha sido uno de los hitos de la investigación espacial más complicados de los últimos años. Lanzada en 2014, brindó la imagen más detallada del núcleo de un cometa y ofreció momentos emocionantes, como la maniobra de entrada en órbita en torno al astro y el aterrizaje del módulo Philae que acompañó al cuerpo celeste en su trayectoria en torno al Sol.

También están de acuerdo en que el principal reto de la Humanidad es el de ser capaz de colonizar un exoplaneta. Nos quedan unos 4.000 millones de años para que nuestra estrella se convierta en una gigante roja, la superficie del sol llegaría a la órbita de Marte y la Tierra desaparecería. «Es un reto que intentar que la especie humana idee un plan para intentar sobrevivir a la evolución natural de la estrella. Estamos trabajando porque no aceptamos nuestro destino«, explica Alfaro.

Osorio, en cambio sí se pondría el traje de astronauta: «A veces cuando hay uno de estos sistema complejos que no puedo explicar vía observaciones o cálculos físico matemáticos, me pregunto, ¿por qué no puedo viajar allí y averiguar qué está pasando?« Si tiene que elegir un destino, sería Saturno porque en cierta manera sus anillos me recuerdan a los sistemas que estudio, discos protoplanetarios, que se creen que fueron los precursores de nuestro sistema solar.»

La literatura ha sido el Apolo 11 del catedrático Antonio Chicharro. Él, que recuerda aquel «murmullo de metálicas palabras inglesas y la ancha forma de la pisada humana en el polvo que cubre el enigmático astro», propone la frase que habría pronunciado si hubiera sido su huella la primera en imprimirse sobre la superficie lunar: «La voluntad humana no tiene límites».