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Fundido a negro

Fundido a negro
Mª CARMEN CONDE PUERTAS

Miró a su alrededor. La puerta abierta tras ella esperando a que la cerrara. Desde fuera. Sabía que la esperaban, pero no era capaz de dar el paso. El último. «La culpa es de las películas», pensó. No había otra explicación posible a su incapacidad de decir adiós. Porque en las películas un momento así estaría impregnado de épica, poesía visual y una banda sonora apoteósica. Pero en la vida real nada de eso tenía cabida.

Estaba solo ella, entumecida por el frío de diciembre, apoyada contra la pared cubierta de humedades, a oscuras excepto por la luz que entraba del rellano, gracias a que, cada vez que se apagaba, sus amigos volvían a encenderla desde el portal, como una señal de que seguían ahí.

Encendió la linterna de su móvil y volvió a entrar al piso, recorriendo una vez más cada estancia. Vacío y con la luz cortada resultaba aún más deprimente. O tal vez menos. Ya no tenía que ver el sofá donde su padre se sentaba, la cama en la que ella tenía pesadillas, los horribles cuadros de su abuela. Había sido un error haber tardado tanto, seguir allí después de que anocheciera, no haberse abrigado más. Aunque tal vez ese frío no se podía combatir con otro jersey.

Pasaba sus dedos por las paredes, desconchadas, sucias, muertas. Joder, había odiado casi cada momento que vivió allí y, desde que murió su padre, solo había soñado con deshacerse del piso, con no volver a entrar. Y ahora, en lugar de cantar victoria y huir sin mirar atrás ahí estaba, pasmada, mirando al vacío de lo que en otro tiempo fue una cocina.

Recordó que los coches estaban abajo, en zona de carga y descarga y hasta arriba de muebles, cuadros, y sobre todo libros. La mayoría de los libros tenía más de un siglo, y tras años atesorados en un armario ahora estaban amontonados en cajas, los misales mezclados con los Aranzadi, los tratados de historia y los cuentos de Calleja, primera edición. No tenía dónde guardarlos, pero definitivamente no pensaba venderlos. Ya se le ocurriría algo, como siempre. Ahora mismo nada de eso le importaba demasiado.

Intentó recordar la última vez que había estado en esa cocina con su padre, pero era incapaz. Pensándolo bien, tal vez lo había visto más en sus tres últimos meses de vida que en sus últimos tres años.

Habían pasado ya cinco años desde aquel diciembre en el que se torció todo. Cada vez que la llamaban para que fuera al hospital lo hacía con la sensación de que ya estaba muerto pero que sus tías no se lo dirían por teléfono. Y, aun así, cuando por fin se murió, ella no estaba allí. Justo había salido. Como si eso importara, como si no llevara ya dos semanas en coma hepático, que a efectos prácticos era igual que estar muerto.

M no lloró entonces. Tampoco lloró en el velatorio, ni mientras fumaba en la puerta de la iglesia durante la misa en la que no participó. Ella solo lloraba por tonterías: por una película, por una discusión en el trabajo, por una mala nota en un examen. No soportaba añadir drama al drama, mostrarse verdaderamente vulnerable en los momentos de vulnerabilidad. Prefería mostrarse irónica, indiferente, atareada. Por eso les había dicho a los demás que la esperaran en el portal porque, después de toda la tarde haciendo bromas ácidas sobre la situación, necesitaba parar y enfrentarse al nudo en la boca del estómago.

Volvió a la puerta de entrada, que seguía abierta, esperándola. Se fijó en el boquete de la madera, irregular y astillado. Sara había preguntado que quién le había pegado semejante patada, pero ella fingió no oír la pregunta. Obviamente solo un adulto fuera de sí podía generar tanto caos. Por suerte el boquete lo tenía la puerta. Esa puta puerta que tantas noches la hizo estremecerse cuando la oía abrirse con dificultad y cerrarse demasiado fuerte. Esa puerta que ahora no era capaz de cerrar para siempre. Se dejó caer hasta quedarse en cuclillas, y comenzó a golpear su puño contra la fría pared, con suficiente fuerza como para hacerse daño, pero no demasiado, mientras dejaba que las lágrimas fluyeran libremente; suficientes como para desahogarse pero no demasiadas, para que nadie lo notara después. Incluso en los momentos de romperse era necesario mantener el control. El orden dentro del caos. Esa era su pequeña parcela de poder. Quería gritar y romper los muebles que quedaban, pero simplemente permaneció un minuto más agazapada y después, con el puño entumecido de los golpes, se limpió las lágrimas y se levantó.

Si su vida fuera una película en ese momento estaría sonando 'Exit music (for a film)' de Radiohead; en lugar de eso, la banda sonora era el motor del ascensor, que por fin había llamado. Si la vida fuera una película aparecerían una serie de imágenes evocadoras e intimistas, como recuerdos de la infancia, fragmentos de niñez teñidos de luz cálida. Pero la vida no es una película y casi todas las imágenes están en tonos grises, por suerte la mayoría borrosas. En una película se vería un primer plano de la puerta cerrándose, un fundido a negro, un 'the end' a pantalla completa. Si esto fuera una película se transmitiría una sensación de legado, de historia que continúa. Pero cuatro muebles metidos en un monovolumen y un par de cajas de libros antiguos no cuentan como legado.

M pensó que al final la vida se reduce a eso: a morir y que tus cosas acaben en un trastero o en un contenedor, con algo de pena y sin ninguna gloria. Y sobrevivir sería encontrar el equilibrio entre el alivio de no tener que volver a entrar al sitio más triste del mundo y la angustia de saber que esa puerta no volvería a abrirse para ella. Tiró del pomo. Sonó 'click'. La luz del rellano se apagó. «Ahí tienes tu fundido a negro».

 

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