Música francesa dirigida por un granadino

Uno de los instantes estelares de la actuación de anoche de la Orquesta de París./PEPE MARÍN
Uno de los instantes estelares de la actuación de anoche de la Orquesta de París. / PEPE MARÍN

Pablo Heras-Casado al frente de la Orquesta de París recordó a Berlioz en su 50 aniversario | Se notó que estábamos ante un conjunto prieto y decidido, rico en matices, con un metal pimpante, una cuerda volatinera y tres arpas juguetonas

ANDRÉS MOLINARIGranada

Muchos han sido los franceses que han descrito y pintado Granada, a su manera. Desde el pirenaico Gautier hasta el picardo Dumas, pasando por el alsaciano Doré. Pero pocos granadinos, que yo sepa, han descrito París. Si acaso unas frases entresacas de Martínez de la Rosa y minucias encontradas en Pedro Antonio de Alarcón, desterrado a la ciudad del Sena el mismo año de su boda. Pero la brisa de afecto entre las dos ciudades no ha cesado, y buena muestra de ello fue el concierto de anoche.

Tres compositores europeos, con sus diferentes amores a París, por la orquesta que lleva el nombre de la ciudad y bajo la batuta de un granadino internacional, llamado Pablo Heras-Casado. No se puede pedir mucho más.

Justamente hace un siglo, hacía 1919, Igor Stravinsky que se había aposentado en Suiza mientras finalizaba la primera Guerra Mundial, se preparaba para volver a París, donde ya había triunfado con su música para El Pájaro de Fuego. Anoche nos trasladamos diez años atrás, hasta 1909, cuando Stravinsky estrenó el Scherzo Fantastique, la primera obra sobre los atriles de la Orquesta de París en el Palacio de Carlos V. En ella ya se notó que estábamos ante un conjunto prieto y decidido, rico en matices, con un metal pimpante, una cuerda volatinera y tres arpas juguetonas. Todo lo esperado se hacía realidad.

Misterio en voz de barítono

Por el contrario, las relaciones de Mahler con París no fueron nada gratas. Cuando llevó a su Filarmónica de Viena a la Exposición Universal de 1900, aquello casi rozó el fracaso. Y, cuando regresaba de Nueva York, muy enfermo, en abril de 1911, fue ingresado unos días en una clínica de París, desde la cual, al no mostrar síntomas de mejoría, fue trasladado en tren hasta Viena, donde falleció a poco de llegar.

Algo de este desasosiego vital de esa melancolía se percibe en la música del compositor bohemio, de cuya producción Heras-Casado dirigió anoche una selección del heterogéneo álbum de canciones titulado El cuerno mágico del adolescente.

Thomas Hampson es un barítono elegante y teatral, más alto que Pablo pero no mejor. Su voz hubo de luchar mucho contra una orquesta superior, pero él escamoteó su distancia esforzándose en el gesto y expresando con las manos, trasmitiendo un sentimiento un poco exagerado en su rictus pero discreto de compostura.

Al pentagrama

Bien es sabido que la fantasía es tan importante en el quehacer humano, sobre todo en el arte, que nada toma cuerpo que no haya sido antes un fantasma. Una idea difusa y sin contorno puede hacerse sinfonía en manos de un genio. Y su sinceridad y su gratitud hacen que titulen a su obra con el epíteto fantástico.

Si la noche comenzó con un tenue juego sobre la fantasía escrito por Stravinsky, la velada terminó con uno de esos monumentos sonoros que ningún melómano desdeña. En la Sinfonía Fantástica de Berlioz sonó una orquesta rotunda y expresiva. Mínimos desajustes del metal en nada empañan su grandeza.

Ante ella, un director que aterciopela el aire, que vira su mirada entre leer la partitura y disparar sus ojos sobre el músico que ha de entrar a tiempo, que amaina desmesuras, que esta orquesta a veces también peca de entusiasmo, que casi esboza una bendición asimétrica o palmea una pandereta invisible, pero que los músicos escuchan.

Música heteróclita y sugestiva creada por una orquesta de sones tan esbeltos como la Eiffel, de trinos tan suaves como el discurrir del Sena, de arranques tan terribles como los ecos de la Bastilla. Y Pablo dibujando bulevares de paseo con su acompasado baile sobre el podio y arcos de triunfo con sus aéreos brazos, que la batuta es la gran ausente este año. Con un dúo así, París bien vale esta música.