Historia de una migración individual

Manuel Liñán, pleno de expresividad en el Teatro Isabel la Católica./RAMÓN L. PÉREZ
Manuel Liñán, pleno de expresividad en el Teatro Isabel la Católica. / RAMÓN L. PÉREZ

Con cuatro años de retraso, el público pudo disfrutar de un montaje que juega con el tiempo, las esencias y el sentir de un desplazado a la fuerza Manuel Liñán presentó en Granada su espectáculo 'Nómada' en el Isabel la Católica

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOSGRANADA

Contar en Granada con un bailaor y coreógrafo como Manuel Liñán es un verdadero lujo. Es un lujo que no sé si está merecido, pues como a otros artistas locales de fama internacional (léase Eva Yerbabuena, Daniel Doña o Blanca Li, por ejemplo) cuesta seguir su camino y su trayectoria en una ciudad tan particular como esta para con sus hijos.

A Manuel Liñán, Premio Nacional de Danza 2017, premio Max al Mejor Intérprete de Danza en 2013 o Premio de la Crítica del Festival de Jerez 2016 por 'Reversible' (por suerte visto hace relativamente poco tiempo en Granada), entre otros méritos, debíamos estar obligados, por decencia y por justicia, traerlo anualmente a Granada. Que no hayamos visto en nuestros escenarios obras como 'Cámara negra' con Olga Pericet, 'Dos en compañía' con Marco Flores, 'Rew' con Daniel Doña o 'Tauro', primer espectáculo en solitario, con el que obtuvo el Premio Revelación en el Festival de Jerez en 2012, es imperdonable. Por suerte ayer pudimos ver, dentro de la sesgada atención que el Festival Internacional de Música y Danza le concede al flamenco, aunque en un escenario menor, cuando la categoría se muestra en el recinto alhambreño, el espectáculo 'Nómada', con sólo cuatro años de retraso.

'Nómada' se estrenó en el XVIII Festival de Jerez, en el año 2014, con bastante éxito de crítica y público. En un mundo regido por los desplazamientos, la mayoría forzosos o forzados, no sólo físicos, sino también emocionales, Liñán y su compañía sugieren, en el teatro Isabel la Católica, una reflexión sobre la itinerancia, un viaje colectivo, tanto del cuerpo como del alma humanos, para explicarse -para explicarnos- la actualidad en que vivimos. Si estuviéramos acostumbrados a las incursiones de este creador veríamos simplemente el brillo intenso de una estrella que crece. Para los no iniciados, gozamos del planteamiento arriesgado y coral de uno de los mejores coreógrafos del momento, que además de coreografiar (y bailar) para sus propios espectáculos ha coreografiado también para el Ballet Nacional de España, para la Compañía Nuevo Ballet Español o para artistas como Merche Esmeralda, Belén Maya y Rocío Molina.

El formato, compuesto por tres bailaoras (la también granadina Anabel Moreno, Águeda Saavedra e Inmaculada Aranda), tres bailaores (el propio Liñán, Adrián Santana y Jonatan Miró), tres voces (Miguel Ortega, El Londro y David Carpio) y las guitarras y dirección musical de Víctor Márquez 'el Tomate' y Fran Vinuesa, es el de una gran compañía, avalado por una cuidada puesta en escena donde se suceden piezas grupales con atención a individualismos reconocidos. Concretando, pudimos ver un periplo bastante íntimo por la Andalucía cantaora.

Fuerza de conjunto

El viaje comienza en Triana con la caña que llenan el escenario de destellos con su fuerza de conjunto, el equilibrio de sus cruces, el dominio del espacio y las permanentes sillas como un elemento más en su personal propuesta. Su paso por Jerez vino por seguiriyas donde el cante, nunca mejor dicho, llevaba la voz cantante, o sea, prevalecía sobre el baile. Una dramática e intensa seguiriya, estilizada y en solitario, donde pudimos entrever los aires de torero de un ancestral destino y una sutil tensión evocadora. Los tanguillos recorrieron la vieja Cádiz. Suenan los ecos de Mariana Cornejo y el 'rap' de Lola Flores cantando 'Las guapas de Cái', que se alternan con el clásico 'Los anticuarios', con música acelerada.

Bien por el juego de luces, otra de las cosas que a Liñán también preocupa. La rondeña de Ramón Montoya y el existencialismo del fandango nos asoman a Huelva. Aunque el recorrido es largo. Ortega se queja por Paco Toronjo, mientras Liñán remeda los histriónicos gestos del cantaor haciendo que el cante baile y el baile cante. En Córdoba nos detenemos para escuchar sus melosas alegrías. Impresiona la labor musical de las guitarras de 'El Tomate' y Vinuesa. Es un baile coral y colorido donde chicos y chicas bailan intercambiándose mantones y sonrisas.

Pero el tiempo pasa y el viaje toca a un fin que puede ser el regreso. Así Liñán aborda sus caracoles, ya famosos en su persona con falda de cola y mantón. Una pincelada por mineras introduce este cante. Ningún hombre se mostró tan auténtico y natural con estos aditamentos que Manuel. Ya quedan menos obras que traer del granadino, aunque dentro de poco, si seguimos descuidándolo, quedarán más.

Fotos

Vídeos