Por Adela casi muero

Por Adela casi muero

JUAN OCÓN SÁNCHEZ

Regresé a toda prisa, con el día clareando y escondiéndome por las esquinas, tratando de evitar a cualquiera que, a tan tempranas horas, pudiese transitar por las callejuelas del pueblo.

Cuando llegué a mi casa, me sentí aliviado. Mi aventura amorosa parecía llegar a su fin, sin que hubiese ocurrido ningún incidente desafortunado que pudiera haber empañado tan excitante experiencia.

Volví a entrar por la puerta trasera, que daba a un callejón poco transitado, eché el cerrojo y me dirigí a la cocina para prepararme una buena taza de café. Mi mano hurgó en el bolsillo hasta encontrar las cerillas, con las que encendí el candil que colgaba de la pared, pues aún no había suficiente claridad como para ver bien dentro de la casa.

Y… allí, emergiendo de las sombras, apareció el marido de mi amante.

Plantado en medio de la habitación, con su gorra negra, algo echada hacia atrás, su chaleco negro también, y sus gruesos pantalones de pana y… lo peor, una escopeta de caza apoyada firmemente en su hombro derecho, con el dedo índice en el gatillo, preparado para disparar y abatir a su presa.

Y esa presa era yo.

Unas gotas de sudor frío comenzaron a resbalar por mi frente, y una abrumadora oleada de pánico se apoderó de mí. Me quedé petrificado.

Al instante, y sin mediar palabra, dio un paso adelante y me asestó un brutal golpe en la cabeza, con la culata de la escopeta.

La realidad se desvaneció y la nada se apoderó de mi ser. Y en las milésimas de segundo que transcurrieron entre el tremendo golpe y la pérdida absoluta de conciencia, sentí cierta sensación de alivio al constatar que el ajuste de cuentas había acabado tan rápidamente.

Cuando la conciencia quiso regresar a mí, pensé que estaba muerto, pues la oscuridad más absoluta reinaba en aquel asfixiante y caluroso lugar que, sin duda, tenía que ser el mismísimo infierno.

Fui recobrando paulatinamente los sentidos corporales y comencé a mover los dedos de las manos y de los pies. Yacía sentado sobre una mancha de humedad pastosa; si no era el alquitrán del averno, debían ser mis propios excrementos.

Cuando, con mucha dificultad, pude mover mis brazos, comencé a palpar mis alrededores y descubrí que estaba en un estrechísimo habitáculo en el que no cabía más que mi cuerpo encogido.

Me había enterrado vivo, para que mi muerte fuese lo más horrible que un ser humano pudiera imaginar y que pagara así por la osadía que tuve de haberme acostado con su mujer.

No se conformó con pegarme un tiro y acabar con mi vida rápidamente. No. Ese castigo se le debió antojar escaso. Me debió trasladar a alguna casa abandonada y allí me emparedó.

Regresó a mí, nuevamente, un pánico tan abrumador, que casi me hace perder el sentido otra vez. Mi respiración y mi pulso se dispararon. No obstante, hice un esfuerzo por serenarme y comencé a respirar más pausadamente. No debía agotar el poco oxígeno que quedaba en el agujero, sin antes evaluar las posibilidades que tenía de escapar de allí, por mínimas que éstas fueran.

Palpé, de nuevo, los límites de aquel asfixiante zulo y noté, en la pared que estaba a mi izquierda, cierta humedad y blandura. Con dificultad, metí mi mano en el bolsillo del pantalón y, por suerte, encontré allí la navaja que solía llevar siempre conmigo. La abrí como pude y comencé a raspar la pared, con la esperanza de poder hacer algún agujero antes de que se agotase el oxígeno.

El calor iba en aumento y la dificultad para respirar se acrecentaba por momentos. Cuando ya, exhausto, estaba a punto de tirar la toalla, un diminuto lunar luminoso apareció tras la `punta de la navaja.

Cuando logré salir de allí, lo primero que hice fue, de rodillas y con el rostro entre mis manos, llorando desconsolado, con una extraña mezcla de miedo y de gozo, darle las gracias al cielo por haber podido salir con vida, de momento, de aquella tragedia.

Cuando examiné con detenimiento el lugar donde había estado enterrado, descubrí con asombro que no había salido de mi propia casa. Había hecho el agujero debajo del hueco de escaleras y, una vez que me hubo metido allí, lo tapió con adobes, pegados con barro y paja, pues ese era el material con el que se construían la mayoría de las casas pobres en aquella época en mi pueblo. Después tuvo el detalle de encalar ese trozo de pared, para que, una vez seco, no se notase que había sido manipulado. Lo tenía todo previsto y se ve que lo preparó con tiempo y a conciencia.

Inmediatamente después, eché el cierre a todos los postigos de la casa, para que nadie sospechara siquiera que allí había alguien. Después me aseé y me cambié de ropa. Me tumbé en la cama, al límite ya de mis fuerzas y, cuando miré el reloj despertador, quedé asombrado al ver que sólo habían transcurrido tres horas desde el momento en que dejé la casa de mi querida Adela. Tuve la sensación de haber pasado una eternidad en aquella tumba.

El temor a que regresara aquel individuo al lugar del crimen, me sumió en un tremendo desasosiego que no me dejó descansar. Mi cabeza daba vueltas vertiginosamente, tratando de buscar una salida a aquella angustiosa situación.

Finalmente decidí que tenía que marcharme del pueblo lo antes posible y sin ser visto, para que el marido de Adela creyese que había muerto sin dejar rastro.

Transcurrido un tiempo, pude levantarme y comer algo. Volví a tapar el hueco de escaleras y lo encalé nuevamente. Mi verdugo no debía sospechar que escapé con vida.

Bien entrada la noche, me eché al monte, procurando que nadie me viese. No regresaría jamás a mi pueblo.

Me fui con el tremendo dolor de no saber qué le habría sucedido a mi amada Adela, ahora en manos de aquella bestia cargada de razones para la venganza.