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La abuela que desapareció

La abuela que desapareció

Fue raro porque se llevó la palangana esmaltada de su cuarto y todas las horquillas enganchadas en su pelo amarillo

MIGUEL ÁNGEL BARRERA MATURANAGARNADA

La abuela que servía en la casa del señor procurador; la que a escondidas le llenaba el buche de sal a un pollo y esperaba, paciente, la orden de deshacerse del pobre animal; la que se llevaba en el doble fondo de su bolso los culos de los chorizos de la matanza de los señores, las medias tabletas de chocolate abandonadas, las pescadillas fritas que sobraban de la noche, y que ella misma había enharinado y enroscado boca con cola, cola con boca; la que lloraba cuando reía y sus tetas subían y bajaban, ufanas, como grandes góndolas de noria; la que decía catredal, y fresquera, y rodilla, y se reían los nietos, y tráeme un vaso de agua, nenico, o una naranja, nenico, si es que te vas a levantar; la que se llamaba Claudia tan solo para su hombre, y la única que llamaba Alberto a su hombre, sobre todo cuando la llevaba el Corpus a los toros, o a la Venta del Loro un domingo de sol: esa abuela es la que un día desapareció.

 

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