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La abuela que desapareció

La abuela que desapareció

Fue raro porque se llevó la palangana esmaltada de su cuarto y todas las horquillas enganchadas en su pelo amarillo

MIGUEL ÁNGEL BARRERA MATURANAGARNADA

La abuela que servía en la casa del señor procurador; la que a escondidas le llenaba el buche de sal a un pollo y esperaba, paciente, la orden de deshacerse del pobre animal; la que se llevaba en el doble fondo de su bolso los culos de los chorizos de la matanza de los señores, las medias tabletas de chocolate abandonadas, las pescadillas fritas que sobraban de la noche, y que ella misma había enharinado y enroscado boca con cola, cola con boca; la que lloraba cuando reía y sus tetas subían y bajaban, ufanas, como grandes góndolas de noria; la que decía catredal, y fresquera, y rodilla, y se reían los nietos, y tráeme un vaso de agua, nenico, o una naranja, nenico, si es que te vas a levantar; la que se llamaba Claudia tan solo para su hombre, y la única que llamaba Alberto a su hombre, sobre todo cuando la llevaba el Corpus a los toros, o a la Venta del Loro un domingo de sol: esa abuela es la que un día desapareció.

Fue raro porque se llevó la palangana esmaltada de su cuarto y todas las horquillas enganchadas en su pelo amarillo; se llevó sus pares de zapatos negros, todo su luto y todos sus huesos molidos en el doble fondo de su bolso. Y desapareció, por donde las viejas islas de su espejo: porque no había otra salida en su cuarto y porque todos sabían que ella siempre, siempre, había querido volver al mar. Por eso tuvo que suceder así.

En esa casa, como en todas, no desaparecían las cosas de un día para otro; no al menos como ahora. Tampoco desaparecían las personas, con todas sus cosas, de un día para otro. Por eso fue raro lo de la abuela. Se la veía subir la cuesta empedrada, meciéndose como una barca, y echar el ancla en cada escalón, con cada suspiro. Nadie sabía de qué color eran sus ojos porque el asma y las lágrimas se los habían comido, pero todos los imaginaban azules, como el mar en invierno. El caso es que Claudia -o María, como la llamaban los demás-, nunca había tenido prisa para nada; desgranaba las granadas mientras los demás dormían, abría los boquerones y los limpiaba a conciencia, y después los dejaba sobre la estraza con cuidado, como si fueran pequeños ahogados. Un día, cuando Alberto -o Mariano, como lo llamaban los demás-, se lo pidió con un hilo de voz desde la cama del hospital, se casó con él, delante de un cura, después de toda una vida.

Por eso fue tan raro lo de la abuela. ¿Cómo pudo correr tanto al final, irse sin despedirse de nadie, no dejar más que estas pequeñas huellas, ella, que nunca había tenido prisa para nada?

 

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