Denominación de origen extremeña

Impecable pase de pecho de José Garrido, triunfador ayer con tres orejas./ANTONIO L. JUÁREZ
Impecable pase de pecho de José Garrido, triunfador ayer con tres orejas. / ANTONIO L. JUÁREZ

José Garrido y Ginés Marín abren la Puerta Grande y Antonio Ferrera brilla a gran nivel

F. MARTÍNEZ PEREAGRANADA

En uno de los tres jueves que relucen más que el sol y también en uno de los días grandes de Granada, la feria taurina comenzó a levantar levemente el vuelo en lo que a asistencia de público se refiere. No se llenó la plaza, ni siquiera se medio llenó -apenas un cuarto de plaza cubierto- pero al menos los tendidos, gradas y andanadas no presentaron el aspecto desolador del miércoles. Ojalá que a partir de hoy y hasta el domingo el ambiente vuelva a ser el de otros tiempos y la Monumental de Frascuelo, tan inspiradora para los toreros, ofrezca su mejor semblante. Con las figuras siempre llega la pasión y con la pasión parte de los valores que distinguen a una fiesta única en la que cada día se pasa página y se escriben historias nuevas e irrepetibles. La historia de ayer, con guionistas extremeños -Ferrera y Marín no nacieron en la región, pero crecieron en ella y se sienten de ella- se escribió en clave de éxito, con buena letra y bellos pasajes. Es lo que se esperaba de tres diestros de acusada personalidad, con estilos claramente diferenciados, pero con un mismo gran afán de triunfo, algo admirable en el caso de Antonio Ferrera, de vuelta de mil batallas y en el momento cumbre de su dilatada carrera, y más que lógico en los casos de Garrido y Marín, que ya caminan por este complejo mundo con vitola de figuras emergentes, pero que tienen que refrendar día a día sus grandes cualidades si quieren, como es el caso, alcanzar el estatus de primeros espadas.

Los otros actores de la historia, en papel estelar, eran los toros de Salvador Gavira García, una ganadería que ha pasado por recientes y notables cambios de gestión, pero que conserva lo esencial, con algunos reparos, para seguir escribiendo capítulos importantes. Tiene el fondo de bravura que caracterizó siempre a este hierro, pero deja mucho que desear, por lo visto ayer, en cuanto a fuerza.

Mejor los toreros que los toros

Siempre es determinante el juego de los toros en una fiesta cuyo esplendor depende las más de las veces del milagro de la bravura y de la perfecta sintonía entre la fuerza, raza y exigencia de esa bravura y la capacidad del artista para convertirla en algo hermoso. Y determinante fue el comportamiento de los astados de Gavira en el balance de la tarde, aunque cabe decir que los toreros estuvieron por encima de los toros.

Uno de los buenos gaviras entró en el lote de Antonio Ferrera, un torero ya veterano que ha sabido tapar muchas bocas y cuya evolución hacia el consumado artista que es hoy pone de relieve que no hay corsés capaces de contener los dictados del sentimiento. Un Ferrera que ha pasado de ser cuestionado a incuestionable y cuya torería prevalece sobre cualquier otro aspecto de su sólida tauromaquia. Los vientos huracanados de otros tiempos han dado paso a la brisa serena y reconfortante de la quietud, del gusto, del saber estar y del mejor hacer. Hoy, sí, es un torero aparentemente diferente, pero con el mismo nivel de compromiso de siempre.

Su faena al toro que abrió plaza, muy justo de fuerza, pero con cierta clase, fue un compendio de clase, gusto, maestría e inteligencia. Dos largas cambiadas en el recibo capotero recordaron al Ferrera de otros años, pero las verónicas que siguieron, suaves y sentidas, dejaron claro que el extremeño disfruta con otra forma de interpretar el toreo, más pausada, más para sí, más artística. Lo dejó claro muleta en mano, con pasajes de gran plasticidad y mucha intensidad en todo el trasteo, algo que repitió con el cuarto, toro de diferente condición, pero al que también entendió perfectamente. Lástima que la falta de contundencia con la espada le privara de mayor premio en su primero y le dejara sin trofeos en el otro. José Garrido tiene clase. Maneja la capa con donaire y majeza y la muleta con mucha verdad. Además, tiene valor sobrado. Es un torero, por tanto, llamado a grandes empresas. Lo demostró en la tarde de ayer en sus dos trasteos, sobre todo en el que instrumentó al quinto, un sobrero de Albarral, exigente por listo y muy encastado, al que terminó por someter a base de jugársela. Muy firme y poderoso, el torero de Badajoz puso a todos de acuerdo y redondeó una tarde ciertamente importante. Las tres orejas cortadas fueron justo premio a dos faenas de altos vuelos.

Ginés Marín sorprendió el pasado año por sus grandes capacidades, por la calidad de su toreo y por su sorprendente madurez. Y sigue haciéndolo por la robustez de su tauromaquia, por su facilidad para ponerse en el sitio y por su forma de ligar en un palmo de terreno. Al jerezano criado y formado en Extremadura no le ayudó su primer astado, un ejemplar de 621 kilos, desclasado, que embistió a regañadientes y no dio facilidades. Pese a ello, Marín acortó las distancias, le buscó las vueltas y terminó por enjaretarle algunas series interesantes con la derecha y unas manoletinas a modo de epílogo de gran exposición. Tenía la oreja ganada, pero falló con el descabello tras una media tendida que no tuvo el efecto deseado.

Quedaba el sexto toro, protestado por flojo. No tenia mala condición, pero perdió en varias ocasiones las manos y deslució un inicio de faena que nada bueno hacía presagiar. Fue entonces cuando Marín, volteado aparatosamente por el burel, no solo dejó clara constancia de su extraordinario valor, sino igualmente de sus recursos. Lo que parecía condenado a la nada se convirtió en una faena de alto voltaje en lo emocional y con un final por bernardinas de gran calado en los tendidos. Soberana la estocada que le puso las dos orejas en la mano y que refrendó una tarde con denominación de origen extremeña.