La sangre granadina que une a dos aventureros: Hernán Pérez del Pulgar y Afán de Ribera

Rafael, jubilado de 81 años, es descendiente del gran héroe de la reconquista de Granada y del ilustre Afán de Ribera, fundador del Cuerpo de Bomberos Zapadores de Granada

Rafael Pérez del Pulgar, con vistas a Salobreña. /JAVIER MARTÍN
Rafael Pérez del Pulgar, con vistas a Salobreña. / JAVIER MARTÍN
José E. Cabrero
JOSÉ E. CABREROGranada

Hernán Pérez del Pulgar se infiltró en la Granada de Boabdil y clavó, en la puerta de la mezquita, un cartel escrito con su puño y letra en el que se leía «Ave María». La hazaña –una de sus doce grandes aventuras– le valió un pase para la eternidad: sus restos descansan en la Catedral, junto a la tumba de los Reyes Católicos. Él y sus descendientes, los hijos del Pulgar, serían recordados por siempre.

Un hombre con aires de Sean Connery pasea por la orilla de los últimos días de verano. Las olas de Salobreña golpean sus pies con la misma intensidad de siglos atrás, cuando Hernán defendió sus murallas del ataque nazarí. Al igual que el agua, que fluye impertérrita a pesar del tiempo, la sangre que corre por sus venas es la misma que bombeó la conquista de Alhama, la batalla de Bentomiz o la toma de la torre de Salar. Con la mirada perdida en el horizonte, consciente de sus apellidos, responde a la pregunta con un tono reflexivo: «Mi nombres es Rafael. Rafael Pérez del Pulgar y Gamero. Y soy descendiente directo de Hernán, conocido como 'el de las hazañas'».

Rafael nació en Granada el 28 de marzo de 1939, pero le tomó unos cuantos años más darse cuenta de que su apellido, Pérez del Pulgar, estaba grabado en las piedras más carismáticas de la ciudad. «Llevo su sangre conmigo. Es lo que me ha dejado, la sangre, nada más. Los títulos se los llevaron otros», dice. Al parecer, su abuelo, Fernando Pérez del Pulgar y Martínez de Castilla, se casó con una plebeya «y eso se veía muy mal». Su bisabuelo, José Pérez del Pulgar y Lora, lo desheredó, quitándole derechos, propiedades y beneficios históricos. «Tengo familiares que son condes, repartidos por todas partes. Nosotros no –sonríe, como quien se quita un peso de encima–, nosotros solo la sangre».

La sangre, claro, tiene la costumbre de mezclarse con otras sangres, con otros apellidos, para así continuar las vidas en secuelas impredecibles. Su mezcla, la de Rafael, guarda otra gran historia. Otro nombre. Pero antes de llegar a él, hagamos un pequeño viaje en el tiempo: Rafael estudió en la Academia del Carmen y, después, en los Salesianos. «Me saqué el título de delineante», recuerda. Con 19 años se presentó voluntario al ejército y terminó haciendo la especialidad en radiotelegrafista. En el año 63 se licenció como cabo primero, «ya había tenido suficiente ejército». Tras trabajar de fontanero y electricista, pasó a dirigir un hotel en Cal Catalá (Gerona), un golpe de suerte que le cambió la vida para siempre: «Allí conocí a Amparo, mi mujer». Un año más tarde volvieron juntos a Granada a hacer lo que el cuerpo le pedía desde hacía tiempo: ser bombero.

«Llevo su sangre. Es lo que me ha dejado, nada más. Los títulos se los llevaron otros»

«Lo de ser bombero también lo llevo en la sangre. Mi bisabuelo, Antonio Joaquín Afán de Ribera (sí, el Afán de Ribera de la calle, el también abogado, dramaturgo y periodista), fundó el Cuerpo de Bomberos Zapadores de Granada, el primero de España. Mi abuelo fue jefe de bomberos. Mi tío, Enrique Gamero, también fue jefe. Y mi padre, sargento, como yo lo fui. En 2005 me jubilé, después de 40 años ejerciendo».

Antonio Joaquín Afán de Ribera

El valor

Para ser bombero, al igual que para héroe histórico, hay que valer. «El que entra por el sueldo no aguanta ni un año», asegura Rafael. «Es un trabajo muy duro que te endurece demasiado pero que tiene momentos que compensan». Días brillantes como aquella mañana de primavera, en la calle San Ildefonso, cuando consiguió rescatar a cuatro estudiantes que estaban atrapados por el fuego en su piso. Y tardes oscuras del alma, como aquella en la que un coché cayó por el puente de Tablate, dejando cuatro muertos. «Una de las niñas fallecidas tenía la misma edad que mi hija en aquel momento. Dos años. No volví a conducir nunca. No me da miedo ir en coche. Me da miedo que yo pueda provocar algo así».

El mar sigue sus idas y venidas, democrático, atendiendo a todos los nombres por igual, siendo testigo invisible de todas las sangres derramadas; de todas las salvadas. «¿Te imaginas que lo viera un día?», se pregunta el propio Rafael. «Me gustaría encontrarlo. A Hernán. Decirle, oye, soy pariente tuyo. Y preguntarle por aquellos tiempos, por sus hazañas. Me encantaría hablar con él. Aunque dicen –ríe– que era un poco cabroncete. ¿Sabes lo del Ave María en la mezquita de Granada? Cuentan que el que debía llevar la antorcha para quemar la Alcaicería perdió la mecha y que Hernán lo quería descuartizar allí mismo. Si no llega a ser por su criado, lo mata».

¿Qué se siente al ser descendiente de héroes? «Es un orgullo –termina Rafael, moviendo los dedos de la mano–. Ojalá hubiera más hoy. Aunque yo no diría héroes. Eran aventureros».

El granadino converso

La noche del «Ave María», Hernán Pérez del Pulgar estuvo a punto de atravesar a uno de sus hombres. Le frenó su más fiel sirviente, un converso que le acompañó en muchos de sus aventuras. Una suerte de Sancho que, según cuentan las historias, serenaba los ánimos de 'el de las hazañas'. «A ese criado suyo, Hernán lo acogió bajo su mando, lo bautizó y le dio un nuevo nombre: Fernando Pulgar. Que no Pérez del Pulgar. Si no me equivoco, Pérez significa 'hijo de'». Al parecer, aquel Fernando Pulgar, el granadino converso, viajó a América tras el descubrimiento de Colón y así se creó la rama de los Pulgar que se extienden por Sudamérica. «Hay un grupo de Facebook que se llama 'Pulgares por el mundo' y ya somos más de mil. Estamos reencontrándonos».