«La finca de Cercedilla era un paraíso. Ojalá volviera a esa casa en la que viví tantas aventuras»

La pintora granadina María Teresa Martín-Vivaldi pasó sus primeros veranos de la niñez en la sierra madrileña, donde se enfrentó a víboras sin ningún temor y se convirtió junto a su hermana y sus primos en una exploradora

«La finca de Cercedilla era un paraíso. Ojalá volviera a esa casa en la que viví tantas aventuras»
REBECA ALCÁNTARAGRANADA

La pintora María Teresa Martín-Vivaldi (Granada, 1955) pasó sus primeros veranos en la sierra de Cercedilla. Allí, ella, su hermana y sus primos descubrieron un mundo que poco o nada se parecía al del asfalto del Madrid donde entonces vivían el resto del año. Cuando llegaba junio, dejaban atrás el colegio y se sumergían en miles de aventuras que María Teresa aún recuerda como si hubieran sucedido ayer.

«La finca de Cercedilla era un paraíso para nosotros. Ojalá ahora tuviera aquella casa donde vivimos grandes aventuras», rememora, al tiempo que recuerda el día en el que descubrieron que entre la piedra del escalón que conducía a la vivienda había víboras. «¿Miedo? Para nada. Éramos totalmente inconscientes y muy felices. En ningún momento pensamos en lo peligrosas que podían ser aquellas serpientes, que eran venenosas», explica.

La pintora granadina y su hermana eran las pequeñas del grupo. Se dejaban guiar por lo que sus primos y el resto de los niños que vivían en otras fincas cercanas proponían. Descubrieron allí la naturaleza y pasaron algunos de los días más divertidos de su niñez. Tres largos meses que siempre parecían demasiado cortos y que María Teresa nunca quería que llegaran a su final.

En aquella finca apartada del ruido y de la vida ajetreada de la ciudad, sus padres recibían visitas de amigos que hacían que aquellas jornadas fueran aún más inolvidables. La pintora recuerda con especial cariño a Eduardo Carretero y a su esposa, Isabel Roldán. «Eduardo era escultor, así que cada vez que venía a vernos a siempre creaba alguna pequeña pieza que para nosotras era un juguete».

A la memoria de María Teresa vienen también los cuatro hijos pequeños del embajador de Suecia que en aquella época veraneaban en una casa cercana a la suya en Cercedilla y con los que compartieron risas y juegos. Junto a ellos se divirtió hasta los ocho o nueve años, cuando la familia decidió cambiar la montaña por la playa y eligió el sur para el periodo estival.

A María Teresa le cuesta decidir en un primer momento qué época fue mejor. «Cada cosa tiene un encanto distinto. También fueron edades diferentes. A Estepona y Marbella empezamos a ir cuando yo tenía ya doce años. Allí nos encontrábamos con nuestros primos de Granada. La verdad es que también fueron momentos muy bonitos», rememora la pintora.

Sin embargo, si se para un poco más a pensar, Martín Vivaldi decide que se queda con aquellos primeros años de niñez en la sierra madrileña, donde junto a amigos -que en muchos casos no volvió a ver- se convirtió en exploradora, entre bichos y serpientes. A aquella casa, a la que le encantaría regresar, también acudían en invierno y si pudiera continuaría volviendo casi siempre. La casa era grande, «muy grande, gigante». Al menos así es la imagen que conserva intacta en su cabeza María Teresa. Siempre junto a su hermana, para la pintora aquellos tres meses se han quedado grabados en su memoria, al igual que las risas de aquella niña que entonces comenzaba a vivir.

Al descolgar el teléfono, María Teresa Martín-Vivaldi no tuvo ninguna duda: «¿Mi verano? Cercedilla. Aquello era una aventura continua». Y es que la pintora tiene claro que sin pensarlo ni un momento regresaría de nuevo a aquel lugar en el que fue tan feliz.

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