Un cerro asolado, un valle paradisíaco y un palacio con nombre de silla

Este verano tenemos un plan: pasarlo en bermudas. Existen unas Bermudas de ultramar, en mayúscula, con fama de mágicas y enigmáticas. Unas Bermudas lejanas y exóticas, descubiertas por el navegante español Juan Bermúdez en 1505

Un cerro asolado, un valle paradisíaco y un palacio con nombre de silla
RAMÓN L. PÉREZ
JESÚS LENSGRANADA

Las bermudas también existen en forma de pantalón, una prenda desenfadada e informal que, durante los próximos treinta y un días de agosto, van a ser toda una declaración de principios.

La intención de este 'Verano en bermudas' es recorrer diferentes rincones de la geografía granadina. Y hacerlo de forma cómoda y agradable: en bermudas. Un recorrido que nos permita pasear para descubrir. Hablar, mirar y escuchar para conocer. Trotar, navegar, saltar y quién sabe si volar; para transmitir sensaciones, emociones y experiencias.

Porque si las Bermudas nos quedan tan lejos como a trasmano, las bermudas son toda una invitación a un viaje asequible que, no por cercano, dejará de ser atractivo, interesante y disfrutón.

Les propongo, para comenzar, un buen paseo. Lo podemos iniciar, por ejemplo, en ese Kilómetro Cero que es el Puente Verde, donde arranca el popular Camino de la Fuente de la Bicha, una de las grandes Rutas del Colesterol capitalinas.

RAMÓN L. PÉREZ

El Genil viene este año inusualmente crecido y, aun en agosto, es una gozada pasear a su vera, escuchando el murmullo del agua entre las piedras. De hecho, en cuanto el camino sale de la ciudad y deja atrás casas y edificaciones, se nota un descenso en la temperatura de un par de grados. En diez minutos pasamos de estar en el centro urbano a encontrarnos en mitad del campo y en contacto con la naturaleza.

A la altura de la Lancha del Genil, al otro lado del río y de la Carretera de la Sierra, comienza la serpenteante subida hacia las antiguas minas de oro conocidas como Hoyo de la Campana, también llamadas Hoyo del Gigante. Su origen más lejano data del siglo I AC, pero fueron los romanos quienes más y mejor explotaron la zona, utilizando diferentes técnicas hidráulicas para vaciar una montaña que quedó cubierta de misteriosas cárcavas, huecos y cavernas.

Posteriormente, durante el siglo XIX, la mina fue explotada por una concesión francesa en la que participó el galerista de Van Gogh, un tipo que sabía cómo y dónde buscar el oro, literal y artísticamente hablando.

¡He encontrado oro!

Tanta tierra se movió y tanto se horadó la montaña a lo largo de los siglos que, todavía hoy, siguen apareciendo pepitas de oro en las aguas del Genil y del Darro, el río áureo por excelencia. Muy de vez en cuando, se puede encontrar a bateadores en las orillas de ambos ríos, buscando restos del preciado metal. Se trata de una afición más relacionada con disfrutar de la naturaleza y recuperar una actividad artesanal que con hacerse rico. Pero, cuando uno busca oro, siempre tiene la secreta esperanza de que, de repente, aparezca esa gran pepita que sólo se encuentra una vez cada cien años. Y darse el gustazo de gritar, como en las películas: ¡Oro! ¡He encontrado oro!

Pasando el Llano de la Perdiz, arriba del todo, se encuentra el Cerro del Sol, singular mirador para disfrutar de unas puestas de sol que habrían devuelto la razón al mismísimo Van Gogh. En estas largas jornadas estivales da tiempo a subir cuando ya no canta la chicharra, maravillarse con la luz, reverenciar al sol y enfilar hacia Valparaíso, por el otro lado de la montaña. Y no se preocupen: si transidos por la belleza pierden la noción del tiempo, un inmenso reloj solar les devolverá al huso horario. Además, un mapa con el perfil de Sierra Nevada les permitirá identificar cada uno de sus picos más significativos.

Regresamos hacia Granada atravesando un fresco quejigal mediterráneo. Avanzamos por un sendero que debería estar catalogado como Patrimonio de la Humanidad Caminante y llegamos a una mágica curva tras la que nos asalta una espectacular vista del Albaicín. Con el Darro discurriendo abajo y la pétrea Abadía del Sacromonte irguiéndose entre el verde de las huertas y los olivares; el rumor del río, el ladrido de los perros en lontananza y el tañido de las campanas constituyen la banda sonora perfecta para un paseo que le da una dimensión única al concepto de belleza.

Cruzamos los vestigios de la Acequia Real de la Alhambra y llegamos a la Silla del Moro, lugar originalmente destinado a la canalización y reparto de agua por las distintas estancias del recinto nazarí. También era zona de vigilancia y control del Generalife, con un pequeño castillo situado en lo alto del cerro. Según una leyenda apócrifa y por tanto, razonablemente falsa, podría haber sido allí donde Boabdil exhaló el mítico y fantasioso suspiro con el que pasó a la historia.

De ser cierto, a Boabdil hay que reconocerle tino y un excelente gusto a la hora de elegir dónde aposentar su regio trasero para suspirar e, imaginamos, desesperar: pocas vistas de la Alhambra más impresionantes que las contempladas desde la Silla del Moro, abierta al público los sábados y los domingos por la mañana.

A partir de ahí y para regresar al Puente Verde, queda una bajada que da un pelín de bajón, ciertamente. Pero no pasa nada. Hemos caminado unos 15 kilómetros. Agosto acaba de comenzar y nos queda mucho camino por recorrer.