Miguel Botella: «Cuando trabajo, un narco es idéntico a un santo»

'El detective de los huesos' acaba de ser nombrado presidente de la Sociedad Española de Antropología Física. Hablamos con él del miedo, de la malafollá, de su barba y de «tocar el alma»

Miguel Botella mira por la ventana del pasillo del departamento de Antropología, en el PTS/ALFREDO AGUILAR
Miguel Botella mira por la ventana del pasillo del departamento de Antropología, en el PTS / ALFREDO AGUILAR
José E. Cabrero
JOSÉ E. CABREROGranada

El pasillo de la cuarta planta del edificio A de la Facultad de Medicina es blanco. Muy blanco. Un blanco hueso. En las paredes hay vitrinas repletas de calaveras, fémures y otras cosas que resulta que también llevamos dentro. Porque aquí los huesos hablan. Y son más de 5.000 piezas. 5.000 voces. Una algarabía silenciosa de secretos eternos: un crimen, una trepanación, el último deseo de una momia, la maldad que escondía un puño cerrado... Al final del pasillo está el despacho del hombre que escucha esos cuchicheos óseos, Miguel Botella (Granada, 1949).

-Después de todo lo que ha visto, ¿qué le da miedo?

-(Resopla) Si quieres que te diga la verdad... (se toma unos segundos) Me da miedo la deslealtad. Sí. Eso. La deslealtad. Porque es imprevisible. Morirse, todos sabemos que vamos a morir. Pueden pasar imponderables, pero incluso sabes que van a pasar. La deslealtad es lo que más daño hace. Obviamente, no quiero morirme, nadie quiere, pero tienes que aceptarlo.

-Y tras ver tanta muerte, tanta vida, ¿en qué cree?

-Creo en el humano. En lo que somos capaces de hacer. Somos los que creamos el mundo, nuestros propios mundos, nuestras esferas de conocimiento.

-Al final, todo lo que dejamos son historias. Unas las contamos de abuelos a nietos y, otras, las suyas, las cuentan los huesos.

-Por eso mi trabajo es apasionante. Soy un privilegiado pudiendo trabajar en esto. Siempre lo he sido. Te da una dimensión diferente de las cosas. Hay historias, cierto. Pero la historia que te cuentan es falsa siempre. A nadie le cuentan que su abuelo era malo. Todo el mundo es bueno cuando se muere, pero la realidad puede ser otra. Al estudiar a través de los restos de esa persona, lo que podemos ver es la realidad. Nosotros SÍ podemos ver la verdad, quizás con menos detalle de cuando nos cuentan una historia, pero podemos saber las enfermedades que tuvo una persona o lo que comió cinco años antes de su muerte... una cantidad de datos que dicen la verdad. Son objetivos. Las historias de abuelos a nietos son siempre subjetivas.

«La historia que te cuentan es falsa siempre. A nadie le cuentan que su abuelo era malo. Todo el mundo es bueno cuando se muere, pero la realidad puede ser otra»

-Pensar que mis huesos pueden contar algo que yo no quería contar...

-No, no estudiamos casos de personas concretas, a no ser que sean casos especiales. Estudiamos poblaciones: cómo llegaron, a dónde se trasladaron, qué enfermedades tuvieron... Uno de los temas importantes es ver cómo vivió esa sociedad en realidad. Los egipcios, por ejemplo, cuando vemos sus maravillas pensamos que eran comunidades súper ricas con una alta calidad de vida. Los huesos nos dicen que no, que vivieron muy mal, constantemente en el límite entre la vida y la muerte.

-¿Qué contarán nuestros huesos en el futuro? ¿Qué dirán de nuestra sociedad?

-Pese a todo el barullo político, nuestros huesos dirán que, desde el año 45 para acá, las comunidades humanas han tenido un desarrollo exponencial en cuanto a bienestar. Los antibióticos, vacunas y demás métodos sanitarios han cambiado drásticamente la humanidad. Hemos pasado de una expectativa de vivir 35 años a 83.

-Eso dejará huella.

-Sin duda. Encontraremos una población muy envejecida, con graves problemas articulares, que es un signo de bienestar. Encontrar muchos huesos con artrosis querrá decir que vivieron muy bien. Por otra parte nos encontraremos una población curiosa, híbrida, con muchas más personas de otros orígenes y muchos menos indígenas por la drástica disminución de la natalidad. Tan drástica que en 30 años la población autóctona europea se va a quedar reducida a la mitad. ¿Y va a pasar algo? ¿Es una catástrofe? No, no pasa nada. Sencillamente se va a sustituir por otros grupos y se acabó. Esa sustitución es una de las cosas interesantes para los antropólogos del futuro.

La tierra de Granada

El teléfono de Miguel Botella suena con facilidad. Todo el mundo tiene una pregunta para él. Cada vez que se mueve la tierra en Granada -y, probablemente, en el resto del mundo- se enciende la pantalla de su móvil. Pero él, que vive enamorado de esta tierra desde que era un crío, siempre responde. Lleva 50 años haciéndolo.

-Un sarcófago en el centro de Granada. ¿Qué le parece la historia?

-Es una historia interesante, pero a mi juicio se han lanzado las campanas al aire antes de tiempo. Y se corre el peligro del fiasco. Si se plantean expectativas tan maravillosas lo que puede pasar es que no se correspondan con la realidad y lo que estamos viendo es que empiezan a no corresponder con la realidad. En todos estos trabajos debe haber paciencia, sosiego y después explicar lo que sea en los foros apropiados.

-Pero es una historia que dan ganas de contar lo antes posible.

-Es una cosa llamativa. Pero no es el primer sarcófago que aparece. Ni el primer muerto. Tenemos más de 5.000 muertos aquí. Es un hallazgo muy interesante, pero quizás se ha especulado demasiado. Una vez abierto veremos si, finalmente, es un sarcófago que había sido saqueado previamente, que es lo que parece.

-En Granada movemos tierra para construir algo y aparecen restos. ¿Es una bendición o una maldición?

-Las dos cosas. Encontrarlos es una bendición, tenemos una ciudad privilegiada. Pero también es una maldición en cierto modo, porque si encima que tenemos malos servicios nos tropezamos con estos temas... No, pero siempre será una maravilla lo que estamos encontrando. Todo el patrimonio de Granada es de una riqueza impresionante. Poca gente puede llegar a darse cuenta de la riqueza que hay aquí. Encontrar ese sarcófago, en ese sitio tan inesperado, es una maravilla.

-Hay gente que no entiende que haya que parar unas obras, por ejemplo, del metro, por esas maravillas.

-La gente tiene que entender que cada hallazgo de esos es único, pero no único en Granada, único para la humanidad. Algo que nos puede dar datos de cómo vivimos en la antigüedad, de cómo vivimos hoy y de cómo podremos vivir a futuro. Son testimonios tan valiosos que el metro se queda en nada. Si ha estado 3.000 años ahí, merece la pena pararse e investigarlo, que la gente comprenda que las prisas no llevan a nada. Si hemos estado desde la Prehistoria hasta hoy sin un metro, podemos esperar unos días, ¿no? Además, en vez de metro tenemos centímetro...

«Plantearemos una tesis doctoral sobre la malafollá en los huesos, puede ser interesante (ríe)»

-Por cierto, ya que ha visto tantos cadáveres granadinos, ha encontrado restos de...

-¿Malafollá? (ríe) No, no se ve. Hasta ahora no hemos podido llegar. Sería una cosa para investigarlo. A lo mejor deja restos y no hemos sabido verlos. Plantearemos una tesis doctoral sobre la malafollá en los huesos, puede ser interesante (ríe).

-Y, dígame, ¿es posible que un cráneo determine las cualidades de un alcalde, por ejemplo?

-Me parece una cosa de lo más... curiosa. Una persona que es alcalde de la ciudad de la cultura y se echa en brazos de pseudocientíficos y de cosas increíblemente absurdas. No me parece que diga muy bien de estas personas... No, de ninguna manera, ningún cráneo dice nada. ¡Ojalá! En el siglo XIX se habló de eso y hoy podemos afirmar que es de lo más acientífico que se puede conocer.

Un nuevo presidente

Miguel Botella acaba de ser nombrado presidente de la Sociedad Española de Antropología Física. «Es una sociedad que tiene muchos años de recorrido y la particularidad es que soy el único médico de la sociedad. Eso quiere decir que se ha hecho más abierta, que no hay corporativismos. Se ha roto una inercia de muchos años en los que los biólogos eran los que siempre presidían». El 98% de esta sociedad es personal de universidades y de consejos superiores. «Investigadores de primer orden», apunta Botella. La Antropología Física estudia el estudio biológico del humano con lo que le rodea en cuanto a su incidencia en el ecosistema, la evolución y los cambios que se producen en el ser humano: «por qué somos como somos y cómo vamos a ser». Hasta hace poco, materia exclusiva de Biología. «Nosotros rompimos esa inercia y damos clase en cinco carreras distintas. Ha dado un salto cualitativo y cuantitativo enorme porque forma parte, como debe ser, del núcleo de muchas asignaturas». ¿El objetivo como presidente? «El primario y fundamental, que todos compartamos datos y que seamos una sociedad de amigos».

En los huesos de Botella

Al entrar en el despacho de Miguel, repleto de fotografías y de recuerdos de vidas de otros, bromea con el fotógrafo. «¿Hacerme una foto? No hace falta. Nada más que saques una de Fray Leopoldo y ya me tienes». Lo cierto es que guarda un parecido asombroso. No sólo por la barba, también por el porte, por su entrañable manera de acoger a los desconocidos, por su maravillosa malafollá innata y por una sonrisa noble, escondida entre la maraña de pelo como la mirada de un perro fiel.

-¿Cómo empezó su historia? ¿Cómo encontró una vocación tan peculiar, se acuerda?

-Claro que me acuerdo. Tenía 13 años. Es una historia muy curiosa. Al maestro que tenía en el colegio le mandaron una publicación que no le pareció interesante y la tiró a la papelera. Era una publicación de antropología de Píñar. Me leí aquello 7.000 veces sin entender nada, pero me pareció mágico. Cuando pude ir a Píñar y entendí lo que contaba, me encandiló. No me arrepiento ni un día, acerté plenamente...

«Yo soy de Pínar», interrumpe el fotógrafo. «¡No me jodas!», grita con alegría Botella. Alfredo, el fotógrafo, le cuenta que es hijo del farmacéutico y a partir de ahí ambos dejan que hablen los huesos. Los dos, completos desconocidos hasta hace unos segundos, se sonríen con cada nombre en común al que le ponen cara. «¿Te acordarás del Lucero, no? -pregunta Botella- ¡Era mi suegro! Yo es que soy casi piñero. ¿Y Baldomero, te acuerdas? Se mató, mi gran amigo...»

-¿Cuál era su colegio?

-La Academia del Carmen, en Granada. Era para niños no muy ricos. Yo era de los más pobres. Y aquel maestro, el que tiró la publicación, fue espectacular. Aquel profesor fue el que consiguió que yo fuera algo en la vida.

«El padre de Sebastián Pérez, del PP, fue el hombre decisivo en mi vida»

-¿Cómo se llamaba?

-Don Sebastián Pérez Linares, el padre del Sebastián Pérez del PP. Era una persona magnífica. Un hombre excepcional. De verdad, fue el hombre decisivo en mi vida.

-¿Y la barba, tiene historia?

-Me la dejé en el año 70, en Píñar precisamente. Allí estaban excavando los americanos. Venían de la Guerra de Vietnam, habían sido soldados y arqueólogos. Su aspecto me moló. Me pareció muy chulo. Me dejé la barba y desde entonces no me ha visto nadie sin barba, ni siquiera mis hijos.

Tocar el alma

Si Miguel Botella fuera un personaje de ficción -tiempo al tiempo-, sería una mezcla entre Indiana Jones y un agente del CSI. De analizar apasionantes restos antiguos a resolver los crímenes más brutales analizando los huesos de las víctimas. Botella lidera un equipo de referencia en todo el mundo. Pueden saber el sexo de una persona a través de un trozo de hueso de dos centímetros y tienen sistemas 3D de comparación que permiten identificar a una persona en seis segundos: «Si me traes una foto de una persona y su cráneo, puedo saber en muy poco tiempo si es él». Un trabajo casi único, pocos hacen lo que él, por eso le llaman tanto de tantos sitios distintos. Viajes en los que, tras ver la desgracia más sobrecogedora, su alma sufre, aprende y se renueva.

-¿Qué le produce más curiosidad, encontrar una momia de hace miles de años o un ser vivo a millones de años luz?

-Yo no creo en los extraterrestres. En absoluto. ¿Qué es más llamativo? El extraterrestre, claro, porque no me lo creo. Los datos que me puede dar una momia son más interesantes porque son reales. Aunque si me trajeran un extraterrestre sería feliz, sería divino. Pero yo creo que no.

-¿Cómo es el trabajo de su equipo?

-Trabajamos con una colección de huesos muy grande. Y está apareciendo material nuevo constantemente. Ahora tenemos que ir fuera de Granada a estudiar restos y en octubre volvemos a Egipto. Parece mentira que los huesos den tanto trabajo, pero merece la pena. El privilegio de mi vida ha sido hacerlo durante 49 años; no me arrepiento ni un solo día.

«El sufrimiento está en no encontrar el cuerpo, en no identificarlo. Cuando solucionas eso, tiene un gran plus humano que a mí me gusta mucho»

-Restos antiguos y restos forenses, ¿verdad?

-En Egipto estudiamos restos antiguos. En América y España, hago Antropología Forense que es más difícil, complicado y peligroso. A veces tengo que ir con escolta armada. Hago identificaciones de crímenes de narcotráfico... temas de esos. Son muchísimos cadáveres. Puedo ver veinte al día, cada vez que voy, todos casos muy duros. Es tremendo, lo pasas muy mal, pero también es muy gratificante porque cuando puedes solucionar un caso y puedes entregarle a la familia los restos de la persona... deja de sufrir. El sufrimiento está en no encontrarlo, en no identificarlo. Cuando solucionas eso, tiene un gran plus humano que a mí me gusta mucho.

-¿Qué sienten cuando reciben los restos?

-Siempre pasa lo mismo. La gente cuando no encuentra a su ser querido se angustia profundísimamente, es una angustia que permanece siempre. Todos los rituales de los muertos han surgido por eso: se agarra un muerto, se llora delante de él, se hace misa, se ponen flores... el ritual sirve para que la persona vaya aceptando la pérdida de esa persona. Si no aparece los restos la persona vive en constante angustia. Necesita que le den un hueso, un trozo, lo que sea, para que sobre eso pueda hacer todos esos rituales y se supere esa fase.

-Aquí tenemos el caso de la Guerra Civil.

-El tema se ha tocado mucho políticamente. Pero, ¿cuántas personas han muerto ya con la angustia de no encontrar a sus seres queridos? Es un drama muy grande. La gente necesita los restos materiales para poder llorar, para superar el duelo.

-Usted suele decir que esos casos le tocan el alma. ¿Qué significa?

-Me hace plantearme muchas cosas. Hace que elimine cosas que son estúpidas y superfluas, todas estas vanidades que son absurdas. Lo que veo en los cadáveres es lo que queda de todas esas vanidades y, lo que queda, es en todos los mismo. Y toca el alma porque eso te hace ser más humano.

-¿La desgracia?

-Sí. Te hace más realista. Hace que creas menos en muchas cosas. Que simplifiques las cosas...

-Empatía.

-No. Si te pones mucho en el lugar de alguien, te fastidias. No puedes ponerte mucho en el lugar de las familias. Hay que trabajar. No puedo decir qué pena, pobrecillo, qué lástima... No puedo, porque entonces me supera y no hago nada. No, no, no. Tú trabajas como técnico en un tema. A mí me da lo mismo trabajar políticamente de un lado u otro, guerrilleros o narcotraficantes. Cuando trabajo, un narcotraficante es idéntico a un santo, me da lo mismo, tengo que trabajar, porque si no no aporto las pruebas. Después, tomo partido. Después, te toca el alma. Después, te hace ser más persona.

«Sería absurdo no sacar a una criatura identificada de una fosa común. El problema de la Guerra Civil son los no identificados, ¿cómo hacerlo sin datos?»

-En Granada tenemos el caso Lorca siempre presente.

-Se ha trabajado tanto sobre el tema, se ha dicho tanto, se ha tergiversado tanto... que ha llegado un momento de hastío para los granadinos.

-¿Aparecerán los huesos?

-Creo firmemente que los huesos de Lorca están allí. ¿Dónde? No lo sé. Pero es cierto que se ha hablado demasiado del tema y se ha dejado poco a la investigación. Como te decía antes, a mí me da igual el personaje. El más pobre es lo mismo que el más rico. Merece el mismo trato de todos. Para mí, si yo encontrase los restos de Lorca los trataría exactamente igual que a cualquiera. Ha faltado una visión científica y técnica, sin tanta historia, porque ha habido demasiado barullo. ¿Habría que sacarlo? Sería absurdo no sacar a una criatura identificada de una fosa común. El problema de la Guerra Civil son los no identificados, ¿cómo hacerlo sin datos? No se puede mirar un esqueleto y decir quién es sin datos. Los que se puedan identificar es evidentísimo y urgentísimo hacerlo.