Sendas de minas y leñadores

Antiguos cortijos atesoran la historia de la sierra de Huétor y sus pobladores, vivencias entre vaguadas y altos cerros | En el corazón del parque natural, el cerro del Corzo contempla las plantaciones que devolvieron los bosques a las laderas calizas

Desde el sendero hacia el cerro del Corzo se divisa la cuerda del Majalijar /J. E. GÓMEZ
Desde el sendero hacia el cerro del Corzo se divisa la cuerda del Majalijar / J. E. GÓMEZ
JUAN ENRIQUE GÓMEZ y MERCHE S. CALLE

«Un sonido de golpes, seco y reiterado, se extiende a través de los barrancos y sube las escarpadas laderas. El impacto del hacha sobre los troncos de encinas y quejigos retumba de forma dramática entre las paredes que cierran vaguadas. Desde el alba, los leñadores talan ramas y troncos para llevar a cortijos, casas e industrias de los pueblos de los alrededores de la sierra de Huétor, incluso a la ciudad, situada a pocos kilómetros. Cada día recuas de mulos y asnos transportan toneladas de la mejor leña destinada a cocinar y calentar los hogares. Los leñadores saben que la sierra ha perdido gran parte del tapiz verde que la cubría hace siglos, ven con preocupación que cada día es más difícil encontrar la madera que necesitan, que la tierra yerma se extiende desde el fondo de los barrancos, sube las laderas, ocupa el espacio donde crecían alamedas, encinares, quejigares y robledales».

Está descripción es la posible crónica de la situación que al inicio del siglo XX vivían los territorios que hoy forman el Parque Natural de la Sierra de Huétor y las sierras que le rodean hacia el norte. Muestra una etapa de la historia de un espacio natural que siempre ha sido básico para la supervivencia de las poblaciones de su entorno, donde los ecosistemas proveían de materia prima, comida y refugio, agua y minerales, donde los cerros fueron horadados para buscar mineral de cobre, hierro, galena y metales preciosos. Leñadores y mineros dejaron su huella en los senderos, en cortijos y refugios, lugares que más tarde, en la segunda mitad del siglo XX, volvieron a ser ocupados por otros hombres que tenían la misión de repoblar los bosques perdidos, de volver a plantar árboles en vaguadas, llanos y laderas. El objetivo también era comercial, hacer crecer los árboles para ser talados, pero el devenir de los tiempos cambió las perspectivas y los bosques de repoblación lograron naturalizarse, crecer sin la amenaza del hacha.

Protegido

Cortijos, caminos, bosques y bosquetes, forman parte ya de la singularidad de un espacio natural protegido desde 1989, y se convierten en elementos que cuentan la historia del territorio y sus gentes. Unas antiguas y derruidas paredes de piedra seca aún perduran junto a la sombra de nogales, pinos, álamos y fresnos. Es el cortijo de las Minas, una construcción que albergó a los mineros de Huétor y Alfacar que trabajaron para compañías belgas que extrajeron mineral del interior de los cerros; paredes en las que vivieron los repobladores que durante más de una década devolvieron el verde a la tierra.

Sendero entre el cortijo de las Minas y el cerro del Corzo donde se encuentra un puesto de vigilancia de incendios / J. E. GÓMEZ

Trabajaron desde el Molinillo, en el extremo noreste de la sierra de Huétor, hasta la Alfaguara. Construyeron caminos que hoy son senderos como el que aprovecha la cañada del Sereno y conecta Puerto Lobo con el interior de la sierra y llega hasta Huétor Santillán. Adentrarse en una parte de este sendero, entre el cortijo de las minas y el cerro del Corzo, con su mirador y observatorio de vigilancia de incendios, es una inmersión en la intrahistoria del parque natural.

El cortijo de las Minas está a pie del carril que desde el campamento de la Alfaguara llega al área recreativa de Los Potros y Pradonegro. Se accede por un cruce situado a la derecha, a 4,7 kilómetros del cruce del campamento. Está ubicado en un llano, entre nogales, desde el que el sendero del Sereno sube hacia el cerro del Corzo, una de las mayores alturas de la sierra (1.606 metros), un recorrido entre pinares repoblados, donde afloran rocas kársticas en las que crece una singular biodiversidad botánica, con espacios donde se observan tomillares dolomíticos y, en las umbrías, junto al camino, rosales silvestres, zarzamoras, majuelos, aulagas, agracejos y matorral mediterráneo muestran cómo era el ecosistema original.

La fuente de las Minas, a solo 500 metros de ascensión desde el cortijo, recuerda los tiempos de la repoblación, recoge las aguas que afloran entre las rocas calizas y corrían por el barranco del Corzo. Arriba, en la cima, un mirador muestra la imagen de este territorio en 360 grados, desde las cumbres de Sierra Nevada a los cortados del Peñón de la Mata y los picos de Sierra Arana. Desde esta posición, se observa la tierra teñida de verde, el bosque ha vuelto a las laderas.

Rosales de la sierra media

Rosa villosa: Se le conoce como rosal velludo. Crece en zonas umbrías, en las vaguadas con un sustrato húmedo. Se le reconoce porque sus tallos están plagados de espinas largas. Otra de sus singularidades es que aparecen espinas en la piel del fruto del rosal. Es una de las especies clave de este espacio natural.

Biodiversidad, mapa y fichas de especies en Waste Magazine