«Hay que vivir como si el futuro fuera interminable»

Eduardo Martínez de Pisón. :: óscar chamorro/
Eduardo Martínez de Pisón. :: óscar chamorro

Ha compaginado durante décadas la investigación y la docencia con expediciones a los confines de la Tierra. «La aventura no se busca, está ahí», dice

CÉSAR COCA

Cuando tienes mucha edad, la aventura es seguir viviendo. Sabes que el plazo es breve, algo que no te planteas a los 40 ni a los 60. Pero hay que vivir como si fueras joven, como si el futuro fuera interminable». Lo dice Eduardo Martínez de Pisón (Valladolid, 1937), el catedrático de Geografía que ha hecho de la aventura un estilo de vida. Por eso ha estado en el Himalaya más de una docena de veces, ha viajado al polo Norte y a la Antártida, ha cubierto siete veces la Ruta de la Seda («aunque no la hice completa todas ellas», dice como para restarle importancia), ha transitado por las Montañas Rocosas, se ha encontrado con la guerrilla en Guatemala y con bandoleros en Pakistán, ha visto cómo tres amigos morían por un alud en el Karakorum y una vez en Groenlandia tuvo la inmensa suerte de que un barco desafió las tormentas para llevar suministros a su equipo cuando habían agotado todas las existencias. Hace un tiempo estuvo cuatro meses en Río de Janeiro. «Acabé tan saturado de playas y brasileiros que al regresar me fui a Ávila a castellanizarme. Volví confortado». Lo explica con humor en el silencio del salón de su casa. Y advierte al periodista: «Las aventuras no se buscan, están ahí».

- A usted siempre le han fascinado las montañas. ¿Cuál fue el primer instante de esa fascinación?

- Tendría cuatro o cinco años. Estaba con mi familia en el lago de Sanabria. Allí, en medio del silencio, frente a las aguas transparentes, de pronto escuché una voz masculina que salía del bosque. Le contestó una voz femenina, al otro lado. Fue pura magia. Un flechazo.

«Mi mujer ha sido un acicate. Cuando me proponían una expedición siempre me decía: 'Hazlo'» «La belleza es parte de lo sublime, pero no es lo sublime» «Estuve cuatro meses en Río. Quedé tan saturado que al regresar me fui a Ávila. Volví reconfortado»

Habla Martínez de Pisón de su padre vitoriano y su madre vallisoletana y de un bisabuelo suizo. Su infancia transcurrió en Valladolid («la calle era un juego, no había coches») y cuando él tenía 13 años la familia se trasladó a Zaragoza.

- ¿Cómo eran las clases de Geografía entonces?

- Pueden ser aburridas o sugerentes, pero entonces el enfoque era puramente memorístico. Aprendías los afluentes del Ebro por la derecha como la lista de los reyes godos. No había imágenes, no era una buena Geografía. Las clases de hoy, con dibujos, fotos, vídeos, son otra cosa porque atraen más, son mucho más sugerentes. ¿Qué atractivo podía tener aprender la producción de carbón de la cuenca de Ruhr? La aventura era el mapa.

- ¿El origen de su vocación está en las novelas de aventuras, los cercanos Pirineos, las películas?

- Todo eso cuenta, junto a una vocación innata por estudiar la naturaleza. Siempre me ha emocionado la belleza de las montañas.

- ¿Viajaba mucho de niño?

- No. No existía entonces la mentalidad viajera de ahora. Recuerdo una excursión a Burgos, y luego ya en Zaragoza otras dos, una a Lourdes y otra al monasterio de Ripoll. Luego ya me aficioné al alpinismo, a raíz de una excursión al Pirineo aragonés: estuvimos quince días en tiendas de campaña y yo iba con unas botas de baloncesto, con las que tuve que atravesar neveros cargado con sartenes, patatas y mantas. Era junio de 1954 y entonces me volví el que ahora soy.

- Pero inició otra carrera.

- Dudé mucho, porque no tenía información. Me matriculé en Filosofía y Letras y después me incliné por la Historia, que es donde estaba la Geografía y donde hallé algo de ese mundo de Sanabria y el Pirineo que es lo que a mí me interesaba. Y aún más importante fue encontrarme con Manuel de Terán, un profesor de esos que atraen como un imán, inteligente, culto y bondadoso.

- Luego se trasladó a Madrid a terminar los estudios.

- Y también fue muy importante, porque aquí conocí a Julián Marías, que solía reunir a unos pocos alumnos en su casa. Allí me puso en contacto con Lapesa, Laín Entralgo, Aranguren y otros. Nos veíamos todas las semanas. Y sin haber acabado la carrera me llamaron para dar clase en el colegio Estudio, que tenía excelentes alumnos y un gran sistema didáctico. Fui muy afortunado al hallar lo mejor.

- ¿Fue allí donde empezó a dar clase de Geografía en los lugares de los que hablaba?

- Nos juntábamos varios profesores que nos repartíamos los temas (Literatura, Ciencias Naturales y Geografía) y hacíamos excursiones. Al final de cada jornada, revisábamos con los alumnos lo que habíamos visto. La primera excursión fue a Cuenca, luego solíamos ir a La Pedriza, Segovia, Las Hurdes...

- ¿Qué encontraron en Las Hurdes?

- Una comarca como la que había retratado Buñuel pese a los años transcurridos. Los chicos no conocían esa realidad del mendrugo de pan... Ahora, por fortuna, es una zona vulgar. Lo de antes era una fuerza maligna.

Los volcanes

Martínez de Pisón hizo su tesis sobre el paisaje urbano de Segovia. «No sabía que era una ciudad tan sugestiva y bella». Trabajaba durante las vacaciones, el único tiempo libre que le quedaba entre las clases y sus excursiones y viajes. En uno de ellos, en 1971, nació su afición por los volcanes, esos lugares «que permiten intuir lo que es el cosmos». Fue en 1971, tras una gran erupción del Etna. «Nos fuimos un amigo geólogo y yo. Estando ya allí nos juntamos a un grupo de vulcanólogos franceses. En esos días aprendí sobre volcanes para toda mi vida». Su siguiente erupción fue la del Teneguía... «Saqué la cátedra en Canarias porque había volcanes», asegura riéndose. Luego llegaron los glaciares. «Eso viene del alpinismo y hay que aprenderlo sobre el terreno: en el Himalaya, en la Antártida». Lo suyo, asegura, es una geografía basada en la aventura y la aventura basada en la geografía.

- ¿Qué le decían sus alumnos cuando regresaba de esas expediciones?

- Me pedían que se las contara. Y luego las publicaba, a poder ser en castellano (que no tiene premio en cuanto a evaluación de méritos) porque es una forma de seguir explicando.

- ¿Y su mujer? ¿Qué cara ponía cada vez que le anunciaba que iba a irse al fin del mundo, literalmente? ¿No le decía nada del estilo de si no tenía bastante con las clases?

- Ya sabía que yo soy así... Ella ha ido también a muchas excursiones a picos de 3.000 metros, en los Alpes y los Pirineos. Siempre ha sido un apoyo intelectual para que yo hiciese realidad el significado de mi vida. Un acicate: «Hazlo», me decía.

- Por si no tenía bastantes aventuras, empezó a recibir llamadas de Sebastián Álvaro, el creador de 'Al filo de lo imposible'.

- La primera vez me llamó porque quería dar al programa un tono más geográfico. El resultado fueron unas experiencias soberbias. Hasta entonces, yo tenía mi núcleo, mis posibilidades, pero lo de su programa era fantástico. Fuimos a grandes montañas, a la Antártida. A veces llegaba a casa y tenía un mensaje suyo en el contestador: «Prepárate que en diez días salimos para el Kailash, en el Himalaya».

- Y se fue, claro.

- A esa oferta nadie se puede negar. Y así fue también lo del polo Norte. Fuimos a Budapest, de allí a Moscú, Siberia, la isla más remota y luego al polo. En el caso de las montañas, yo no subía hasta lo más alto, porque iba allí a hacer geografía, de asesor. Cuando me incorporaba al grupo, me recibían diciendo: «¡Que viene la ciencia!».

- ¿Ha vivido muchas situaciones de peligro?

- La montaña es peligrosa. Hay aludes, desprendimientos, crecidas de ríos. Pero al margen de eso, he pasado hambre en una expedición a Groenlandia, sin teléfono ni radio. Venía una gran tormenta y podíamos haber quedado aislado sin comida durante semanas, pero al final llegó un barco. Pudo no haber llegado... En el Karakorum, un alud mató a tres compañeros. Los alcanzó cuando estaban en el campamento. Sus cuerpos no aparecieron. Fue el momento más duro.

- ¿Peligros de otro tipo? ¿Con gente armada, por ejemplo?

- En algunos lugares tuvimos que dormir en fortines e ir en caravanas, porque si no te asaltaban. En la zona de Pakistán he visto puestos donde vendían 'bazokas' y nos asaltaron y nos metieron en una cueva; en Guatemala tuvimos problemas con la guerrilla y en Nepal la esquivamos por casualidad; en México nos cruzamos con unos bandidos... En el Tíbet siempre había problemas. En las zonas remotas, China es un lugar muy afable por su gente y muy complejo por las autoridades. Para subir a un monte necesitábamos tres permisos: nos dieron los que pedían para ir hasta allí y realizar el ascenso, pero no el que nos exigían para entrar en la región.

- ¿Ha sentido alguna vez en esos lugares que le miraban con odio?

- Sí. En Pakistán enseñan a los niños a odiar a los occidentales, y lo notas. Por eso se ha puesto muy difícil viajar allí. Notas las hostilidad en todo momento, cuando antes eran afectuosos. Recuerdo que una niña escupió a un compañero de expedición solo porque era rubio.

Mejorar la naturaleza

Asegura que no sabe cuántos países ha visitado. Pero un recuento somero desvela que deben de ser más de cien. Porque en Asia solo le falta Japón, «Europa la conozco toda o casi toda, y lo mismo América». Le queda una asignatura: África, un continente en el que solo ha estado en tres países. No siempre le ha guiado el afán por la aventura. Por eso, explica que aunque se puede «extasiar ante la naturaleza», el ser humano ha conseguido mejorarla en no pocas ocasiones. Y retrocede a los tiempos de su tesis doctoral para asegurar que «la catedral mejora el peñasco en el que se asienta Segovia».

- La belleza es parte de lo sublime, pero no es lo sublime. A veces uno se pregunta qué belleza puede haber en el polo Norte, en la soledad, en el hielo. Pues la encuentras en el brillo que adquiere la nieve. La belleza puede estar en pequeñas cosas.

- ¿Cómo se siente en ciudades como Nueva York?

- No soy extremista en eso. No soy como Unamuno, cuando decía que estando en mitad de París echaba de menos Gredos. No elegiría Manhattan para vivir, pero es fascinante. Y en los Campos Elíseos está la Historia de Europa, como lo está en el Coliseo romano, o en Atenas. Ahora, si me da a elegir entre Manhattan y las Montañas Rocosas, prefiero estas últimas.

- Acaba de citar a Unamuno. Siempre ha hablado de su admiración por su obra.

- Soy unamuniano y no solo porque sea el mejor escritor español de montaña. También entendió muy bien Castilla. Lo releo constantemente y me ayuda a ser persona y no perderme, porque de vez en cuando nos riñe a todos, aunque sea sin querer.

- ¿Colecciona algo de sus viajes?

- Traigo algunas cosas, pero compro poco. Suelo traer sobre todo piedras, las analizo. Son en general de volcanes o montañas. No soy de cargar con cachivaches.

- ¿Conserva cuadernos de campo?

- Tengo muchos de tapas de hule, con dibujos de carácter geográfico o anecdótico. En una expedición debes tomar muchas notas porque sabes que probablemente no redactarás tus informes hasta meses más tarde y si no lo anotas, todo se olvida. En la Antártida escribía pequeñas notas y luego lo desarrollaba en cuadernos más grandes. Escribir o dibujar con viento y lluvia es muy complicado.

- A usted siempre le ha gustado mucho dibujar.

- He sido dibujante de humor. Durante años publiqué en 'Cuadernos para el Diálogo' y 'El Noticiero Universal', con el seudónimo Layus, que procede del apellido de mi familia vitoriana. En mayo saldrá un libro con una selección de dibujos.

- ¿Y fotos? ¿Tiene muchas?

- Miles. Era el otro ingrediente de los viajes: fotografiar las cosas.

- ¿Qué espera de la vida?

- Vivir, seguir viviendo. Hacerlo como si el futuro fuera interminable aunque sepas que no es así. Para eso hace falta una cierta voluntad. La ancianidad es el tiempo de la cosecha.