Una osa polar irrumpe en la ciudad en busca de comida

La osa deambula por las calles de Norilsk ajena a los vecinos que la observan./AFP
La osa deambula por las calles de Norilsk ajena a los vecinos que la observan. / AFP

Ha recorrido 800 kilómetros para hurgar en la basura de una ciudad de Siberia. Nunca había ido tan lejos un plantígrado de su especie en busca de comida

JAVIER GUILLENEA

Apareció el domingo por la noche, cuando nadie la esperaba. La última vez que un oso blanco se había aventurado por las calles de Norilsk, una ciudad del norte de Siberia, fue hace cuarenta años. Aquel animal imponía respeto, era digno de verse su porte salvaje y natural, como recién salido de un documental, pero mucho ha nevado desde entonces, aunque cada vez menos. La osa que el domingo sorprendió a los vecinos de Norilsk daba más pena que miedo.

El animal fue visto por primera vez por un grupo de adolescentes que, para no variar, grabaron sus movimientos con sus móviles y publicaron las imágenes en Instagram. La osa, un ejemplar joven que probablemente había perdido hacía poco a su madre, vagaba por las afueras de la ciudad y, a decir verdad, tenía un aspecto lamentable. Recorría con dificultad las calles embarradas mientras buscaba comida entre escombros y basura y se tumbaba cada cierto tiempo en el suelo para descansar. «Está muy hambrienta, delgada y demacrada. Casi no presta atención a la gente ni a los coches», explicó a los medios locales Oleg Krashevsky, un experto en vida silvestre.

Que un animal así se acerque a una ciudad rusa para buscar comida es cada vez más frecuente; lo que no es habitual es que se aleje tanto de su hábitat natural. Norilsk se halla situada al norte del círculo polar ártico, a unos 800 kilómetros de los parajes donde los osos blancos campaban a sus anchas hasta que el cambio climático comenzó a hacerles la vida imposible.

Invasiones

Se cree que en un momento dado la intrusa perdió la orientación y emprendió un largo camino hacia el sur, un lugar que para los osos polares no es el paraíso sino la perdición. El hielo marítimo del Ártico se está retirando rápidamente, lo que obliga a sus habitantes a viajar cada vez más lejos para encontrar comida. La tundra se está llenando de una famélica legión de seres que vagan desesperados en busca de algo que llevarse a la boca.

Impulsados por el hambre invaden pueblos, ciudades o instalaciones humanas en pos de su basura. En 2016 una decena de plantígrados asediaron durante dos semanas a los científicos rusos que ocupaban una estación meteorológica en una isla del Océano Ártico. El pasado mes de abril un oso polar en los huesos entró en el pueblo de Tilichiki, en el extremo oriental de la península de Kamchatka, también a cientos de kilómetros de su cada vez más cálido hogar.

Las visitas son cada vez más frecuentes pero ninguna puede compararse con lo que ocurrió hace cuatro meses en Belushia Guba, una localidad del archipiélago de Nueva Zembla que sufrió la invasión de 52 osos hambrientos y agresivos. Durante semanas, los habitantes del pueblo vivieron aterrados sin apenas salir de sus casas por miedo a un ataque. Los plantígrados, cuya caza está prohibida porque es una especie protegida, entraban en edificios, se plantaban ante las ventanas, hurgaban en contenedores y mataban a los perros que se ponían a su alcance. Los vecinos probaron con disparos al aire, bengalas, sonidos o vallas, pero todo fue inútil. No había manera de frenarlos. Las autoridades se vieron obligadas a decretar el estado de emergencia hasta que los molestos turistas se fueron con su apetito a otra parte.

Según el Fondo Mundial para la Naturaleza, los osos polares se encuentran en una situación de extrema vulnerabilidad «debido a la pérdida continua y potencial de su hábitat del hielo marino como resultado del cambio climático». Se estima que en todo el planeta hay entre 22.000 y 31.000 ejemplares de esta especie, que podría desaparecer en los próximos cien años si no se hace nada para evitarlo. Y no es fácil impedir el retroceso de la capa de hielo en el Ártico.

El futuro de la osa que el domingo se adentró en Norilsk depende de los expertos que han llegado a la ciudad para decidir qué hacer con ella. Una opción es capturarla y trasladarla en avión de regreso a su hábitat en el Ártico, pero no parece que su estado de salud lo aconseje. Su deterioro es tan evidente que muy posiblemente no tendría fuerzas para buscar comida y, de todas formas, su hogar ya no es lo que era. La patria de los osos polares se está derritiendo bajo sus pies. Pronto solo les quedará la basura de los hombres.