Vida de un viajante solitario

'Viñetas de un vendedor'. Cinco imágenes pertenecientes a la serie sobre el viajante. En grande, 'El viaje interior'. Debajo, de izquierda a derecha: 'El cliché de la llamada telefónica', 'Una vieja melodía', 'Blues de la puesta de sol en el puente' y 'Ayer fue un buen día'. / OLE MARIUS JOERGENSEN
'Viñetas de un vendedor'. Cinco imágenes pertenecientes a la serie sobre el viajante. En grande, 'El viaje interior'. Debajo, de izquierda a derecha: 'El cliché de la llamada telefónica', 'Una vieja melodía', 'Blues de la puesta de sol en el puente' y 'Ayer fue un buen día'. / OLE MARIUS JOERGENSEN

Ole Marius Joergensen retrató a su tío como un vendedor de los años 50 y el resultado da pie a imaginar la soledad de ese hombre a través del tiempo y el espacio

ISABEL IBÁÑEZ

Suena en la radio 'I Got A Woman' de Ray Charles. Se tumba boca arriba en la cama a devorar la hamburguesa que ha comprado en el Vinny's de la esquina. Nunca le ha gustado esa bazofia llena de nervios, pero el día ha sido tan crudo que ahora mismo necesita un buen chute de calorías. De mala calidad, eso es, mucho mejor. La grasa le cae en la camisa, maldita sea, tendrá que frotarla en el lavabo con jabón de manos... Le cuesta mover el pecho para respirar. Esta semana no ha cumplido, sabe que tendrá que llamar al jefe, que escuchará al otro lado el silencio, que luego tocará palmadita en la espalda, 'no te preocupes, la próxima habrá más suerte'. Puede ver al veinteañero rondando, a la espera de que el viejo cachalote dé su último coletazo. No es verdad, es consciente de que no tiene razón, así son las cosas, vaya, solo busca su hueco, como él hizo hace tanto, tanto...

En su último cumpleaños cogió el autobús a Carmel, con sus viejos ricos y sus pretenciosas mansiones, y se sumergió en las punzantes aguas de la bahía de Monterrey. Aquello le hizo sentirse bien, como si tuviera el esqueleto de metal y la carne bien sujeta a los huesos. Estuvo unos minutos, más de lo que hubiera pensado que aguantaría, y al meter la cabeza pareció reventarle. Quizá fuera eso lo que necesitaba. Al salir, el pellejo volvió a colgar y se prometió a sí mismo, como cada vez que se reflejaba en los escaparates, que compraría unas pesas y unas mancuernas. Qué diablos. Sabía que no lo haría. No podía llevar esos trastos en la maleta. Con el divorcio se había esfumado su coche, no se lo reprochaba a su mujer, cuánto la quería aún. Pero ello le había abocado al transporte público. Ni siquiera se lo dijo al jefe, supondría otro punto negativo en su currículo, así que peleaba a diario con el despertador y los horarios de los autocares.

La visita hoy fue realmente mal. Lleva toda la vida vendiendo, pero ha perdido la confianza en sí mismo y, lo que es peor, en el producto que debe colocar. Tiene la certeza de lo que piensa el cliente al verle, una pesadilla dentro del sueño americano, nada de Chrevolet en la puerta, jardín con perros y olor a pastel de carne en la cocina. Los moteles, cada vez más infames.

Claro que hay cosas con las que disfruta, por supuesto. Le gusta sentarse en las cafeterías, a solas con sus pensamientos, mientras el camarero le llena la taza una y otra vez. Viajar en autobús, observar el mundo por las ventanillas, las tormentas que le obligan a ponerse la ropa húmeda al día siguiente. Nada de eso importa. Las dentelladas de soledad le producen cierto placer. Pero cada vez dura menos y entonces el mordisco es severo, agónico, eterno como el de un pitbull. Siente un dolor ácido en el corazón, el pasado tratándolo como a un 'sparring'. Caminando por la carretera, debe sentarse en la cuneta, a esperar que pase el primer embate. Luego sigue hasta la parada, deseando regresar a la seguridad del cuarto tras el enésimo fracaso. Como cada noche, descolgará el teléfono, marcará el número y quedará escuchando hasta que el vacío hueco reemplace a los pitidos. Un ritual más fuerte que él.

Antes que ahora, las cosas fueron bien. Los viajes se traducían en contratos, y al caer la tarde lo celebraba visitando los bares, daba igual que fuera solo. Gustaba a las chicas, no habían sido ni una ni dos las veces que le habían cercado en la barra para charlar, invitarle... Y disfrutaba con ello, pero siempre regresaba solo al motel, tan contento de portarse bien. Ahora le encantaría que alguna le hiciera sentir...

Amanece y la lluvia cae. Anoche se durmió con los restos de la hamburguesa encima. La estación queda lejos, hay que ponerse en marcha. En el camino, ve acercarse a una mujer, y se prepara para lo que llegará, la desazón de que ni siquiera se percate de su presencia. A pesar de ello, corrige su postura, ladea el sombrero y avanza decidido. Ella parece dudar pero, al llegar a la mitad del puente, le mira de frente dejándole ver sus pupilas verdes y él se pierde en la pradera donde jugaba de niño. Siente que hoy sí, hoy es su día.